La calidad de la obra literaria de Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965) quedó pronto demostrada, y reconocida, en su poesía y luego en sus novelas, además de la valentía de sus diarios y sus columnas de opinión. Y por supuesto, en sus libros de narrativa breve. A Noticias de la frontera (1994), una temprana y madura muestra de microrrelatos, le siguieron las doce narraciones de Queridos desconocidos (1999). Luego, los que conformaron Cuentos del jíbaro (2008), difundidos por correo electrónico semanalmente durante un año, en una iniciativa original que el escritor y la editorial Demipage probaron con éxito. Más las catorce piezas de El año en que murió John Wayne. Una de ellas es «Nuevo Mundo».
Ese talento ilumina «Nuevo Mundo», donde uno se queda fascinado por cómo evoca su narrador parte del pasado y qué auguraba lo que podía venir. Más que la sucesión de acontecimientos conmueve la percepción que ese chico tiene —sigue teniendo tiempo después— de su padre y de la situación familiar. De todo.
Impresiona cómo a esa edad entrevé el sobrevenir del futuro y sus panoramas cuando su retrospección se concreta en íntimos detalles imaginativos: «asocio la composición de Dvorak…», «yo leía…», «yo apagaba la luz…». Muestras de clarividencia y de presagios y de sutileza y sensibilidad de observación. Incluso en la penumbra.
El narrador revive la compañía de elementos culturales de la música clásica, de las artes plásticas, de la literatura o hasta las películas del Oeste. No son adornos, refuerzan la historia. Y esa fantasía lúcida —el whisky, los cigarrillos Winston, el rifle Winchester, carromatos, látigos, horizontes de Arizona— logra convertir un escenario familiar, cotidiano y verosímil en nada menos que una travesía por territorios salvajes que los lectores estamos dispuestos a compartir. Biografía y arte. Y buscando aire nuevo y sitio distinto. Como los náufragos que sobrevivieron casi dos semanas en los maderos frágiles de La balsa de la Medusa, tras el desastre de aquella fragata francesa gobernada por un capitán incompetente. Esos desamparados divisan, afortunadamente, un lejano barco de rescate, un nuevo mundo. O como aquel célebre director de la Sinfónica de Berlín, Herbert von Karajan, con fama de autoritario, que dio vueltas al globo con sus discos. O como aquel forajido precoz, Billy el Niño, retratado por Sender en su novela como un caso de fragilidad, de crímenes bruscos y de lealtades propias también de la adolescencia.
Y esta página de Juan Gracia Armendáriz sobre nuevos continentes lleva dentro, además, amplios contenidos, ideas. Se nota en la mención a una crisis económica con su amenaza para la estabilidad emocional de todos los de la familia, capaz de alterar los comportamientos. Se perciben la angustia y la vulnerabilidad de los adultos. Por supuesto, la capacidad de la música y la literatura de dar sentido a lo que no comprendemos del todo. Y se entrelazan ideas como los nexos entre realidad y ficción, más allá de la imaginación como refugio o una estratagema para evadirse. En todo caso, el anhelo de evasión entraña la expectativa de una vida nueva, de un mundo diferente. La sinfonía de Antonin Dvorak ensancha la posibilidad de empezar de nuevo, de encontrar una salida a una situación que se hace irrespirable.
Y lleva a considerar esa paradoja central: que el padre busque un «nuevo mundo» para escapar de sus dificultades, pero ese hijo sensible y consciente imagine ese mundo como un territorio peligroso en el que toda la familia sigue sometida a la voluntad paterna. Un acierto. Como el talento de perfilar en tan pocas líneas psicologías de personajes. La madre, por ejemplo, destaca con pocas palabras: prudente, conciliadora y protectora, intenta apaciguar al padre haciendo que los hijos entren en el salón para darle las buenas noches. Se traza así el contorno de una familia unida por un destino incierto del que no puede escapar tan fácilmente.
En la literatura de Gracia Armendáriz, en la singular hermosura de su prosa, encuentran —me parece— un puesto preferente de significado las fronteras, los límites, los cercos, a veces las habitaciones cerradas, los pasillos, los frascos o las vitrinas… Forman «… la tormentosa frontera que entonces atravesaba papá» o, según sugiere el título melódico de su poemario, Como si al otro lado latiera. El paso más allá, el día más allá. Porque a la vez se apunta la «tierra de promisión», la esperanza de una vida más grande, la expectativa de un mundo que mejora a pesar de estar lejos. Aunque el espacio de la libertad tenga cerca la violencia, la aventura inevitable, el temor y lo incierto, pero el don de la supervivencia. Inconformista supervivencia siempre.
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Nuevo Mundo
Cuando papá enloquecía se encerraba en el salón, encendía el tocadiscos y hasta nuestro cuarto llegaban los compases de La sinfonía del Nuevo Mundo. Era tan alto el volumen del aparato de música que, a decir de los vecinos, la Orquesta Sinfónica de Berlín tocaba algunas noches, toda ella al completo, en nuestro salón. Asocio la composición de Dvorak con la tormentosa frontera que entonces atravesaba papá: un hombre de cuarenta años que buscaba en esa composición un nuevo horizonte, una tierra de promisión, algo que le ayudara a huir y dejar atrás la tormenta de deudas que amenazaban su negocio y la estabilidad familiar. Aquellas notas me ponían los pelos de punta porque se me antojaba que presagiaban una costa americana, rocosa, entre la bruma helada del amanecer, vista desde la borda de un precario esquife donde nos agolpábamos toda la familia, como los náufragos en La balsa de la Medusa. Esas imágenes llenaban el salón donde mi padre, a solas, con un whisky en una mano y un cigarro Winston en la otra, dirigía su invisible orquesta de fantasmas. A fin de apaciguarle, mi madre nos hacía pasar al salón, donde él ya descansaba en el sofá con terrible gesto de Von Karajan. Le dábamos las buenas noches con un trémulo beso en la mejilla y luego nos acostábamos sin hacer ruido. Por aquel entonces yo leía El bandido adolescente, de Ramón J. Sender, e imaginaba que ante mí se extendía una tierra fronteriza y polvorienta, por donde merodeaban jóvenes asesinos de pelo rojo y mirada indomable. Cuando todo parecía en calma y la casa quedaba anegada en un silencio aún poblado de notas y compases, yo apagaba la luz de la mesilla y soñaba que mi padre dirigía una caravana. Lo hacía con un látigo en una mano y un rifle Winchester en la otra, la cara enrojecida por el alcohol, bajo el sol inclemente de Arizona, y que toda la familia, incluido nuestro pobre perro, que correteaba atado al carromato, nos adentrábamos en una gran extensión de tierras salvajes. ■
Revista Nuestro Tiempo, Universidad de Navarra, n.º 665, noviembre-diciembre de 2010, pág. 97 y en El año en que murió John Wayne, Valencia, Pre-Textos, 2022, págs. 21-24.


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