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Se busca gruta

“En Gipuzkoa no hay refugios antiatómicos”, titulaba El Diario Vasco en 1981. Daba un consejo: construirlos en los sótanos. Y un precio: dos millones de pesetas (el equivalente, con la inflación, a 50.000 euros actuales: el turismo aún no había disparado los precios de los búnkeres). Visto el panorama de nuestros días, con el ganador del premio FIFA de la paz bombardeando países como quien escupe huesos de aceituna mientras pretende arrastrar a los demás a una guerra planetaria, renovamos los consejos para nuestros lectores: sepan que en el valle del río Omecillo, entre Álava y Burgos, unos eremitas de hace mil años excavaron grutas, en su interior labraron arcos, hornacinas, altares y sepulturas en la piedra, y allí se refugiaron de los peligros del mundo. Aquellos ermitaños debieron de experimentar visiones apocalípticas, porque abrieron sus guaridas a diez kilómetros del punto donde se levantaría la central de Garoña. Y las excavaron en piedra caliza: buen blindaje contra la radiación nuclear.

En la novela Cántico por Leibowitz, unos monjes resisten a la guerra atómica que ha destruido la civilización y tratan de recomponer el conocimiento perdido, en una nueva Edad Media. Bandas de supervivientes han matado a las autoridades y a los sabios que desataron el diluvio de fuego, y proclaman: “Enseñemos a nuestros hijos que el mundo es nuevo. Hagamos una gran Simplificación y después el mundo comenzará otra vez”. Me temo que en 2027 podría servir como lema electoral.

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