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Andrés Di Tella: “La cultura argentina, paradójicamente, parece prosperar con las crisis”

Andrés Di Tella: “La cultura argentina, paradójicamente, parece prosperar con las crisis”

Fotografía de portada: Gaspar Kunis

Andrés Di Tella es cineasta, escritor y curador. Dirigió Montoneros: Una historia, La televisión y yo, Fotografías, El país del diablo, Hachazos, 327 cuadernos y Ficción privada, entre otras. También publicó dos libros de no ficción: Hachazos y Cuadernos. Su obra incluye instalaciones, performances y piezas de vídeoarte. Como curador, fue fundador y director del BAFICI y del Princeton Documentary Festival. Fue distinguido con una Beca Guggenheim. Se han realizado retrospectivas de su obra en la Filmoteca Española de Madrid, el Festival dei Popoli de Florencia, el Festival de Lima y el festival E Tudo Verdade de Sao Paulo, entre otros. Participó en 2019 del festival IDFA de Amsterdam en la sección Masters. La Fundación Konex lo seleccionó entre los 5 documentalistas más destacados de la década 2001-2010, así como de la década 2011-2020.

La editorial Caballo de Troya le ha publicado en España Cuadernos y ha concedido esta entrevista mediante correo electrónico, Madrid-Buenos Aires.

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—¿Qué podemos encontrar en tus Cuadernos?

—Son hojas arrancadas de mi vida, así que hay de todo, “como en la vida misma”. Desde un diario de viaje a la India, tratando de desentrañar la historia oculta de mi madre, hasta la experiencia, inesperadamente sublime, de una caminata por la Pampa. Hay encuentros con personajes inolvidables que han dejado una huella en mi alma, pero también conversaciones íntimas con mis hijos. Biografía y autobiografía. En definitiva, creo que esas hojas arrancadas se leen, simplemente, como si fueran una colección de short stories. Pienso en este brevísimo relato de Jorge Luis Borges: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

—¿Cómo te consideras como cineasta? ¿Qué temas te interesan, qué obsesiones, desde qué miradas cuentas?

"Mediante la imagen y la palabra, mediante el sonido y el ritmo, mediante todos los artilugios del cine, lo que trato de hacer es inducir al espectador en una atmósfera particular de sentimientos y resonancias"

—Trabajo con método documental porque en la realidad encuentro historias que ningún guionista hubiera podido inventar. Además, me gusta investigar: el propio camino de la investigación, con sus idas y vueltas, a menudo tiene mayores consecuencias que el presunto resultado de la investigación. Hay un verso de Kavafis que habla de este proceso: “Ruega que sea largo el camino”. También creo en la máxima de San Agustín: solvitur ambulando (caminando se resuelve). Por otra parte, mis películas tienen siempre algo de fábula, o de parábola. Se trate de mi madre, de un escritor célebre como Ricardo Piglia, o de un individuo anónimo, los personajes de mis películas son siempre, ante todo, vehículos para el viaje emocional del espectador. En el cine no se descubre nada si no es a través de la emoción. Por eso, diría que importan menos los temas que la forma de narrarlos. Mediante la imagen y la palabra, mediante el sonido y el ritmo, mediante todos los artilugios del cine, lo que trato de hacer es inducir al espectador en una atmósfera particular de sentimientos y resonancias. De ese modo, cada espectador crea su propia relación personal con la historia que estoy contando.

Y en tu faceta de escritor, ¿desde dónde escribes?

—Hace unos años atrás, no recordaba los sueños. Un amigo me dijo: “Es muy simple, todo lo que tienes que hacer es dejar un cuaderno y un bolígrafo sobre la mesita de luz. Por la mañana, recordarás tus sueños”. No le creí, pero igualmente le hice caso. Al día siguiente, cuando desperté, vi el cuaderno en la mesita de luz y, como por arte de magia, por primera vez en mucho tiempo, se me aparecieron imágenes deshilachadas de un sueño. A partir de esa mañana, empecé a recordar cada vez más. Cada día retenía más detalles de mis sueños, que a veces eran dos o tres por noche. ¡Nunca imaginé que podía soñar tanto! Tuve que empezar a despertarme más temprano, para poder anotar todo lo que estaba soñando. Dejé de hacerlo, finalmente, porque la tarea me llevaba demasiado tiempo. Pero ahí me di cuenta de algo: el que soñaba era el cuaderno. Es decir, si no hubiera estado el cuaderno ahí, esperando en la mesita de luz, no habría soñado nada. De un modo análogo, podría decirse, surgió este libro. Y el escritor que dormía en mí… Por eso el libro se llama Cuadernos.

—¿Por qué tus textos, que son personales e intransferibles, tienen un componente muy universal también? ¿Por qué leyéndote conectamos también con pensamientos propios?

"Comparece una galería de cineastas y escritores, que algún lector reconocerá y otro no, pero que tienen, todos, historias apasionantes, de las cuales rescato aspectos íntimos, a veces sorprendentes"

—Si escribo sobre mis padres, por ejemplo, sé que no estoy escribiendo sólo sobre mis padres. De hecho, hay de por medio todo un proceso de despojamiento. Lo que queda de la vida de mis padres, en el texto, son apenas esquirlas. Es como la famosa punta del iceberg. ¿Cómo hace cada lector para ver el resto de la vida de Kamala y Torcuato, el inmenso bloque de hielo, invisible debajo de la superficie? Sólo puede hacerlo a través de su propia imaginación, de su propia respuesta emocional, de sus propias asociaciones. Lo autobiográfico funciona como un extraño instrumento óptico para que cada lector pueda contemplar su propia vida bajo otra luz. En última instancia, le podría decir al lector de Cuadernos que se trata de su propia historia: tú, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano.

—¿Qué personajes encontramos en tus Cuadernos que podemos conocer y nos son de interés?

—Los Cuadernos abren con una historia de juventud, poco conocida, de Jorge Luis Borges, que tuvo como escenario el mismo barrio de mi infancia. Y cierran, un poco de casualidad, porque fue una de las últimas entradas, con una historia bastante personal sobre Diego Armando Maradona. Dos iconos de la Argentina, uno en las antípodas del otro, que tuve la suerte milagrosa de conocer. En el medio, comparece una galería de cineastas y escritores, que algún lector reconocerá y otro no, pero que tienen, todos, historias apasionantes, de las cuales rescato aspectos íntimos, a veces sorprendentes. Algunos nombres: Ricardo Piglia, Lucrecia Martel, V. S. Naipaul, Macedonio Fernández, José Val del Omar, James Benning, Janet Cardiff, Jack Kerouac, Narcisa Hirsch, Witold Gombrowicz, Francis Ford Coppola, Norah Lange, Malcolm MacLaren, Pedro Costa, Lola Arias, W. G. Sebald, François Truffaut, Alberto Fischerman, Matsuo Basho…

—¿Cómo ha sido trabajar con Jonás Trueba? ¿Te interesa su cine? ¿Qué nos cuentas de sus películas?

"La cultura argentina, paradójicamente, parece prosperar con las crisis. Después de la catástrofe económica del 2001, se produjo una explosión del cine, del teatro y de las artes visuales"

—Jonás ha sido un editor ejemplar. Fue capaz de vislumbrar un libro cuando todavía era un rejunte de manuscritos. Y me acompañó hasta el mínimo detalle en la revisión de la versión final. Al provenir ambos del cine, tomamos con mucha naturalidad la idea de la edición como montaje: encontrar los ritmos del libro, establecer una clave emocional, detectar repeticiones y contrastes, sorprender en la sucesión de “escenas”, buscar ecos del principio en el final, etc. También me interesa mucho el cine de Jonás, en parte porque parece estar encontrando las películas en el mismo momento de hacerlas, atento a lo que sucede en el rodaje, sin demasiadas ideas previas. En eso siento mucha afinidad, también, con mi propia manera de hacer cine.

—¿Cómo está la Argentina? ¿Qué tal respira la cultura últimamente?

—La Argentina está hecha un desastre. La pandemia golpeó muy duramente y la recuperación será todavía muy dura. La cultura argentina, paradójicamente, parece prosperar con las crisis. Después de la catástrofe económica del 2001, se produjo una explosión del cine, del teatro y de las artes visuales. Algo parecido parece estar sucediendo, inexplicablemente, en este momento. Lo más visible de esa nueva eclosión, por ahora, aparece en la literatura. Se está generando una renovación feroz, encarnada en una camada de escritoras excepcionales. Podría nombrar, para lectores curiosos, a Ariana Harwicz, Samantha Schweblin, Leila Guerriero, Mariana Enriquez, Eugenia Almeida, Cecilia Szperling.

—¿Qué escritores españoles lees con atención?

"Siempre he leído poesía española: del pasado, Antonio Machado; del presente, el poeta catalán Vicens Altaió"

—He seguido a Javier Cercas “desde Cemento” (una expresión que usamos en Argentina en referencia a un local muy cutre de Buenos Aires donde tocaron en sus inicios todas las bandas de rock importantes del país). Sus juegos de malabares entre invención y verdad, desde Soldados de Salamina hasta El monarca de las sombras, son una referencia para mí. Me interesa mucho, por motivos semejantes, todo lo que escribe Enrique Vila-Matas, desde que me lo recomendó hace años Ricardo Piglia. Así, a través de Víctor Erice, llegué también a los extraordinarios relatos de Adelaida García Morales. Nunca tengo lejos de la mano un ejemplar ya curtido del mítico Diccionario de símbolos, de Juan Eduardo Cirlot, al que he agregado más recientemente el portentoso Diccionario de música, mitología, magia y religión, de Ramón Andrés. Siempre he leído poesía española: del pasado, Antonio Machado; del presente, el poeta catalán Vicens Altaió.

Vienes para España pronto. ¿Qué vas a hacer?

—Participaré de un “homenaje” que me hacen en la Casa de América de Madrid y, si todo va bien, también participaré del festival de cine de San Sebastián, que es como un segundo hogar para mí. Allí he estrenado mis últimas películas y se ha hecho una retrospectiva de mi obra. Incluso he realizado allí, en Tabakalera, una ambiciosa instalación, que es otra faceta de mi actividad.

—¿A quién recomendarías tus Cuadernos?

—Al lector que le gusta que un libro le sorprenda.

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Autor: Andrés di Tella. Título: Cuadernos. Editorial: Caballo de Troya. Venta: Todos tus libros, Amazon y Casa del Libro.

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