Inicio > Blogs > Ruritania > La violencia narrada desde dentro

La violencia narrada desde dentro

La violencia narrada desde dentro

Resulta curioso que una misma narrativa pueda ser interpretada de manera diferente y suscitar emociones diversas en un mismo lector en función del contexto temporal en el que sea leída. Por segunda vez cierro El túnel y lo hago, en esta ocasión, con una agridulce dicotomía: por un lado, la sensación de haber tenido entre las manos una obra de culto que no pierde vigencia y que me ha permitido comprender un poco mejor los mecanismos mentales que pueden subyacer a la violencia machista; por otro, el profundo pesar de constatar que, pese al tiempo transcurrido, tantas cosas apenas han cambiado.

Nos encontramos ante la declaración de Juan Pablo Castel, asesino de María Iribarne, quien reconstruye a lo largo de la novela, mediante un comienzo in extrema res, el proceso que lo condujo a acabar con la vida de la única persona que, a su juicio, había logrado comprender verdaderamente su mundo interior y establecer con él una conexión que no encontraba en los demás. Sabato articula esta confesión mediante un narrador en primera persona, homodiegético y de focalización interna, cuya voz domina casi por completo el relato. Aunque en numerosos pasajes la narración adquiere un tono próximo al monólogo interior, se trata, más propiamente, de una reconstrucción retrospectiva de los hechos desde la perspectiva de Castel. La intervención directa de María Iribarne es limitada y su agencia queda notablemente restringida, pues el lector accede a ella casi siempre a través de la mirada, las interpretaciones y las obsesiones del propio narrador.

"Quizá sea ahí donde El túnel conserva una de sus dimensiones más perturbadoras: en la capacidad de Sabato para hacer inteligible una lógica sin por ello convertirla en razonable"

Es precisamente esa mirada la que constituye uno de los mayores logros de la novela. Sabato reproduce con extraordinaria minuciosidad el proceso mental mediante el cual Castel somete cada gesto, cada palabra y cada silencio de María a una observación casi microscópica que incomoda al propio lector. Los relaciona con acontecimientos anteriores, establece conexiones, formula hipótesis y termina extrayendo conclusiones categóricas a partir de indicios mínimos. Situaciones cotidianas o aparentemente irrelevantes se transforman así, bajo su lógica, en pruebas de engaño, traición o deslealtad. Lo ambiguo se convierte en certeza; la sospecha, en convicción. Y María queda continuamente obligada a responder por significados que Castel atribuye a sus actos, incluso cuando esos significados solo existen dentro de su propio entramado obsesivo.

Desde esta perspectiva, el asesinato deja de aparecer como un episodio aislado para convertirse en el desenlace extremo de una relación atravesada por los celos, la posesividad, la necesidad de control y la incapacidad de Castel para reconocer plenamente la autonomía de María. La novela permite observar cómo el protagonista explica, racionaliza y reconstruye sus propios actos desde una lógica profundamente distorsionada, hasta conferirles, dentro de su particular sistema de pensamiento, una apariencia de coherencia. Y quizá sea ahí donde El túnel conserva una de sus dimensiones más perturbadoras: en la capacidad de Sabato para hacer inteligible una lógica sin por ello convertirla en razonable.

Sin embargo, esta segunda lectura me conduce también a una pregunta incómoda: ¿era necesario que una mujer muriera para que esa exploración psicológica alcanzara semejante intensidad? ¿Habría producido la novela el mismo efecto si Sabato hubiera escogido otro detonante del relato?

"Precisamente la precisión con la que Sabato construye la conciencia del protagonista explica buena parte de la vigencia de una novela publicada en 1948"

Salvando las distancias, esta configuración me recuerda a Degenerado, de Ariana Harwicz, novela articulada también desde la voz de un hombre acusado de ejercer violencia sexual contra una menor. Allí, el discurso del acusado oscila entre la autodefensa, la negación y la justificación, mientras la víctima apenas adquiere presencia propia. En ambas obras, aunque desde presupuestos y contextos muy distintos, el lector queda confrontado fundamentalmente con el discurso de quien ejerce o es acusado de ejercer la violencia, mientras la experiencia de la víctima permanece desplazada del centro narrativo. Esa elección obliga a preguntarse no solo qué cuentan estas novelas, sino también desde qué conciencia deciden contarlo y qué consecuencias tiene esa elección sobre nuestra percepción de los personajes.

Nada de ello disminuye la extraordinaria eficacia literaria de El túnel. Precisamente la precisión con la que Sabato construye la conciencia del protagonista explica buena parte de la vigencia de una novela publicada en 1948. Su trayectoria posterior consolidaría además a Ernesto Sabato como una de las figuras fundamentales de la literatura hispanoamericana del siglo XX: recibió, entre otras distinciones, el Premio Miguel de Cervantes en 1984, el Premio Jerusalén en 1989, el Premio Internacional Menéndez Pelayo en 1997 y el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1974. El túnel no necesita, sin embargo, sostenerse en esos reconocimientos: décadas después de su publicación sigue provocando precisamente aquello que, quizá, define a las obras capaces de sobrevivir a su tiempo: nuevas preguntas en cada lectura.

3.5/5 (4 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios