En la Feria Internacional del Libro de Monterrey —cuya edición 2026 terminó ayer y contó con destacados autores como Cristina Rivera Garza, David Toscana y Elmer Mendoza; los franceses Jean-Marie Le Clézio y Emmanuel Carrère (quien presentó Kolijós), o Socorro Venegas (quien presentó su libro Leche de silencio), Elaine Vilar (con el libro La piel hembra) o Héctor Abad Faciolince (quien comentó Ahora y en la hora), novela testimonial en la que narra su experiencia tras sobrevivir al impacto de un misil ruso durante un viaje por Ucrania)— el escritor y ensayista argentino Alberto Manguel hizo unas interesantes reflexiones sobre la lectura y nuestra relación con las así llamadas nuevas tecnologías al hilo de la presentación de su libro Cinco miradas sobre Borges, y sostuvo que si bien muchas sesudas estadísticas revelan que el número de lectores no ha disminuido globalmente, hay un grave problema con la comprensión de un texto literario, que en su opinión escapa a la mayoría de esos lectores. “¿Cómo podemos ser buenos ciudadanos en una sociedad en la que no logramos entender lo que nos estamos diciendo?”, se preguntó el autor de obras como Stevenson bajo las palmeras o El regreso de Ulises. Como director del Espaço Atlântida, centro internacional dedicado a estudios de la lectura ubicado en Lisboa, explicó que leer significa participar en la sociedad del escrito, del alfabeto y la gramática; significa descifrar las leyes e instrucciones que una sociedad propone para su conducta; y, lo más difícil, nos ayuda a aprender a construir dentro de los huecos que una obra literaria nos presenta nuestra identidad y la interpretación del mundo. Pero eso, dice, “está perdiéndose por completo, porque no está en los sistemas de educación ni en los políticos”. Los economistas, advierte, quieren anularlo y no consideran necesario que tengamos ese momento de reflexión que nos posibilita la lectura y su comprensión, porque para ellos es una pérdida de tiempo hacer algo que cambia el ritmo de la vida y hace que sea más lento al enfrentarnos con la dificultad de ciertas decisiones. No quieren que pensemos, pues. Manguel añade que la falta de comprensión lectora no es culpa de los jóvenes ni de las redes sociales, sino de la carencia de buenas políticas públicas. “Las redes pueden ser muy útiles. Han provocado revoluciones. No culpemos al instrumento”. Lo que cabrea al autor es lo que considera una delegación de responsabilidades en una sociedad que, en conjunto, señala, “está gravemente en crisis por culpa de la infinita codicia de los dirigentes y los financistas”. Manguel pone el punto sobre las íes y observa que si bien toda tecnología cambia nuestros hábitos, no se debe sobrevalorar. “La inteligencia artificial, que no es inteligencia ni es artificial, no genera contenidos, es una máquina estadística. Cuando se creó la primera computadora, allá por el siglo XVIII, se decía claramente que la máquina no era consciente, que no generaba emociones. Lo que hace es computar. El problema es que los seres humanos no hemos pensado en cómo controlar el crecimiento de esa acumulación de información estadística. Llega un momento en que la mente humana no puede seguir esos cálculos. Y eso es lo peligroso”. En ese contexto, Alberto Manguel expone que ya la literatura nos había contado todo esto desde la leyenda del Golem hasta el monstruo de Frankenstein, y que si queremos crear algo debemos saber lo que estamos creando, fijar límites para esa creación y hacernos responsables de ello. El problema, concluye, es que “no estamos haciendo eso, porque las grandes compañías financieras y los multimillonarios que manejan estas tecnologías, lo único que quieren es ganar dinero. Entonces, no les importa si estas máquinas nos van a destruir a todos”. ¿Sabremos gestionarlo?


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