Walter Hill se hizo un hueco en el panorama cinematográfico de los 70 y 80 gracias a títulos que modernizaban géneros clásicos como el noir, el thriller o el western. Driver, Forajidos de leyenda o las míticas The Warriors. Los amos de la noche y Calles de fuego poseían una estética única y descubrían a un narrador intenso y honesto.
En este making of Francisco Galindo explica qué le ha llevado a escribir Walter Hill: Héroes, forajidos y luces de neón (Sílex).
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Cuando se emitió por primera vez Calles de fuego apenas existía alternativa televisiva para un sábado noche, por lo que no costó coincidir con mis compañeros de clase en lo alucinante de esa mezcla de colorido, música, romance y aventuras. Previamente, había visto en una sala de cine (entonces el hábitat natural de las películas) una de acción a la medida de Schwarzenegger que quedó grabada en mi memoria preadolescente, no solo porque su prólogo era en ruso, sino por los ambientes nocturnos, artificialmente iluminados por neones, de la ciudad de Chicago. Menos entusiasmo encontraría cuando, saltándome la última clase, arrastré a algunos colegas a otro cine, este prácticamente vacío, a ver Johnny el Guapo, donde los neones transmitían una extraña tristeza como la que apesadumbraba a su deforme protagonista. Para cuando llegó el efímero resurgir del western en los 90 y el estreno de Gerónimo, una leyenda, yo ya sabía qué implicaba leer en los créditos el nombre de Walter Hill. Como cinéfilo precoz, leía compulsivamente crónicas de periódicos y revistas especializadas, que lo catalogaban de imitador de Peckinpah, limitando su fugaz momento de gloria a The Warriors: Los amos de la noche. No resultó nada sorprendente que, entrado el siglo XXI, una nueva generación cinéfila quedara deslumbrada por un artefacto como el Drive protagonizado por Ryan Gosling, mientras algunos reivindicábamos la existencia de otra película, titulada Driver (con r final), con otro Ryan, O’Neal, tres décadas anterior y de argumento sospechosamente similar, pero mucho más honesta y respetuosa con sus mayores.
Mi empeño por analizar la filmografía de este cineasta injustamente olvidado ha quedado por fin plasmado en el libro Walter Hill: Héroes, forajidos y luces de neón, un periplo que me ha brindado la impagable oportunidad de revisitar o descubrir las influencias que laten en su cine. De Melville a Kurosawa, de Walsh a Hawks, y un sinfín de zorros de la serie B que rodaban con el instinto, respetando siempre las reglas del género. Una amalgama que no se limita al Séptimo Arte: subyacen también las obras de literatos como London, Conrad y Hammett, o los pintores Hopper y Remington. Resonancias helénicas emanan de su celuloide, que vuelve recurrentemente a la Ilíada, la Odisea o la Anábasis, cuya traslación a las calles neoyorkinas fascina a Arturo Pérez-Reverte. Y no es este el único intelectual patrio que alaba el cine de Walter Hill; en la hemeroteca hay entusiastas críticas firmadas por Fernando Trueba o José Luis Guarner, Javier Marías veneró su miniserie Los protectores, y mantiene amistad con José Luis Garci.
En las seis décadas que abarca la filmografía de Hill —compuesta por fábulas situadas en otro lugar y otro tiempo—, el medio cinematográfico ha sufrido inexorables cambios, propiciando la casi total desaparición del cine de “clase media” (ni superproducción ni indie), donde primaba la narración y las lecturas políticas aparecían sin estridencias, sin el subrayado del cine con mensaje buenista y de lectura rápida. Puedo sentirme modestamente orgulloso de que a cada película de Hill que he revisitado —incluidas las alimenticias— he podido encontrarle algún simbolismo, una lectura inicialmente desapercibida que la contextualiza en su época o apreciar la profundidad de los personajes secundarios, a los que hay que añadir siempre el escenario (sea urbano o natural). Desechando el orden cronológico, he agrupado sus películas por temáticas, enfrentando por ejemplo en un mismo capítulo al luchador vagabundo de la ópera prima de Hill con el boxeador presidiario de Invicto, rodada en el cambio de milenio, dilucidando así cómo, independientemente de la estética —clásica o moderna— que emplee en cada ocasión, bajo dicha capa de estilización late un mismo pulso, el de los (anti) héroes en situaciones morales, emparentados con arquetipos clásicos. Y es que la carrera de Walter Hill se asemeja sin duda a la de esos aparentes perdedores que pueblan sus películas, cuya lealtad a un código —callejero, al margen de la ley, tal vez equivocado— les erige finalmente como ganadores.
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Autor: Francisco Galindo. Título: Walter Hill: Héroes, forajidos y luces de neón. Editorial: Sílex. Venta: Todos tus libros.


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