José Antonio López Fernández, nacido en Jerez de la Frontera en 1967, es licenciado en derecho, interventor de administración local, alférez del ejercito del aire y muy aficionado a los juegos de mesa de simulación bélica. Su especialidad como escritor son las campañas militares de diversas épocas, como el Imperio Romano, la Guerra de los Siete Años, la independencia de Estados Unidos y de los países sudamericanos, e incluso las guerras zulúes de los británicos en África, aunque también ha publicado novelas históricas. Su último libro le pilla más cerca de casa, y trata de la resistencia contra la invasión napoleónica de la provincia de Cádiz entre 1808 y 1812, en particular los hechos de armas que ocurrieron en la capital gaditana, la isla de León (como se llamaba entonces a San Fernando), Chiclana, Gibraltar y Tarifa.
Desde Cádiz ya había partido en 1808 el ejército del capitán general Castaños que batió al general Dupont en Bailén, momento clave que ayudó a convencer a los británicos y portugueses de que valía la pena ayudar a parar la progresión francesa, y desde Cádiz también se abastecerían a las tropas que en 1813 y 1814 acabaron de empujar a las fuerzas imperiales fuera de España. Entre medias, sobre todo de 1810 a 1812, la provincia gaditana (aunque no se conformó como tal con sus límites modernos hasta 1833), recibió la atención firme y violenta de parte de lo mejor del ejército napoleónico.
Tras la revuelta del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra los ocupantes franceses y la guerra abierta que ello provocó entre España y Francia, Cádiz fue uno de los lugares donde se vieron acciones similares, en concreto un asalto a la casa del cónsul francés, al parque de artillería, para apoderarse de algunas armas, y a la Capitanía General, custodiada aquel día por nada menos que José de San Martín, el futuro “libertador” de Chile y Argentina. De resultas de estos altercados fue asesinado el gobernador militar de la ciudad y capitán general de Andalucía, Francisco María Solano Ortiz de Rojas, marqués del Socorro y de la Solana.
A principios de junio ya hubo una primera victoria en confrontación directa contra los franceses, en la poza de Santa Isabel, una batalla naval que acabó con más de tres mil seiscientos prisioneros, casi cinco mil armas blancas y de fuego tomadas y más de cuatrocientos cañones capturados al enemigo, que se usaron para reforzar las nuevas baterías instaladas en la isla de León. Los fragmentos de la muy formal (y muy amenazadora) correspondencia entre los mandos de ambos bandos son toda una joya. Por ejemplo, el teniente general Morla escribía al vicealmirante Rosily: “Me ha ordenado [la Junta Suprema de Gobierno] que intime a V. E. una pronta rendición, y de lo contrario emplee todos los medios que dicta el Arte y están en mi poder para batir la Escuadra hasta rendirla. A este efecto, doy a V. E. dos horas de tiempo para que se resuelva a la rendición; mas negándose a ella después de este tiempo, o viendo en el hacer cualquier movimiento, soltaré mis fuegos de bombas y balas rasas (que serán rojas si V. E. se obstina), y atacará la escuadra española, y también las fuerzas sutiles (…). La efusión de sangre siempre es dolorosa a quien tiene sentimiento de humanidad, pero mucho más cuando se derrama sin la menor esperanza de suceso, como no la puede tener V. E. (…). Además, irritado el pueblo mucho más con vuestra obstinación y el mal, aunque corto, que nos pueda hacer, no respondo de su venganza sobre inocentes y víctimas (…) No puede tener V. E. la menor vislumbre de no ser destrozado, perdidos sus buques y no solo la vida de sus tripulaciones, sino tal vez otras fuera del campo de Marte”. Así quién no se va a rendir.
Sin embargo, en otros escenarios bélicos las tropas francesas fueron victoriosas sobre las españolas, y en febrero de 1809 la Junta ordenaba el alistamiento de todos los mozos útiles para la guerra, de 16 a 45 años, casados y viudos sin hijos, salvo grave impedimento físico. Al tiempo, los británicos intentaban aprovechar la circunstancia para meter navíos y tropas de la manera más ventajosa para ellos de cara al final del conflicto y al refuerzo de Gibraltar, posesión suya desde 1713, a la vez que se asomaban a husmear por el lugar de desembocadura del comercio transatlántico entre España y las Américas. Si durante toda la guerra fueron un aliado útil, pero quejoso y taimado, en Cádiz tenían razón extra para que así fuera, y la Junta tenía que estar muy pendiente siempre de lo que permitían hacer y no a los británicos. Encima, en uno de esos episodios que parecerían increíbles como ficción si no fueran ciertos en la realidad, llegó a Cádiz un batallón de polacos, prusianos y suizos desertando del ejército francés, a la vez que estallaron tumultos por las disposiciones de la Junta para evitar gastos innecesarios y festejos excesivos. Los causantes llegaron a raptar al representante de la junta, el marqués de Villel, que fue liberado con la inestimable colaboración de unos frailes capuchinos.
En 1810, tras rendirse Sevilla el 1 de febrero, se acabó estableciendo en Cádiz un Consejo de Regencia y después unas Cortes Constituyentes como resistencia al gobierno napoleónico impuesto en España con José Bonaparte. Las tropas francesas, aunque consiguieron varias victorias militares por toda la península Ibérica, nunca tuvieron efectivos suficientes para controlarla de verdad, y cuanto más tiempo pasaba más se extendían sus líneas y menos eficaces resultaban. Unido a esto, la razón por la que la Regencia acabó en Cádiz fue por la gran dificultad existente para atacar la capital y las poblaciones circundantes (sobre todo si por fin se conseguía reunir allí una cantidad importante de tropas para defenderla), debido a las condiciones geográficas, principalmente la abundancia, mayor que hoy, de marismas y caños que impedían el avance de la infantería y artillería, y que solo gente local y con buen conocimiento, no solo del terreno sino de su naturaleza cambiante con cada marea, podía saber cómo aprovechar. En contra del bando invadido, sin embargo, estaba la desunión política y la escasez crónica de suministros suficientes de todo tipo, agravadas por las tensiones en las relaciones con las Américas.
Los franceses dirigieron su atención a Cádiz de manera definitiva bajo el mando del mariscal Victor, y los primeros escarceos fueron el combate del Portazgo y la defensa del castillo de Matagorda, tras los que cayeron en manos enemigas las plazas de Rota, El Puerto de Santa María, Puerto Real y Chiclana. Se consiguió parar a los franceses en el caño de Sancti Patri, pero se inició un largo asedio sobre Cádiz y la isla de León. A lo largo del cerco, sin embargo, la amplitud de la zona, la falta de efectivos y la superioridad naval aliada permitieron numerosas salidas de los sitiados, a veces llegando hasta Huelva y Málaga, que provocaban daños en las líneas y tropas francesas, y a su vez represalias sobre la población civil de Chiclana y Puerto Real. La compañía de escopeteros salineros de Cristóbal Sánchez de la Campa, unidad irregular reclutada entre los trabajadores de las salinas, sobresalió en este cometido. También destacó el uso de fuerzas “sutiles”, o de pequeño tamaño, sobre todo embarcaciones. En noviembre se llamó a filas a ochenta mil nuevos reclutas.
En 1811 las tropas que asediaban Cádiz quedaron prácticamente aisladas e incluso sufrieron una reducción de fuerzas. Era el momento de contraatacar, y así, el 5 de marzo tuvo lugar la única otra acción con calificativo militar de “batalla”, aparte de la de Bailén, que se dio en Andalucía durante la guerra: la de Chiclana. Aunque oficialmente resultó en victoria hispano-anglo-portuguesa, solo se venció en uno de los dos frentes que se abrieron, y las tropas de supervivientes de Victor consiguieron volver a replegarse para continuar con el asedio. El capítulo 6 del libro relata en setenta páginas cada momento de los movimientos de maniobra, combate y retirada. El autor ya tenía publicado, desde 2010, un libro monográfico sobre este particular, Chiclana 1811, en la conocida colección “Guerreros y batallas” de Almena Ediciones, y acaba el capítulo con las pertinentes conclusiones sobre la importancia de la batalla y cómo se ha interpretado desde ángulos franceses, españoles y británicos.
Durante los meses siguientes, la guerra en Cádiz y provincias limítrofes continuó con una segunda expedición sobre Huelva, una escaramuza en la dehesa de la Gaena que destruyó un veterano regimiento francés, un ataque infructuoso sobre Ronda, incursiones contra los barcos franceses en Barbate y Tarifa y una tentativa de retomar Sevilla que obligó a distraer fuerzas francesas de otros frentes. En septiembre llegó a la zona la división Ballesteros, que había empezado la guerra en Asturias y había ido bajando progresivamente por la frontera de Portugal, convirtiéndose en una fuerza veterana y cohesionada. Con su presencia se unificó el mando, se castigó a los civiles que no contribuyeran al esfuerzo de guerra y hasta las partidas guerrilleras recibían instrucciones de él o eran destruidas si solamente se dedicaban al pillaje. El Conciso hasta le dedicó sonetos. Durante el resto del año se exploran las operaciones de las columnas Cassagne, Rignoux y Combelle, la acción de Jimena de la Frontera, el bloqueo de San Roque y Algeciras, la exploración de Tarifa, la primera acción de Bornos, y la ocupación de Vejer de la Frontera.
El capítulo 8 explora “el otro asedio”, el que sufrió Tarifa, que como Cádiz, Gibraltar y la Isla de León, resistió ante el ejército imperial hasta que este se retiró cuando un incesante temporal rellenó los arroyos y torrentes de la zona y convirtió todo el terreno hasta La Janda en en una laguna fangosa. Y por fin, 1812 fue el último año en que Cádiz tuvo que soportar el ataque francés: con casi ninguna parte de la península Ibérica bajo firme control imperial y con Napoleón retirando tropas de España para mandarlas a Rusia, era cuestión de tiempo que la invasión fracasara. La segunda acción de Bornos, en junio, fue el último combate de relieve, a finales de julio llegaron las órdenes de retirada y, finalmente, soportando acosos continuos en sus movimientos de marcha, en septiembre las últimas fuerzas francesas salieron de Andalucía camino de Murcia.
La Guerra de la Independencia suele explicarse a través de grandes acontecimientos como el levantamiento del 2 de mayo, la batalla de Bailén, la intervención británica, las campañas imperiales y el desarrollo de la guerra de guerrillas. Sin embargo, esta visión general puede dejar en un segundo plano determinados escenarios cuya importancia fue decisiva para la supervivencia de la resistencia española. Cádiz representa precisamente uno de esos casos, y con este libro no se puede empaquetar mucho más en tan poco espacio. López Fernández sitúa este acontecimiento en el contexto de una guerra mucho más compleja que un simple enfrentamiento entre dos ejércitos. La geografía, las fortificaciones, el control marítimo y la difícil cooperación entre españoles y británicos fueron factores determinantes para explicar por qué los franceses no consiguieron conquistar este territorio.
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Título: Los sitios de Cádiz: Guerra y resistencia 1808-1812. Autor: José Antonio López Fernández. Editorial: Ediciones Salamina. Venta: Todos tus libros.





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