Todos los elementos de un microrrelato resultan decisivos. Creemos. El título, la voz que narra, su punto de vista, el final, con sus vuelcos o sus nuevas dimensiones, o la habilidad con que se ha ido reservando parte del contenido… Estrategias de la condensación. Más bien, virtudes. No sobra nada. Creemos.
Ese estilo concentrado se aprecia en uno de los célebres microrrelatos —cuatro terminantes palabras tras el título—, «Reencarnación», del mexicano Agustín Monsreal: «¡Carajo, otra vez perro!». Nos figuramos tras esa exclamación los pesares y desazones o impaciencias que el pobre chucho volverá a acumular al empezar una vida más en esa condición. Y las vidas anteriores que habrá recorrido sin ladridos.
Interesante es también el narrador de «Ángel de luz». Cuenta en primera persona, participa de repente en la historia que está transmitiéndonos, pero sospechamos —creemos— que su mirada no lo abarca todo y no sabe qué piensan los demás. Pero lo que asegura está dicho con naturalidad absoluta. ¿Quien lee acepta, desde el principio, esa situación como algo corriente? ¿Pensará lo mismo cuando llegue a la última y contundente línea? Al releer, ¿tendrán función distinta esas precisiones de «lástima», «reproche» o «muerta»? ¿Qué puede dividir esa pared final? ¿Qué maneras del tiempo, de los antes y los después, levanta la muerte en ciertas casas?
Uno de los aciertos narrativos es plantear la narración como un diálogo directo entre los dos hermanos. El relato avanza, así, sin explicaciones del narrador, el coloquio inyecta naturalidad, rapidez, y sobre todo contrapone dos posibilidades, dos percepciones de lo real o de lo que consideramos real. ¿En el cuarto o en otra dimensión que no divide tanto la pared? No se les aclarará, en definitiva, a los lectores. Y el remolino de la acción final, ese movimiento entre el aire —nuevo acierto—, hace que pueda multiplicarse el desenlace.
Esas intensas líneas se apuntan temas que se emparentan con la resistencia de los vínculos del afecto y sus herederos. Por eso se asocian a la muerte y la existencia de un «más allá» posible. Lo borroso de la frontera entre vivos y muertos, que parece aquí volverse porosa, permeable. Las vueltas de tuerca que ajustan más lo que no siempre vemos en la realidad, en una realidad «familiar», en «el más acá todavía»: lo que para un personaje es imposible a otro le puede resultar completamente normal y transparente. Por ahí asoma la ingenuidad —o el desconocimiento o la incertidumbre— del narrador con respecto a su propia situación. Que el lector puede interpretar alterando expectativas: ¿acompañamos a alguien vivo que comprueba que su madre muerta está allí o descubrimos, en cambio, la presencia de difuntos cercanos? ¿La realidad del narrador coincide de lleno con la de la hermana? ¿Qué mensaje irradia ese ángel del título? ¿A quién va dirigido? Qué importancia siempre la de una madre. Cuánto ilumina retrospectivamente el final que no es final.
El escritor Agustín Monsreal nació en 1941 en la capital y ciudad más poblada del estado mexicano de Yucatán, en Mérida. Poeta y cuentista, editor aventurero, miembro del consejo de redacción de la gran revista El Cuento, de Edmundo Valadés, y de otras cabeceras, colaboró en diarios —especialmente el Excélsior—, coordina talleres tanto de narrativa breve como de novela. Desde 1970 tiene cincuenta y tres libros publicados, más una docena todavía inéditos. La obra monsrealiana merece la pena: Los ángeles enfermos (1979), Sueños de segunda mano (1983), Infierno para dos (1995)…
En diciembre del año pasado don Agustín recibió «el más alto reconocimiento de México a quienes con su obra y trayectoria han hecho aportaciones trascendentales a la cultura en los campos de la lingüística y la» escritura literaria: el Premio Nacional de Artes y Literatura 2025.
Sabe que es esencial el humor, no la carcajada. Pervive en el torrente de su memoria un consejo que le dio Augusto Monterroso: «Hay que procurar que entre el estilete (en forma de prosa) y que salga apenas con una gotita de sangre, aunque por dentro provoque una hemorragia».
En una entrevista reciente recalcó que destacaba la cuentística mexicana de autores de apellido con erre: Julio Torri, José Revueltas, Monterroso, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Inés Arredondo, Elena Garro…». Monsreal —añado yo— lleva también dentro esa letra que narra y aprieta el aire hasta que escapa por el centro de la boca, fuerte, vibrando.
***
Ángel de luz
«Mamá está en mi cuarto», le dije a mi hermana. «Dice que quiere hablar contigo, que vayas».
Mi hermana me miró con lástima, aunque también con reproche.
«No puede ser», me contestó. «Mamá está muerta».
«Ya lo sé, pero ahí está. Ven a ver».
«Bueno, está bien. Vamos».
Y atravesamos la pared cogidos de la mano. ■
El Cuento, Revista de Imaginación, Época 2, n.º 129-130, abril-septiembre de 1995, pág. 107 y en Minificciones. Antología personal, Fictica, México, 2018, p. 18


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