Hay libros —muy pocos, verdaderamente insólitos—, que rompen el molde, que se sitúan en un lugar singular, en la frontera de algo. El cielo en casa, de Manuel Marsol, supone un acontecimiento de esa índole. En él se da una unión de elementos, una concentración tal, que resulta gozosa y dolorosa al mismo tiempo, como cuando se experimenta algo nuevo que, sin embargo, estaba en estado de latencia, esperando aflorar desde hace mucho. Es como un agujero negro: capaz de atraer todo, capaz de absorber incluso la luz.
En El cielo en casa hay un domino apabullante de las posibilidades artísticas del álbum (manejo de las dobles páginas en todas sus variantes, desde el blanco absoluto donde se anota casi un endecasílabo: “El que chuta el balón es mi padre”, hasta el encadenado de un cielo que une dos estancias distantes —la última conversación entre padre e hijo— o el umbral mágico de una esfera blanca que introduce en otra dimensión); también hay recursos narrativos propios del cómic (la secuencialidad sin palabras, capaz de contar una historia) y hay mucho cine (películas integradas y contadas en la tripa del libro, como cuando Velázquez pinta un cuadro de Tiziano —ya muerto— y a la vez de Rubens —al que conoció en vida— en el fondo de su cuadro Las hilanderas).
También hay música (escrita y en el ritmo del propio libro) y una voz narrativa (una espléndida voz en off) capaz de hablar como adulto y como niño. Pero no estamos refiriéndonos a una condensación por “agregación”. No es eso… Lo que ocurre es que el cómic, el álbum y el cine nacieron casi al mismo tiempo (década arriba, década abajo, son como hermanos) y los tres son hijos de la novela. Y eso es lo que ha hecho Manuel Marsol aquí: demostrarnos esa filiación y esa hermandad, escribir y dibujar una novela iluminada (el cómic quiso apropiarse para sí, como hermano adolescente y un poco abusón, de la etiqueta “novela gráfica”), una verdadera novela donde se encarna, como sólo puede permitirse ella, la complejidad del mundo moderno, la riqueza del espacio interior y exterior.
Pero no cualquier novela. La condensación sigue más allá, por encima de este logro ya en sí mismo valioso de reconciliar a hermanos visuales. La novela iluminada de Marsol, como cámara oscura o instrumento de maravillas (Javier Sáez Castán dixit) reúne las mejores características de la gran novela moderna: ensimismamiento (el delicado mundo interior), simbolismo (el paso de la oscuridad a la luz) y humor (la entrañable risa luminosa del niño —pese al dolor—, la alegría de la cultura popular). Marsol ha levantado una novela iluminada, construida con materiales propios y colectivos (por fin, la gran película de fútbol, tan anhelada por espectadores y críticos, está aquí, aunque tendrán que leerla en un libro en lugar de verla en una pantalla. Todo es novela).
La novela de Manuel Marsol parte, como alguna de las mejores, con el tópico de la “foto encontrada”. Tópico en su sentido más elevado, porque hace del acontecimiento real un lugar para construir la imaginación artística. Un arte verdadero integra ambos planos —la construcción artística y la realidad— desde la responsabilidad del conocimiento (el libro está lleno de alusiones culturales, altas y populares: Caspar David Friedrich, William Blake, mitología grecorromana, Jorge Luis Borges, Orson Welles, Gino Paoli, Oliver y Benji, Subbuteo… es un libro culto, de artista consciente) y desde el respeto sagrado por la vida. Esa foto, la del padre fallecido, lanzando un penalti en su juventud, permite el arranque de esta novela de búsqueda, en sentido literal y trascendente: la historia de un reencuentro completo, más allá del tiempo. El elemento biográfico había asomado ya en otras ocasiones en su obra (de una forma particular, en Astro) pero aquí aparece convertido en sustancia directa, en viaje por la imaginación creadora, en lugar para la reunión definitiva.
No es casual, por supuesto, que en el corazón de su novela, en esta búsqueda de la reunión con el padre, ocupe un lugar destacado una película (una de las aficiones compartida en vida entre padre e hijo: ver partidos de fútbol, escuchar canciones, dibujar juntos, jugar, ver películas) como Centauros del desierto (The Searchers). En ella se concentra la búsqueda de lo incierto, el restañar las heridas del pasado y la soledad del héroe. Mucho hay también de western (género construido sobre el pasado y sobre la idea de frontera) en la obra de Manuel Marsol y en El cielo en casa. La imaginación de Marsol es idílica (es un artista de lo que los teóricos del arte denominan idilio, la estética de la tierra natal), tiene la capacidad de ver trascendencia en los hechos cotidianos, el carácter fundacional de lo familiar. Y es capaz de construir símbolos sobre esos lazos de solidaridad que unen lo cotidiano con lo sublime (el huevo frito que cena la noche del día en que fallece su padre —único recuerdo de aquel momento— se transforma en balón/Sol tras completar el acto dramático de pasar la página). Reconoce el impulso moderno de “volver a casa”, ya que en la modernidad la familia casi siempre aparece herida (en este caso, marcada por la muerte). Pero su idilio, como se dijo arriba, no se queda en el plano de la cotidianidad o la costumbre, se arropa en símbolos (cielo, casa) y se distingue en cualquier detalle, lo impregna todo, porque todo aparece unido, incluidos los lazos entre los muertos y los vivos. La cubierta de este libro es azul. La contracubierta es verde césped. Las nubes blancas en el firmamento azul se replican en el uniforme del padre que lanzó aquel penalti de destino incierto y en la equipación italiana de Roberto Baggio, cuyo destino aparece ligado en esta novela al del padre y la familia. Todo está unido.
El penalti que Roberto Baggio falló en la tanda decisiva de la final del Mundial de fútbol de 1994 contra Brasil, vista en el televisor con la familia, marcó la cuenta atrás del último año de vida del padre del autor y permite un viaje iniciático desde las pesadillas del héroe a la comprensión final. Un año exacto, una vuelta de la Tierra (como un balón) alrededor del Sol. Ello permite la apertura de una puerta, un agujero en el tiempo, un umbral desde el que explorar el encuentro. La novela autobiográfica y simbólica de Manuel Marsol es una novela de puertas, de límites. La historia puede encarnarse en presencia (los arañazos en un viejo sofá) o en ausencia (un árbol/poste talado). Lo visible y lo invisible están unidos por lazos que la imaginación revela. Un balón aproximándose a una escuadra puede convertirse, merced a este viaje, en luz.
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Autor: Manuel Marsol. Título: El cielo en casa. Editorial: Fulgencio Pimentel. Venta: Todostuslibros.





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