La indigencia no entiende de fronteras. Da igual si se pernocta en la calle Bowery en la Nueva York de los años setenta —cuyo registro fotográfico lo vemos en On the Bowery: New York City 1971 de Edward Grazda— o si se intenta sobrevivir al invierno en el París de finales de la década de los noventa, punto de inicio de la conmovedora novela El sol de los moribundos, de Jean-Claude Izzo (Sajalín Editores, 2026), publicada en francés apenas cinco meses antes de su muerte el 26 de enero de 2000, y que marca distancia con su celebrada trilogía de novela negra sobre Marsella.
El lector cae cautivado, sin remedio, al despliegue de maestría narrativa que nos sitúa frente a los marginados: el olor a alcohol barato, los comedores de caridad donde hay que escuchar sermones a cambio de un plato de sopa, padecer humillaciones de muchos tipos e incluso palizas feroces entre los propios sin techo para quitarse un saco de dormir o un peine. Cada uno de los veinticinco capítulos lleva un título sugerente o emotivo, como por ejemplo “Los recuerdos solo sirven para hacerte llorar” o “Momentos insignificantes, arrebatados al tiempo”.
La trama se sitúa al inicio en un París gélido y hostil. Allí conocemos a Rico, el personaje principal, un hombre que ya lo ha perdido casi todo. En la capital francesa, Rico sobrevive formando un entrañable pero trágico trío de amigos junto a Dedé y Tití. Los tres comparten las esquinas, el frío y las penurias cotidianas de la indigencia. A través del vagabundeo se traza una cartografía de las calles de París y, posteriormente, de Marsella. La novela arranca con la muerte de Tití en las baldosas heladas de la estación de metro Ménilmontant, el habitual punto de encuentro.
Tití es un antiguo profesor que en sus tiempos de juventud leía a los autores de la Generación Beat, y que solía repetir una frase de Jack Kerouac: “On the road again y para siempre”. Tras ver el cadáver de su amigo y sentirse reflejado en ese destino, Rico emprende un viaje al sur inspirado por el matiz de una canción de Charles Aznavour que dice que “la miseria sería menos dolorosa al sol”. No es un viaje de esperanza o redención; es una huida hacia adelante, un trayecto on the road, dado que, “puestos a palmarla, mejor hacerlo bajo el sol”.
Rico emprende su camino de polizonte en trenes —una parte del trayecto junto a Dedé— deteniéndose en algunos pueblos y ciudades francesas. El autor maneja los saltos en el tiempo para contar cómo era la vida “vida normal” del protagonista, las peripecias propias de la mendicidad, sumando perfiles no solo de sus compañeros indigentes sino también de sus amores pasados (Léa, Malika o Julie). Mientras Rico avanza hacia el sur, cada vez más debilitado por la enfermedad pulmonar y el alcoholismo, su mente dispersa se remonta y se ancla en el pasado. Rico no siempre fue un habitante de la calle: tuvo un trabajo, una esposa llamada Sophie, un hijo pequeño al que adoraba y amigos que le dieron la espalda al truncarse su destino.
Esa es la gran tesis que plantea la novela con sencillez y sin moralismos: es muy delgada la línea que separa una vida acomodada de la indigencia: un despido, un divorcio destructivo, el refugio equivocado en el alcohol y, de repente, la red familiar y social desaparece. El desempleo prolongado se convierte en calle, y la calle, en la pérdida total de los códigos morales propios. Como bien se apunta en el texto, el amor es algo que un día simplemente “coge la puerta y se esfuma”, y tras esa primera puerta cerrada, todas las demás se van cerrando en cadena.
Durante su viaje, Rico se cruza con otros personajes rotos que enriquecen la historia. En Aviñón conoce a Mirjana, una prostituta croata marcada por el horror de las guerras de Yugoslavia (a sus padres los mataron en enero de 1993 en Sarajevo). Ella se refugia en los poemas de Saint-John Perse para mantener las ganas de vivir. Entre ellos surge un afecto limpio, una complicidad pura que el libro define como “la fraternidad que une a los parias en su rabia y su desaliento”.
En la segunda parte —la más breve—, la novela cambia el foco y nos presenta a Abdu, un joven argelino sin papeles que sobrevive en el popular barrio del Panier, en Marsella. Con la entrada de Rico a la ciudad, el narrador da paso a una primera persona franca. Entendemos que el narrador que se asomaba en la primera parte, como en una ventana para luego esfumarse, era Abdu. Al afirmar “cuando los viejos nos encierran en casa” entendemos que Abdu cuenta desde su vejez para reconstruir los últimos meses de vida de Rico a través de la mirada de su propio yo adolescente, un indocumentado argelino de unos quince años recién llegado a Marsella. A través de los ojos de este inmigrante entendemos el exilio interior de Rico. La novela recala también sobre el sentido de la amistad: en la primera parte, entre Rico y Tití; y en la segunda, entre Rico y Abdu.
Abdu es un joven atrapado en el limbo, que siente que no tiene futuro ni en Francia ni en su Argelia natal, y que choca con la etiqueta burocrática de lo que algunos llaman “los privilegiados de la desgracia”. Mientras Abdu acude a una asociación de ayuda, Rico se niega a recibir asistencia médica alguna. Su cuerpo, sostenido a base de analgésicos como el Doliprane mezclados con vino y cerveza, parece entregado a un apagón voluntario. Entre ambos surge una relación paternofilial conmovedora: Abdu busca en Rico al padre que perdió en Argelia —asesinado por fuerzas del gobierno— mientras se aferran ambos a un osito de peluche que arrastran en un carrito de supermercado. El peluche es para Rico el puente hacia Julien; el hijo que tuvo con Sophie y al que se le prohibió ver tras caer en la ruina. Para Abdu, en cambio, el osito representa a Zineb, su mejor amigo, que se quedó en Argelia y al que nunca más verá.
El clímax de la novela ocurre cuando el pasado de París reaparece con el inesperado encuentro de Rico en una calle de Marsella con Dedé, cerrando el círculo de aquel trío inicial. Su turbulenta reaparición arrastra a Rico a situaciones límite e introduce una violenta revelación que dinamita los recuerdos que él guardaba de su antigua vida y de Sophie. En mitad de este desmoronamiento emocional y físico, la música de grandes cantautores franceses inunda las páginas como una banda sonora nostálgica para la despedida de un Rico sumido en la miseria.
Jean-Claude Izzo demuestra aquí que no necesita una trama policial —como en su celebrada trilogía— para atrapar al lector y sacudirlo al punto de echar una lágrima. La obra golpea sentimentalmente. Al usar frases coloquiales y directas, según la traducción de Álex Gibert, logra que sintamos el calibre emocional de cada personaje, el frío parisino, la potencia del mistral, o bien la tos persistente a lo largo del libro (los pulmones de Rico, así como los pulmones de Jean-Claude Izzo, entrelazados como epicentro de sus muertes; ficción y realidad). En ese tramo final frente al mar y bajo la luz de un faro, el destino que Rico selló la noche que vio morir a Tití en el metro de París encuentra su último escenario. El sol de los moribundos es una obra maestra de la literatura social que, lejos de juzgar, al colocarse desde el punto de vista de los derrotados, rescata su dignidad.
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Autor: Jean-Claude Izzo. Título: El sol de los moribundos. Traducción: Álex Gibert. Editorial: Sajalín. Venta: Todos tus libros.


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