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Sentirse mejor o mejorar

Sentirse mejor o mejorar

Hace unas semanas, Capitán Swing me envió El conflicto no es abuso, de Sarah Schulman, probablemente con el propósito de que —si me gustaba— hiciera una reseña en esta columna de libros LGTBIQ+, dado que es un libro escrito desde una mirada queer, como confiesa su autora. Pero cuando comencé a leerlo no pude evitar sentirme incumbido por mi historia personal de 2025, por el intento censurado de publicar El odio. Lo que cuenta Schulman lo viví en carne propia, de modo que mi lectura no ha podido ser neutral, y una parte de mi entusiasmo quizá tenga que ver con ese efecto de espejo que a veces tienen los libros.

La tesis del libro cabe en una línea: confundimos la incomodidad con la amenaza, tomamos la ansiedad propia por un peligro exterior y, en lugar de resolver el conflicto, lo escalamos. Sentirse molesto, frustrado o herido no significa estar siendo agredido. Que alguien sufra no prueba que otro sea culpable. Y el malestar, por intenso que sea, no da derecho a castigar. Schulman toma de Matt Brim una fórmula que resume el cambio de mirada que propone: dejar de pensar siempre en agresores y víctimas para pensar en partes en conflicto, cada una con preocupaciones y derechos legítimos.

"La familia queer, recién conquistada, reproduce los vicios de la heterosexual: la falsa lealtad, el clan que cierra filas contra los de fuera"

Es un libro brillante. Comprometido. Se publicó en inglés en 2016, pero su actualidad y su lucidez no han hecho más que crecer desde entonces. Le habla a sociedades enfrentadas, cada vez más violentas. A personas que han sido entrenadas para odiar. Lo más valioso de El conflicto no es abuso es que no se conforma con el diagnóstico psicológico. Cita estudios que muestran que quien afronta un conflicto desde la culpa negocia, se disculpa y repara, mientras que quien lo afronta desde la vergüenza dirige la ira hacia fuera. Pero Schulman va más allá: la sobredimensión del daño es también un privilegio. Las quejas de los blancos y los burgueses se escuchan. Las de los pobres, los indocumentados, las personas trans o racializadas, no. Y hay un sistema que solo concede compasión a quien se declara víctima. Ser “maltratado” es lo que te hace elegible, querible, le dice una de sus interlocutoras. “Pero todo el mundo merece ayuda cuando la pide”.

La mirada queer atraviesa el libro de principio a fin. Muchos de sus ejemplos son parejas de lesbianas o de hombres gais. Hay un caso estremecedor —y elocuente— en Connecticut: un matrimonio de dos hombres adictos a la metanfetamina se denuncia mutuamente por maltrato para no tener que enfrentarse cada uno a sí mismo y a la droga. La historia termina con ambos detenidos con órdenes de alejamiento mutuas y uno de ellos muerto más tarde en la cárcel.

"Como todas las tesis lúcidas y a contracorriente, tiene algunos problemas cuando pretenderse convertirse en una llave maestra, en una idea omniinterpretativa"

Pero lo más incómodo para el lector LGTBIQ+ —que yo no comparto en su plenitud— es su crítica de la familia. La familia queer, recién conquistada, reproduce los vicios de la heterosexual: la falsa lealtad, el clan que cierra filas contra los de fuera. La familia entendida casi como famiglia. Quienes fueron expulsados de sus familias tradicionales levantan ahora estructuras de protección contra los extraños idénticas a las que los expulsaron. Y Schulman desmonta otra fantasía: amar a una mujer no garantiza tratarla como alguien que importa. La identidad y el género no son en sí mismos una virtud.

Como todas las tesis lúcidas y a contracorriente, tiene algunos problemas cuando pretenderse convertirse en una llave maestra, en una idea omniinterpretativa. La misma lógica explica la pareja, la familia, el grupo de amigos, el Estado canadiense que criminaliza a los seropositivos y el conflicto entre Israel y Palestina, todos ellos ejemplos tratados en el libro.

Los capítulos parecen venir de fuentes y tonos distintos, el ensayo académico, la anécdota personal, la crónica política. El libro carece en este sentido de una voz unitaria, pero no se resiente por ello.

"Schulman pide algo sencillo y casi siempre desoído: preguntar antes de castigar, escuchar a quien ha sido convertido en chivo expiatorio, entender. Entender no es justificar"

Schulman parece confiar en que todo conflicto puede repararse hablando, tratando de no entenderlo sistemáticamente como una agresión o un abuso. Es difícil compartir su optimismo en estos tiempos, pero es cierto que el pensamiento debe ponerse siempre al servicio de la resistencia y en contra de la inercia. La propia autora explica al principio lo que nos está pasando: no hablamos ya nunca mirándonos a los ojos, ni siquiera por teléfono, sino que mandamos un correo electrónico, escribimos un mensaje de texto o ponemos un tuit. Y ahí los matices y las intenciones son imposibles. La tecnología juega en nuestra contra, y cada vez lo va a hacer más. Por eso es difícil el optimismo.

Schulman pide algo sencillo y casi siempre desoído: preguntar antes de castigar, escuchar a quien ha sido convertido en chivo expiatorio, entender. Entender no es justificar. Y reclama esa responsabilidad sobre todo a los progresistas, con quien ella comparte la visión del mundo: quien se presenta como tal y no se opone a la crueldad colectiva es un hipócrita. En un tiempo en el que tantos se sienten mejor, más justos, más superiores, señalando a alguien, Schulman propone otra cosa: mejorar. Lo dice en la frase que cierra el libro, que deberíamos repetir: “nada interrumpe la deshumanización más rápido que encontrarse con alguien, mirarlo a los ojos, escuchar su voz y prestarle atención”.

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Autora: Sarah Schulman. Título: El conflicto no es abuso. Traducción: Nicolás Cuello y Diego del Valle Ríos. Editorial: Capitán Swing. Venta: Todos tus libros.

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