Quítenselo de la cabeza: no va a irse nunca. Seguirá donde está si le salen bien las cuentas, o aguardará atrincherado en un escaño a que los otros se acuchillen entre sí. Basta mirarle la cara: es imposible imaginarlo llorando abrazado al escritorio presidencial como una familia gitana al féretro del patriarca difunto. Sánchez no ha dejado de ser Sánchez. Se arriesga porque la farsa era ya insostenible. Calculó sus posibilidades —es muy bueno en eso— y sabe que las urnas pueden permitirle resetear el juego y empezar de nuevo como la última vez, entregando a los socios de ayer y de mañana los restos de la demolición sistemática a que somete al Estado. Capaz de revolverse en un palmo de terreno, sigue teniendo excelentes reflejos y lo que los árabes llaman baraka. Ofició tantos entierros políticos que las funerarias deberían concederle tarjeta de proveedor predilecto.
Por eso Núñez Feijóo me inspira enorme curiosidad. Porque una cosa es jurar por tus muertos que limpiarás los establos de Augias y otra descubrir, una vez dentro, que la suciedad acumulada incluye mecanismos útiles para gobernar maquillándote la cara con cemento cada mañana. Su partido lleva años denunciando los excesos del sanchismo, la concepción patrimonial del poder y las prácticas incompatibles con una democracia saludable. Pocos lúcidos niegan eso. El problema llegará cuando los mismos botones que parecían repugnantes cuando los pulsaba Sánchez resulten tentadores cuando estén al alcance del propio dedo.
Imaginen el asunto y tiemblen un poquito. Si a Sánchez lo quitan de en medio, Feijóo —posiblemente con Abascal subido a la chepa— cruzará la puerta de la Moncloa, se sentará en el mismo sillón, abrirá los cajones y encontrará una panoplia de instrumentos legales, triquiñuelas políticas y precedentes que hasta la víspera consideraba escandalosos. Y entonces podría suceder algo habitual en nuestra historia política: que empezaran las milongas. No se puede cambiar todo de golpe, hay que garantizar la estabilidad, etcétera. Primero los presupuestos, luego las autonómicas, después Trump, Putin o Marruecos dando por saco. Imaginen a los de Vox teniéndolo cogido por el ronzal. Y así, a la hora de revisar nombramientos, mecanismos y facultades ejecutivas, los socios —y el propio Feijóo si se anima— podrían decidir que lo intolerable en manos socialistas se convierta, bajo control propio, en herramienta imprescindible para restaurar la normalidad.
Ése es el peligro, me parece. El sobadísimo ellos también lo hicieron funciona en España como justificación de toda indecencia política. Lo crucial vendrá cuando Feijóo y compañía —o viceversa— descubran que el problema no es manipular y retorcer hasta el disparate los resortes del Ejecutivo, sino permitir que las ventajas las disfrute otro. En tal caso, Sánchez habría conseguido una victoria más duradera que la electoral, porque su manera de entender el poder le sobreviviría como el Cid difunto cabalgando entre los moros en Valencia. España está llena de renovadores que se convierten en conservadores cuando encuentran un sillón cómodo; aquí lo habitual es expulsar al pirómano, pero llenarse los bolsillos con su colección de mecheros. Y el problema de las promesas es que duran hasta que cumplirlas perjudica a quien las hizo, y éste decide aplazarlo mientras España no esté preparada. Pero nunca termina de estarlo, mientras la casta de parásitos que nos desangra sigue pasando por caja.
Las instituciones no están para confiar en la bondad de quien manda o quiere mandar, que suele ser una cuadrilla de golfos oportunistas, sino para impedir que sus golferías cuesten a los ciudadanos un huevo de la cara. Por eso el desafío para Feijóo, si llega a gobernar, no consiste en colocar a los suyos donde los de Sánchez —que lo hará—, ni en sustituir una maquinaria partidista por otra —que también lo hará—, sino en aceptar reglas que limiten su propia gestión, establecer procedimientos decentes, reforzar la independencia de los órganos de control, respetar la autonomía de los medios públicos, esquivar la tentación de gobernar por decreto y asumir que una votación perdida o una sentencia adversa no son una conspiración fascista, judeomasónica o del profesor Moriarty. Eso es regeneración. Cambiar la placa de la puerta y anunciar un nuevo estilo mientras los botones de demolición del Estado siguen sobre la mesa, es sainete administrativo.
Las urnas no son una lavandería industrial. La más siniestra victoria de Pedro Sánchez el próximo 29 de noviembre no sería ganar otra vez, sino que quien lo derrote, si eso ocurre, adopte su desvergonzado manual de supervivencia. De ser así, en las dos anteriores legislaturas no habríamos asistido a una perversa anomalía, sino a un ensayo general. Lo que ingenuamente creímos maniobras puntuales serían, en realidad, una nueva manera de gobernar; y Feijóo, solo o en compañía de otros, no vendría a clausurar una época de descrédito institucional, sino a continuarla con los mismos medios y maneras. En tal caso, nos limitaríamos a cambiar de amo.
___________
Publicado el 18 de octubre de 2026 en El Mundo.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: