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Carlos Bardem y “Triángulo”, la insoportable levedad de escribir una novela

Carlos Bardem y “Triángulo”, la insoportable levedad de escribir una novela

La literatura española, me temo, empieza a necesitar con urgencia un servicio de recogida de residuos ideológicos. En la carrera desaforada por ocupar espacio en las mesas de novedades de las librerías, las casas editoriales publican tanta basura envuelta en papel de compromiso social, tanta mediocridad disfrazada de conciencia crítica y tanta indigencia literaria bendecida por las causas justas, que una acaba añorando los tiempos en que para escribir una novela se exigía algo más que un repertorio de indignaciones políticamente homologadas.

Triángulo, de Carlos Bardem, parece concebida para satisfacer todas las exigencias de ese nuevo catecismo narrativo. No falta un solo tópico, una sola consigna, una sola causa convenientemente empaquetada para el aplauso de los convencidos. Ni siquiera faltan repetidas menciones a autores más o menos consagrados, más o menos leídos, más o menos vivos o difuntos, cuyos nombres se invoca (en vano) como si bastara citarlos para contagiarse de su supuesto talento.

En las páginas de Carlos Bardem que he tenido la desgracia de leer (hay oficios más duros, es cierto, pero el mío reserva trances amargos), el protagonista se apellida Roca. Y aunque sería impropio de una profesora de literatura quincuagenaria recurrir al chiste fácil de los sanitarios, confieso que la asociación del apellido con la conocida marca resulta tentadora. Sobre todo cuando, cada diez o quince páginas, una siente la imperiosa necesidad de arrojar esta novela al inodoro, bien desmenuzadita, y tirar de la cadena.

"En la literatura, como en la vida, nadie pone lo que no tiene. Y la verdad es que en Triángulo se pone muy poco"

El (inevitable) argumento no podrían ustedes imaginarlo nunca, de puro original que es: un escritor en (inevitable) crisis, enfrentado al (inevitable) drama de la página en blanco, que se retira al (inevitable) campo para recuperar la inspiración no sé si perdida o jamás poseída. Una desgracia narrativa, esta, que, por lo visto sigue fascinando a los juntaletras vanidosos, seguros de que las dificultades de un escritor para escribir lo que sea constituyen una trama literaria de interés universal. Para adobar el asunto también aparecen una muchacha que sabe muchísimo de todo, una (inevitable) biblioteca, una (inevitable) feminista con su correspondiente trauma, unas fosas de la Guerra Civil y un catálogo de preocupaciones contemporáneas cuidadosamente escogidas para que nadie pueda acusar al autor de quedarse fuera de ninguna causa justa. La literatura, por desgracia, no comparece. Ni está ni se la espera, ni en esta ni en las anteriores novelas del autor, que he tenido la santa paciencia de ir leyendo y reseñando para Zenda cuando caían en mis manos, porque una tiene también sus aficiones malvadas, y una es comprobar que el autodenominado novelista Carlos Bardem, inasequible al desaliento, sigue asomando la cara en las librerías para que críticos y presuntos lectores (en eso tiene suerte, porque son pocos) estampen en ella tartas de merengue, como a los payasos. Que ya son ganas.

Especialmente memorable es Lola, una adolescente que habla como si la hubieran criado entre los suplementos culturales, los manifiestos feministas y las jornadas de memoria democrática. La muchacha quiere ser arqueóloga forense porque, según explica en un alarde de hondura intelectual, «el ser humano lleva miles de años asesinándose». También recomienda un libro sobre violencia histórica con este entusiasmo juvenil: «¡Es un libro muy top!». Y acto seguido, en un alarde de espontaneidad (que habría hecho palidecer a los mejores dramaturgos del Siglo de Oro), pregunta: «¿Lo has leído en el insti?». Y remata: «¿Qué será lo siguiente? ¿Guay?». Y todo eso. Porque Bardem parece convencido de que basta con colocar un «muy top», un «insti» o un «guay» entre dos reflexiones sobre la condición humana para que una adolescente adquiera vida propia. Pero la tal Lola no habla como una adolescente, sino como un novelista mediocre que ha escuchado a dos adolescentes en una cafetería. En la literatura, como en la vida, nadie pone lo que no tiene. Y la verdad es que en Triángulo se pone muy poco.

"Y es que ¡ay! una fosa común no convierte automáticamente en literatura las páginas que se escriben sobre ella"

A veces, la lectora curiosa se pregunta si Carlos Bardem no será en el fondo un cachondo, un humorista. Porque hay cosas que es imposible que alguien haya escrito en serio. En otro pasaje, por ejemplo, la muchacha observa una excavación arqueológica y el narrador nos informa solemnemente: «Lola maneja con soltura la jerga técnica», por si al lector le quedaba alguna duda de que se encuentra ante una criatura excepcional. El problema es que el talento de un novelista consiste precisamente en conseguir que sus personajes sean excepcionales sin necesidad de certificarlo a cada paso. Y en el caso de este autor, el empeño (inútil por otra parte) es tan constante como ineficaz. Para crear personajes excepcionales el creador debe poseer cierta excepcionalidad propia. Y obviamente no es el caso.

Luego, por supuesto, llega la fosa: los esqueletos, los familiares, los voluntarios, las fotografías, los objetos personales, los restos humanos. Todo un inventario de horrores auténticos que debería estremecernos y que, sin embargo, queda reducido a una burda escenografía sentimental. Bardem escribe: «Hay algo más que comparten muchos: un agujero que les rompe el cráneo». Aparte de que resulta dudoso que el autor tenga la menor idea real de lo que hace una bala en un cráneo, la frase pretende ser demoledora, pero el verdadero problema no es su crudeza, sino la facilidad con la que Bardem parece confiar en que la dureza del asunto sustituya a la calidad de la escritura. Y es que ¡ay! una fosa común no convierte automáticamente en literatura las páginas que se escriben sobre ella. Como tampoco una violación proporciona profundidad psicológica a un personaje por el mero hecho de haberla sufrido. El dolor humano no es un recurso literario de eficacia garantizada. Hay que saber narrarlo. Y, sobre todo, hay que tener algo más que buenas intenciones para acercarse a él. Hay que tener talento y oficio.

"La novela tampoco se priva de ofrecernos sus correspondientes lecciones sobre sexualidad, violencia y relaciones humanas"

La novela tampoco se priva de ofrecernos sus correspondientes lecciones sobre sexualidad, violencia y relaciones humanas. En uno de los pasajes, un personaje explica que «los chicos, criados en la pornografía más violenta, no se excitan con la mujer a la que violan». Y continúa desarrollando una teoría sobre el comportamiento de los agresores con la desenvoltura de quien ha encontrado una verdad universal que considera urgente comunicar al lector. No estamos ante un personaje que habla, sino ante una tribuna que ha adquirido forma humana. Además de hacernos bostezar y arrancarnos risas que no pretendía arrancar, Carlos Bardem pretende adoctrinarnos. Y en otro momento la narración se detiene en una reflexión sobre los hombres, el deseo y la adolescencia para preguntarse agudamente si (tomen nota) «hay algo de pedófilo en todos los hombres». Comprendan que ahí solté la carcajada. Porque no importa tanto la incomodidad de la pregunta (la buena literatura está llena de preguntas incómodas) como la tosquedad de su formulación y la impresión de que los personajes existen para ir abriendo, uno tras otro, todos los debates del momento.

Porque Bardem parece escribir con una lista de asuntos pendientes al lado del ordenador. Guerra Civil: incluido. Fosas: incluido. Feminismo: incluido. Violencia sexual: incluido. Crítica social: incluido. Trauma: incluido. Literatura comprometida: incluido. Personajes verosímiles, diálogos naturales, estilo, imaginación, ambigüedad moral: eso, ya, para la próxima novela.

"Quizá lo más irritante de Triángulo sea esa confusión, cada vez más extendida, entre la importancia moral de los asuntos y el valor literario de una obra"

Y claro, entre denuncia y denuncia, los libros (muchos libros, que no falten). Los personajes leen, recomiendan, citan y exhiben sus bibliotecas con el entusiasmo de quien enseña sus credenciales culturales en la puerta de una institución. Hasta el punto que, al final, la novela incorpora un apartado de «Obras citadas», con Rafael Chirbes, Luis García Montero, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Jaime Gil de Biedma, Clarice Lispector, Milan Kundera y otros escritores convocados para dar lustre al conjunto. Una especie de bibliografía de trabajo de fin de grado, por si alguien necesita pruebas documentales de que el autor ha estado cerca de la literatura. El procedimiento tiene algo de conmovedor: es como si alguien preparase una sopa de sobre y, para dignificarla, colocara junto al plato una lista de los mejores cocineros del mundo. Citar a Kundera no convierte a nadie en Kundera, como mencionar a Lampedusa no concede la elegancia de El gatopardo (nada más alejado, por cierto, de las groseras novelas de Bardem). Y frecuentar a Clarice Lispector no garantiza haber comprendido qué demonios es la complejidad de un personaje femenino. Sobre Chirbes suele haber división de opiniones. Y en cuanto a Luis García Montero, permitan que me ría, y mucho. Estábamos hablando de literatura.

Quizá lo más irritante de Triángulo sea esa confusión, cada vez más extendida, entre la importancia moral de los asuntos y el valor literario de una obra. En su limitada visión de la literatura, Bardem da por supuesto que debe admirarse una novela porque habla de cosas importantes, porque sus personajes defienden causas justas o porque denuncia horrores verdaderos, como si el compromiso ideológico (que a Bardem le chorrea por todas partes) dispensara de la obligación de escribir bien. Pero la literatura no funciona así. Una novela no es buena porque esté del lado correcto de la historia, sino porque consigue convertir la experiencia humana en algo nuevo, complejo, imprevisible. Porque sus personajes pueden contradecir al autor, equivocarse, mentir, desconcertarnos. Porque el lenguaje descubre en lugar de repetir. Porque el lector no recibe un sermón, sino una experiencia. Y aquí, en Triángulo, casi todo parece dispuesto para que nadie se salga del guion de lo políticamente edificante. Los personajes son portavoces, los diálogos son vehículos de consignas y las tragedias históricas funcionan como decorados de una función cuyo desenlace moral conocemos desde el primer acto. Todo muy positivo y de buen rollo hasta la náusea.

"Tal vez la mayor desgracia de esta novela no sea lo que cuenta, sino la absoluta ineficacia de quien lo cuent"

Hay una epidemia contemporánea mucho más extendida que el bloqueo del escritor: la de infinidad de mediocres convencidos de que tener opiniones, sensibilidad social, una biblioteca y un ordenador constituye acreditación suficiente para que te llamen novelista y escribir una novela. La vieja exigencia de poseer talento, oído, imaginación, dominio del lenguaje y algo verdaderamente nuevo que contar parece haberse convertido en un capricho elitista. Escribir es un derecho, desde luego. Publicar, también. Lo que no existe es el derecho a dar gato por liebre, poner en los libros fajas elogiosas (más falsas que la sonrisa de un político) y hacer así que el lector incauto confunda las intenciones con la buena literatura. Durante siglos, los grandes novelistas consiguieron que comprendiéramos la miseria humana sin convertir a sus personajes en profesores de educación cívica. Cervantes no necesitó añadir una bibliografía a Don Quijote. Dostoievski no interrumpía sus novelas para comprobar si sus protagonistas habían leído los libros adecuados. Y Galdós no necesitó ponerles una etiqueta ideológica a sus criaturas para que supiéramos de qué lado estaba la injusticia.

Tal vez la mayor desgracia de esta novela no sea lo que cuenta, sino la absoluta ineficacia de quien lo cuenta. Aunque Carlos Bardem lo ignore (aunque cita mucho ha leído poco y mal), hay innumerables novelas escritas sobre el sufrimiento del novelista ante la página en blanco. Algunas (muy pocas) hasta son razonablemente legibles. Pero después de tragarme Triángulo, empiezo a pensar que deberíamos preocuparnos bastante menos por ese sufrimiento y mucho más por el del lector cuando el presunto novelista le coloca su mercancía averiada. A veces la página en blanco no es un obstáculo que deba superar el autor, sino una advertencia que le convendría respetar, sobre todo en este caso. Algo así como déjalo, muchacho. Dedícate, no sé, al cine por ejemplo. O a cualquier otra cosa

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