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Anomia y miedo: identitarismo y exceso de moral

Anomia y miedo: identitarismo y exceso de moral

Conviene no equivocar el orden de las cosas, su causalidad, tal como Nietzsche quería arbitrar a martillazos: cuidado con confundir causa con efecto, un error demasiado común y que nos induce a ser estúpidos.

El dolor sin localizar que padecemos ahora, unos más que otros, es con mucha probabilidad un síntoma producido por la anomia. Así que primero es la anomia: padecer una insuficiencia de normas cuando tratamos de obtener control sobre un mundo demasiado vasto como para poder sentirnos confiados. Esa anomia nos produce una inquietud que, en el caso de los más débiles o vulnerables, resulta en miedo.

Y después, ¿qué es lo que opone el ser humano —para defenderse— ante el miedo que le produce la anomia? ¿Qué es lo opuesto, la oposición, a la anomia?

La moral.

Si anomia, exceso de moral.

"Hoy en occidente padecemos un exceso de moral tanto en grupos que se identifican con la izquierda política como en grupos que se identifican con la derecha política"

Cuando el ser humano siente miedo por causa de la anomia, de manera instintiva, trata de obtener control, y lo hace en parte mediante normas morales que cohesionen su grupo y lo cohesionen al grupo y a los demás del grupo los cohesione a él mismo. En la anomia, el ser humano se vuelve excesivamente moralista, y, si el grupo al que pertenece es demasiado grande (ello, en parte, ha sido lo que ha producido la anomia), busca refugio en la cohesión moralista de un grupo más pequeño. Posiblemente, los identitarismos que estamos viendo son un buen ejemplo de esto. Pero, ah, amigo, esa cohesión en identitarismos fragmenta la sociedad, de modo que produce anomia, a su vez: nos cohesionamos en pequeñas identidades mientras descohesionamos la sociedad en su conjunto, en un círculo vicioso o en una espiral involucionista. En este momento histórico plagado de identitarismos es como si fuéramos un cuerpo sólido en decadencia, que se va desmembrando. Y muchos de los “desmiembros» resultantes se disparan entre sí.

Hoy en occidente padecemos un exceso de moral tanto en grupos que se identifican con la izquierda política como en grupos que se identifican con la derecha política. En EE.UU., la izquierda Woke se enfrenta al trumpismo y el trumpismo se enfrenta a la izquierda Woke, amenazando ambas con un “divorcio nacional” (guerra civil), tal es el nivel de polarización y odio. El showman Bill Maher dice que todos esos son unos patriotas muy raros, que olvidan una parte esencial de su pertenencia a la patria de los Estados Unidos de América: la parte de “Unidos”, nada menos. No se puede ser un patriota de Estados Unidos sin ser/estar… Unidos.

"¿Pero cómo podemos acercarnos un poco más a la certeza de que, en efecto, ese en concreto (el anómico) es un dolor de los estadounidenses en la actualidad?"

¿Por qué pensar que los estadounidenses padecen anomia? Veamos: aparentemente, la vida es mucho más dura en su vecino México que en EE.UU., sin embargo, la gente se suicida mucho más en EE.UU. que en México, y una de las explicaciones plausibles que tenemos para esto es, precisamente, la anomia. En 2019, según datos publicados por el Banco Mundial, en EE.UU. se suicidaron 16,1 personas por cada 100.000 habitantes, una cifra en ascenso, mientras que, en México, 5,3 (menos que en España, por cierto: 7,7 en 2019, hoy más). Según estos datos, a las personas les debe de estar costando más conseguir averiguar a qué atenerse en un país que en el otro, en EE.UU. más que en México. Y no parece descabellado que sea así, siendo EE.UU., por su hegemonía, una suerte de imperio que se extiende hasta límites difusos. Entre otras cosas, México sabe que debe atenerse a EE.UU. en algunos aspectos (no es mala sujeción por arriba, para mal pero también para bien), mientras que EE.UU. no quiere ni puede permitirse atenerse a ningún otro, y así sus ciudadanos: son la cabeza del imperio, no hay confín en ese imperio, su falta de confín comporta que sus principales empresas sean compradas por empresarios chinos o trabajadas en India o financiadas por Arabia Saudí. Este comportamiento financiero y productivo sucede más o menos igual en prácticamente todos los países del mundo, pero, en muchos de ellos, como subordinados de EE.UU., irradiados desde allí: España, por ejemplo. En cuanto a China, se encuentra al alza, no está en decadencia, sino en plenitud: 8, 1 suicidios por cada cien mil habitantes, por debajo de la media mundial, que es de 9,2, y además en descenso, al contrario que en Estados Unidos.

¿Pero cómo podemos acercarnos un poco más a la certeza de que, en efecto, ese en concreto (el anómico) es un dolor de los estadounidenses en la actualidad? Algunas de las promesas estrellas de Trump, en este momento, van en esa dirección: aliviar la incertidumbre anómica al estadounidense de a pie. Por ello incide, entre otras cuestiones, en que su presidencia no inició ni una sola guerra allá afuera, y proclama su superioridad moral sobre la izquierda precisamente por ello, porque protege a los suyos. Quiere acabar con la falta de control sobre la economía del país, que se encuentra dispersa por el mundo, ataca a la globalización, que es expansiva y olvida a los trabajadores autóctonos, y aboga por la protección económica y por normas claras (y tal vez un tanto anticuadas) en el comercio, además de defender valores tradicionales de EE.UU. frente a los de la cultura-religión Woke, uno de sus anatemas, por cierto.

"Por su lado, la izquierda cree estar haciendo una revolución progresista que nos conducirá a un mundo mejor"

Protección, seguridad, normas claras, conservadurismo, anatemas… Pero no aplicados mediante el proceder habitual de los republicanos, con Trump todos estos significantes tienen un significado distinto. Son de resistencia ante la debacle imperial. Políticamente, es un emperador llamando al orden y enfrentando a los que desordenan.

¿Se aprecia un exceso de moral en los trumpistas? Los QAnon —partícipes del movimiento identitario que respalda a Trump, y que estuvo involucrado en el asalto al Capitolio— son de un moralismo reaccionario, nacionalista —mucho más que conservador—, involucionista, de regreso a los Estados Unidos (Make América Great Again, la famosa MAGA), siendo esa América a la que volver un mundo que ya no existe, que se perdió. Son puritanos de Norteamérica. Tampoco es de extrañar el auge de la Iglesia Evangélica en la esfera de esa derecha política, una iglesia de un moralismo proselitista entre los más pobres y los de menor cultura. Están, obviamente, todos ellos, buscando seguridad.

Pero, enfrente de los QAnon, los evangélicos y otros grupos asociados con la derecha y la extrema derecha, encontramos el exceso de moral de la izquierda Woke: Black Lives Matter, Feminismo dogmático, LGTBISMO dogmático, Ecologismo anti cambio climático dogmático, Animalismo dogmático, entre otros. En este momento, en EE.UU., el puritanismo es transversal, de derecha a izquierda. Que el puritanismo sea transversal, que se encuentre tanto en las ideas de derecha como en las de izquierda, bien puede constituir un síntoma de que, en efecto, se trata de un proceso anómico: la incertidumbre cae sobre todos, no sobre una parte y sobre la otra no. Por su lado, la izquierda cree estar haciendo una revolución progresista que nos conducirá a un mundo mejor. Pero, en realidad, está combatiendo la anomia con su propia moralina, propiciando que los grupos encuentren algo de seguridad por medio de su cohesión identitaria. El exceso de moral no apunta al progreso. Se trate de la moral de un grupo de derechas o de la moral de un grupo de izquierdas, el exceso de moral no conduce a un mundo mejor. No sólo no está demostrado que la humanidad mejore moralmente (que el exceso de moral nos mejore, que hoy seamos moralmente mejores que ayer), es que el exceso de moral constituye más bien un recurso de defensa ante el peligro, de repliegue frente a la decadencia. El exceso de moral sirve para afrontar la pérdida progresiva de la fuerza (y de la intensidad y la importancia y perfección) de la sociedad construida hasta ese momento. Cuando se debilita esa fuerza (intensidad, importancia y perfección) de la sociedad construida hasta ese momento, surge la anomia: las dudas. Y con las dudas entra en juego la necesidad de moralizar a todos.

"Los excesivamente moralistas convierten el mundo en menos, lo estrechan, lo oscurecen, lo empobrecen"

El puritanismo trata de cohesionar al grupo con normas morales más estrictas. Es lo que siempre han hecho las religiones, surgidas, tal vez, en cuanto el ser humano se sintió sobrepasado por su propia demografía. Dos pueblos alejados el uno del otro y sin conexión alguna no plantean ningún problema, pero interconectados, sí. Saber del otro requiere empezar a replantearse mucho de lo propio. Y para eso estaría Dios, allá en lo alto, “mediando”, un ojo hacia uno y otro ojo hacia el otro. Incluso aunque ambos pueblos adoren cada uno a un dios distinto, cada pueblo cree (siente, piensa) que el suyo vela por él. Dios es un gran alivio ante un problema de  anomia, lo mismo que la moral que se establece en su nombre. Y si ambos pueblos entran en conflicto, bien vale la diferencia de sus dioses como método para aglutinar al grupo propio contra el otro.

Alguien podría pensar que fue el exceso de moral de los cristianos el que produjo la caída del Imperio Romano, pero no es eso lo que consideramos cierto. La causalidad de los hechos sería más bien esta otra: un imperio vasto, inabarcable, y que se resquebrajaba por momentos, produjo una falta de certidumbres, un dolor sin nombre (pero que ahora sabemos que se llama anomia), y, como reacción ante ese dolor sin nombre, los distintos grupos de personas desarrollaron un exceso de moral a partir de su creencia en un Dios único y verdadero (contra la gran nómina de deidades de griegos y romanos). En ese caldo de cultivo de excesos moralistas, los cristianos impusieron su moral. De la creencia plural y más o menos libre del tiempo de griegos y romanos, se pasó a la —en ese momento— totalitaria de un Dios único. Por supuesto, al precio de destruir gran parte de la cultura existente hasta entonces, convertida por los cristianos en inmoral.

Los excesivamente moralistas convierten el mundo en menos, lo estrechan, lo oscurecen, lo empobrecen. Eso hicieron los cristianos. Tal estamos viendo ahora, me parece.

El exceso de moral es lo que comparten la decapitación de una estatua (también lo hicieron los cristianos) y las performances de unos activistas pretendiendo haber destruido una obra de arte (los cristianos las destruían de facto, no hacían performances). El exceso de moral es lo que comparten la acusación de abusos sexuales sin pruebas —ni juicio— a una estrella de la música (los cristianos tuvieron la inquisición), o la retirada de cuentos infantiles por no concordar con la nueva ortodoxia ideológica (los cristianos también quemaban los libros que ellos llamaban “de magia”, aunque en esas piras se colaron también parte de la filosofía y la ciencia grecolatinas).

"Estamos, pues, buscando la cohesión del grupo y conjurándonos grupalmente contra el vértigo, el peligro, el miedo, el dolor por lo que no acabamos de aprehender de la realidad"

La cancelación de una escritora por ser supuestamente tránsfoba, la expulsión de una profesora por enseñar el David de Miguel Ángel a sus alumnos (porque algunos de sus padres lo estimaron pornografía), es lo mismo exactamente que la corrección según nuevas sensibilidades de los libros de Roald Dahl y Agatha Christie. En el caso de la profesora que enseña el David de Miguel Ángel, los que perpetran la cancelación son padres conservadores, portadores de un exceso de moral que asociamos a la derecha política, sin embargo los que censuran los libros de Dahl y Christie pertenecen a comisiones woke, asociadas a la izquierda. Y, sin embargo, ¿se aprecia alguna diferencia entre unos y otros? En absoluto, ninguna. Sólo que si estás hablando con alguien que se identifica a sí mismo con el espectro ideológico de la izquierda, le restará importancia a lo de los woke con los libros: «bueno, esos chicos, una cosa aislada, modas, siempre hay alguien que se pasa, no es para tanto…».

Estamos, pues, buscando la cohesión del grupo y conjurándonos grupalmente contra el vértigo, el peligro, el miedo, el dolor por lo que no acabamos de aprehender de la realidad o lo que nos insatisface de ella. Los periodistas acuñan términos como “perdedores de la globalización”, acusamos un liberalismo económico financiero que se tacha de “neoliberalismo” por su agresividad, vivimos en unas sociedades abrumadas por el exceso de información y (sobre todo) por el exceso de propaganda, se teoriza sobre que la sociedad es “líquida” (Bauman) y tal vez demasiado fluida, rápida, exigente, y sobre que nos encontramos excesivamente igualados y faltos de otredad (Byung Chu Han), o sobre que el mundo laboral ha dejado de ser sólido y no sabemos a qué atenernos en nuestros proyectos de vida a largo plazo (Sennett). Se habla también de eco-ansiedad, de una caída de la natalidad (somos antinatalistas), de un envejecimiento de la población y del daño psicológico que nos ha infligido el virus del Covid19.

"El exceso de moral nos hace estupendos, mejores personas que aquellos a los que criticamos"

Sufrimos. Los Incel sufren por su celibato involuntario, los terraplanistas padecen porque se les oculta la verdad desde el poder maquiavélico que nos tiene a todos engañados, Black Lives Matter siente que la vida de los negros “no importa” y que los blancos continúan ostentando graves privilegios, algunas mujeres se sienten oprimidas por el patriarcado y desfavorecidas por la sociedad, pero los varones también sufren: son los que más asesinatos, cárcel, situación de calle, muertes por accidente laboral y suicidios soportan. Los identitarios franceses temen la llegada de más inmigrantes (y así otros tantos grupos de extrema derecha de toda Europa). Los que luchan contra el cambio climático que —acusan— ocasionamos nosotros mismos, sufren observando que nadie hace nada, para ellos la humanidad entera se ha vuelto loca y nos vamos al abismo sin remedio. Pero no, hay que remediarlo, y más sufren intentándolo. También debemos contar entre los sufrientes a los que están dispuestos a ser muy maleducados si mencionas el transgénero en vano, o a los prestos a cancelar al artista si a este le gusta cazar o es de derechas o cuestiona a los que quieren abolir la prostitución o fue acusado de abusos sexuales.

El exceso de moral nos hace estupendos, mejores personas que aquellos a los que criticamos. Eso es un gran alivio, un vano consuelo, tal vez, pero eficaz apaciguando nuestra mala conciencia, aunque no nuestros deseos de atacar a alguien. Personas decadentes como aquellas ancianas que se apostaban en su ventana tras un visillo para no ser vistas mientras disparaban con su moral a cualquier que pasara.

Podríamos pensar que todo esto produce decadencia, la decadencia de occidente, pero es al revés. La decadencia de occidente produce esto. Recordemos no equivocar la causalidad, no confundir causa y efecto. Por ello, no parece que atacar a tanto sufriente sirva de gran cosa. Más bien se les causa un dolor añadido que sólo puede ocasionar más anomia y una reacción aún más excesivamente moralista por su parte. La única medicina contra el exceso de moral que estamos padeciendo es la de insuflarle a nuestro mundo algo de seguridad, pero sin recurrir al exceso de moral. Si, igual que ellos, recurrimos a un exceso de moral, produciremos una polarización, odio. Y la polarización y el odio sólo pueden ahogarnos y, en espiral, empujarnos hacia abajo.

"Donde menos lo esperas, ese día suena la flauta de la corrección política y el exceso de moral"

Sólo podemos describir, a ser posible con humor, lo que está sucediendo, mostrándole a los demás su naturaleza religiosa, sus contradicciones, su absurdo, su hipocresía, su colisión con valores anteriores y más sólidos. Es algo que se puede observar a diario, es un fenómeno que no se detiene, cada día podemos encontrar una miríada de informaciones, procedentes de todos los ámbitos, dispersa por las distintas secciones de los medios de comunicación. No sólo en la anglosfera, también en España. Cuando no es una cosa es la otra. Es como si observáramos una mancha que se extiende y lo va cubriendo todo, como si una mancha avanzara colándose en todos los lugares, en todos los estamentos, en todas las instituciones, en todas las mentes. Donde menos lo esperas, ese día suena la flauta de la corrección política y el exceso de moral.

Repasemos los últimos tiempos. En los últimos 20 años, 11S y la lucha contra el terrorismo islámico, eclosión de internet, crisis financiera, crisis de los modelos laborales, amagos revolucionarios, pandemia, amago de tercera guerra mundial… Todo ello parece poseer cierto potencial anómico. Conferir a nuestro mundo algo de certidumbre en semejante momento histórico es todo un reto. La lucha del ser humano, lo sabemos desde no hace mucho, es la del individuo y el colectivo contra el desorden de las cosas, es decir, contra la entropía. Todos sabemos que desordenarnos conduce a la muerte. Si te quedas quieto, si no haces nada por evitar el desorden que aumenta y crece a tu alrededor y dentro de ti, pereces. Si no controlas el natural desordenarse de tu organismo yendo periódicamente al médico, probablemente enfermes sin solución y mueras. Si no haces nada para controlar el natural desordenarse de la higiene a tu alrededor, se hace más probable que sufras una infección y, quién sabe, tal vez sea tan grave que mueras por ella. Prácticamente todo lo que hacemos va destinado a obtener cierto control sobre el desordenarse de las cosas. Necesitamos un trabajo para mantenernos, esto es, para tener control. Tal vez por eso resulta doloroso cuando percibimos que el mundo se nos escapa de las manos. Por otro lado, el que es capaz de soportar mayores niveles de desorden e incertidumbre tal vez llegue lejos; o puede que, al contrario, sucumba por confiado o por arriesgarse.

No todas las personas necesitan el mismo nivel de seguridad. Pero, en un mundo tan complejo, tenemos que plantearnos cómo conferir seguridad a los que la necesitan, cómo hacerlo sin incurrir en excesos de moral: y cómo hacerlo sin restar libertad a los más capaces de soportar el reto de no saber a qué atenerse. Debemos ver también cómo evitar que la decadencia de occidente nos produzca cada vez más anomia y cómo evitar que respondamos a ella con nuevas religiones.

"Algunas de las respuestas más lúcidas las han dado dos pensadores de hoy: el español Antonio Escohotado y el canadiense Steven Pinker"

Algunas de las respuestas más lúcidas (sin responder específicamente a las anteriores cuestiones) las han dado dos pensadores de hoy: el español Antonio Escohotado y el canadiense Steven Pinker. Como buen psicólogo, Pinker ha propuesto al paciente sociológico olvidarse por un momento de la crisis de ansiedad en la que se encuentra y recordar cómo era todo cuando se encontraba saludable: la Ilustración, los valores de la Ilustración. Claro que esta estrategia choca en parte con la desmemoria (ignorancia) del paciente sociológico, pero puede que algunos miembros de las élites de occidente hayan tomado alguna nota. Y, por otro lado, para el común, Pinker acompaña su propuesta con datos que deberían tranquilizar a los más aquejados de anomia: mejoramos, el mundo es mejor hoy que ayer, somos menos violentos, hay menos hambre en el mundo, vivimos mejor. Antonio Escohotado, por su parte, ha sostenido eso mismo, hemos mejorado, contra los maniqueos que se empeñan en encontrar atroces desigualdades por todos lados. Estos moralizan tratando de quitarse la anomia de encima, pero, a su vez, generan anomia, claro, porque —del mismo modo que es importante responder ante las injusticias—, si el diagnóstico sobre las injusticias es mera creencia, percepción y sentimientos, demagogia y maniqueísmo, no respondemos a injusticia alguna, sino que, supersticiosos, generamos un estado de malestar insano. Por tanto, Escohotado ha advertido sobre el maniqueísmo de los que se oponen al comercio. Ha hecho su historia, la historia de los que, postulando un avance moral de la humanidad, sin embargo, siempre la sumen en la pobreza material.

Afirmar con datos que la humanidad está mejor hoy que antes, cuando no pocos se desgañitan porque sienten todo lo contrario (y lo sienten, claro que lo sienten), es un buen modo de resistirnos a la anomia, representada esta precisamente por los que se desgañitan. Sobre todo si, como parece, nos encontramos en un momento de decadencia tal que nuestro mundo amenaza con hacerse añicos, no por esas desigualaciones que se suelen señalar, sino exactamente por lo mismo que debió de hacerse añicos el Imperio Romano, por su éxito y su extensión. Dice el verbo popular que “todo lo que sube, baja”. Y cuando sube estamos estupendos, pero cuando baja, mal.

La opción contraria a reconocer que hoy estamos mejor que antes y que la humanidad ha progresado, sería unirnos a algún identitarismo, volvernos hipermoralistas, hacer proselitismo, acusar a los otros de todos nuestros males, tratar de imponer nuestras ideas de manera totalitaria, producir una espiral del silencio y una caza de brujas, obtener el oscurantismo que nos permita reinar sobre los otros, destruir todo lo precedente que no nos sirva moralmente para aglutinar a los nuestros, atacar moralmente a la economía hasta que nos dé la razón y nos financie, masacrar a los traidores, a los herejes y a los que no se plieguen, y guerrear contra quien nos discuta el poder. Es parte de lo que hicieron los cristianos. Espero que no sea parte de lo que hagamos nosotros.

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Josey Wales
Josey Wales
10 meses hace

La moral es una facultad del ser humano que le permite conocer y distinguir lo bueno de lo malo. Con la razón, por supuesto, no hay otra manera. Es ser humano se distingue de los animales (no los de las películas de Walt Disney, sino los de verdad, hay que aclararlo) por su facultad moral, aún más que por su intelecto, que también tienen los animales en cierto grado. A partir de aquí, lo que dice el autor sobre el exceso de moral, es confundir. El problema de la moral es que sea defectuosa, no que sea excesiva. Si las personas fuéramos fieles a la la ley interior que nos manda amar a Dios sobre todas las cosas y al projimo como a nosotros mismos (emandamiento la síntesis de la moral), no necesitaríamos leyes exteriores, ni policía, ni multas, ni cárceles. Por eso el amor es la perfección de la ley, y la caridad es el perfecto amor. El problema, en último término, no sobrevuela el mundo, procede del alma del hombre.

Arturo
Arturo
10 meses hace

Tenia ganas, el autor, de descargar su historia intelectual-personal, en un extenso articulo filosófico.
No está mal desarrollado, pero demasiadas veces acaba un párrafo recordando supuestos males infligidos por el Cristianismo.
Excesiva fijaciin ideologica contra esa religion, habiendo varias otras por el mundo

Ricarrob
Ricarrob
10 meses hace

Atrayente, en un principio, pero falso. Es confundir la moral, que nunca es excesiva en su verdadera naturaleza, con la norma y la normatividad y el fobio-normativismo-dogmatico-izquierdista-chequista. Llamar moral al normativismo pseudo-animalista parece excesivo. Llamar moral a las normativas multifamiliares parece incorrecto. Llamar moral a las inquisitoriales normas o leyes trans o anti-varón o las normas de discriminación positiva, parece un exabrupto.

Confundir las cosas, la falta de distinción, es el síntoma de la decadencia. Todos los dogmatismos son normativistas a extremos fóbicos. Pero quizás lo más extremos sean históticamente los de izquierdas, desde hace casi dos siglos.

Por otro lado, creo que es tergiversar y retorcer la historia, acercar las inexistentes ascuas a su famélica sardina conceptual, sr. Melini, el comparar todo este embrollo posmoderno con la caída del Imperio Romano y el cristianismo. Desempolve usted sus neuronas ya que la moderna historiografía achaca a cuestiones de quiebra económica del modelo imperial, la causa de la caída de Roma. Al cristianismo se le echan encima todos los males y desgracias habidos y por haber. Hasta el toro que mató a Manolete era cristiano. ¿Se ha oregunrado usted por qué el mitraismo, por poner uno de l8s posibles múltiples ejemplos, no produjo esos funestos resultados?

Ateactivo, pero falso. 5oda la argumentación.

Adalberto Chacón
Adalberto Chacón
10 meses hace

Muy nítido cuadro del absurdo teatro social global, con danzas macabras a veces. Sociedad que camina enferma con la virosis de la politiquería y la gangrena que le insufla el bombardeo por muchos medios de masas: manipuladores sesgados que causan ira, miedo, tristeza; sin ética (ciencia de la moral). Oscilante (cómo bien dice Melini) entre una moral insuficiente (anomia) y una inquisitorial que se cree dueña intolerante de los valores para aplastar la disidencia.