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Años de crisis, años de buen periodismo

Años de crisis, años de buen periodismo

La antología Un país en crisis: Crónicas españolas de los años 30, editada por Sergi Doria y publicada a finales del año pasado por Edhasa, es una auténtica joya para los amantes de la historia del periodismo español. Los reportajes y artículos allí recogidos cuentan con tal precisión una década vital de nuestra historia que constituyen una base documental indispensable para comprender aquellos años convulsos. Pero también para aprender de los mejores maestros, los clásicos españoles del periodismo.

"Hubo una explosión cultural que dio lugar a una nueva época dorada del periodismo, que sucedió a la de los bohemios, como la Generación del 27 sucedió a la del 98"

Cuenta Doria en su introducción que Ramón J. Sénder bautizó el nuevo tipo de periodismo que alcanzó su apogeo en la década de los 30 como el “realismo documental”. En el prólogo a su novela Imán, el escritor aragonés explicaba cómo, para relatar sus experiencias en el Rif, había adoptado un método “sencillo y veraz: tratar de contar la tragedia de Marruecos como pudo verla un soldado cualquiera de los que conmigo compartieron la campaña”. Los escritores latinoamericanos de hoy lo hubieran llamado “periodismo narrativo”.

Con el fin de la dictadura de Primo de Rivera y la llegada de la República, España vive su propio Weimar alemán, ese hipercreativo periodo de entreguerras europeo. Hubo una explosión cultural que dio lugar a una nueva época dorada del periodismo, que sucedió a la de los bohemios, como la Generación del 27 sucedió a la del 98. Un grupo de jóvenes periodistas precipitará un cambio generacional, que César González-Ruano (1903-1965) recordaba así en sus memorias:

No sabían nada de nada, pero lo tenían todo admirablemente. En el periodismo moderno después de nuestra guerra ya no he vuelto a ver tipos así, en los que todo era genio intuitivo y una como gracia que no tenía que ver con la cultura ni el trabajo”.

A través de esta extraordinaria antología de Sergi Doria se pueden seguir paso a paso los grandes hitos históricos de esa década en la que se vivieron experimentos revolucionarios, regeneración democrática, guerra y represión.

Siguiendo un orden cronológico, una crónica de Francisco Coves describe la quema de conventos en Sevilla en mayo de 1931, recién instaurada la República:

Casullas, candelabros, cojines, reclinatorios, todo se lo traga el fuego, que el fuego, una vez puesto a devorar, se sacia fácilmente”.

En noviembre de 1933, Ramón J. Sender volvió a Casas Viejas, ya con el sumario en la mano, en busca de respuestas a la rebelión anarquista y la terrible represión que se saldó con la muerte de 20 campesinos. El autor de Viaje a la aldea del crimen recoge el estremecedor testimonio del forense:

Todos tenían balazos de frente; la mayoría en la cabeza: materialmente levantada y volada la bóveda craneana, como si hubieran recibido un disparo de gracia hecho a bocajarro…”.

El 34 sería un año clave en el devenir de la República. Josep Pla, en uno de los artículos seleccionados por Doria, asegura que “más vale dejar a Bakunin tranquilo”. El escritor catalán también enuncia su teoría de la cadena de los desbordamientos. Escribe:

“Companys ha sido desbordado por Dencàs. Besteiro habrá sido desbordado por Largo Caballero y los intelectuales extremistas del socialismo. Los nacionalistas vascos (Horn, Aguirre, Monzón) habrán sido desbordados por la Solidaridad de los Obreros Vascos. Teodomiro Menéndez habrá sido desbordado también por los hombres que un día u otro figurarán en las primeras páginas de los diarios…”.

De la proclamación del Estado catalán en Barcelona fue testigo Agustí Calvet, Gaziel, director de La Vanguardia, quien habla de “las diez horas en las que se perdió todo”. Se refiere al tiempo que va desde la noche del 6 de noviembre, en que Lluís Companys quiebra la legalidad y declara la independencia, a la mañana del 7, cuando el general Batet restablece el orden constitucional. Gaziel tuvo el acierto de titular su artículo “Apuntes de una noche inolvidable para los catalanes de mañana”. Leído hoy, 85 años después, ilumina mejor que cualquier análisis el conflicto de Cataluña.

"Las elecciones de febrero del 36 marcan otro hito en la breve historia de la República. Un periodista catalán transmitirá ese ambiente de tensión que desembocaría en la Guerra Civil"

Del 34 en Asturias da fe Luis G. de Linares, quien entró en Oviedo con las tropas del gobierno de la República que sofocaron la revolución. Recordar los datos hoy aún provoca escalofríos: 70.000 revolucionarios, 2.000 muertos, 15.000 juzgados. “Pasan turbantes, banderas —describe el periodista—; pasa ahora la contrarrevolución, la guerra sin cuartel, como ha pasado, días atrás, la revolución”.

Las elecciones de febrero del 36 marcan otro hito en la breve historia de la República. Un periodista catalán transmitirá ese ambiente de tensión que desembocaría en la Guerra Civil. Se trata de Ignacio Agustí, quien demuestra que el periodista no tiene nada que envidiar al novelista de Mariona Rebull y La saga de los Ríus. Su descripción de la campaña electoral es pura literatura:

“No son unas elecciones sensatas…, el tono de la prensa, de la propaganda electoral, de los discursos y de las conversaciones en los cafés demuestra que se juega el todo por el todo, y no solo los contendientes, sino también el pueblo”.

Se sorprende ante el tono de los eslóganes de la propaganda: “Obreros, no votar. Si las derechas triunfan, haremos la revolución”. Se estremece cuando desde Chicote ve una manifestación subir por la Gran Vía al grito de  “¡Queremos la cabeza de Gil-Robles!”. Se asusta del tono beligerante de algunos carteles: “Gil-Robles triunfará por el voto de las mujeres; pero no gobernará, porque no lo consentiremos los hombres”.

Pero tiene tiempo para detenerse también en pequeños detalles reveladores del estado de ánimo. Baste como ejemplo cuando el periodista describe con precisión cómo los carabineros presentan armas a Azaña al entrar en Gobernación, y uno de ellos no puede contener la emoción y se le escapa un grito de admiración: “¡Qué grande eres, Manolo!

En la antología Un país en crisis no encontramos crónicas bélicas. De las elecciones del 36 se pasa directamente a los efectos de la guerra. Una impresionante crónica del diplomático y conde Agustín de Foxá (Madrid de corte a checa) describe los sofisticados y crueles métodos de tortura en la checa de la calle Vallmajor en Barcelona. “Crímenes con pedantería freudiana”, titula el escritor falangista, y describe los nichos en los que se torturaba a los prisioneros:

“El techo movible sube o baja según la estatura del condenado a fin de mantenerlo siempre erguido; la puerta se cierra pegando en la cara del reo o introduciéndole entre sus muslos una madera para separarlos. En aquella oscuridad de tumba solo hay dos agujeros para los ojos a los cuales aplican sendas bombillas de 500 voltios con pantalla de hojadelata…”.

Cierra la antología otro relato estremecedor. Gabriel Trillas-Blázquez, desde el exilio colombiano, escribió El quinto día llovió en Argelès para dar fe del horror vivido en la siniestra playa francesa convertida en campo de concentración. La porquería depositada allí por 200.000 hombres acorralados, la disentería, la humedad, la inanición de mujeres y niños, los detritus, la impaciencia de los soldados senegaleses, los esqueletos de caballos, la falta de agua potable, los heridos con los vendajes desprendidos… Sólo una frase puede resumir tanto dolor: “Aquí se muere sin retórica, aquí se muere de verdad”.

"Al periodista le impresiona el silencio... Se pregunta, indignado, para qué quieren los hurdanos carreteras, estafetas de correos o guardias"

La antología recoge también numerosas muestras del mejor periodismo de investigación. Todo un clásico del reportaje español es Una semana en Las Hurdes, de José Ignacio de Arcelu. Sus crónicas inspiraron la película Tierra sin pan, de Buñuel, que la propia República prohibió por la mala imagen que ofrecía de España.

Al periodista le impresiona el silencio, “el terrible silencio de esta tierra muerta”, la tierra de la pobreza. “Ni siquiera los chiquillos gritan —se asombra—… Están paralizados, pero no sé qué siniestro pudor…”.  Se pregunta, indignado, para qué quieren los hurdanos carreteras, estafetas de correos o guardias.

“Primero vivir. Luego ir a la escuela y escribir cartas, y dar qué hacer a los civiles… Pero primero vivir”.

El viaje a Las Hurdes es un viaje en el tiempo, a lo que el periodista llama “la tierra incógnita”. “¿Verdaderamente vamos a ver, en medio de una provincia española del siglo XX, un paisaje salvaje?”, se pregunta incrédulo.

Arcelu da fe de la dignidad de la miseria, del orgullo que mantienen los habitantes de esta tierra dejada de la mano de Dios en medio de la pobreza.

“Déjense de retratos, que ya es mucho traelnos y llevalnos a los jurdanos. ¡Ni que fuamos bichos!”.

La infiltración del periodista para contar las historias desde dentro, para sentirlas como quien las protagoniza y las sufre, vive un momento de apogeo. Lo demuestra Carles Sentis con 25 horas en el transmiseriano. El transmiseriano es el autobús pirata que recoge en Murcia —“exportadora de hombres”— a trabajadores con destino al utópico paraíso catalán. Sentís viajó en uno de esos autobuses-patera y relató la miseria y los sueños de la España pobre que aspira a disfrutar de las migajas de la España rica.

"Ferragut se extraña de que el torero intelectual por antonomasia hubiera vuelto al ruedo con más de 40 años. ¿Qué necesidad tenía?"

Hay muchos ejemplos de infiltración. Magda Donato explicará la crisis económica En la cola de los hambrientos de los comedores sociales. Ignacio Carral, en Soy un vagabundo, cuenta la vida de “los que nacen y mueren en los caminos…, los que tuvieron cuneta en vez de cuna”. Josefina Carabias pasará “Ocho días de camarera en un hotel de Madrid” como “chica de servir” o como Kelly, que diríamos hoy. Ignacio Carral descenderá al mundo de Los otros, hampones, vagabundos, rateros, mendigos, esos que calzan “zapatos meramente honoríficos”.

Hay otros trabajos incluidos en esta antología que destacan por su especial relevancia literaria. Es el caso de “La última noche de Ignacio Sánchez Mejías en el sanatorio”, de Juan Ferragut. Sólo un año después de publicado, el reportaje inspiraría a Lorca su Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Ferragut se extraña de que el torero intelectual por antonomasia hubiera vuelto al ruedo con más de 40 años. ¿Qué necesidad tenía? Pero el diestro agonizante tiene la respuesta incontestable:

“Lo único que vale la pena en la vida es desear no resignarse nunca… Yo vuelvo al toreo porque no estoy conforme con el torero que fui antes”.

Otra impagable joya periodístico-literaria de la antología de Doria es cómo César González-Ruano descubre “la hora lívida” en su artículo “Las cinco de la mañana en Madrid”. “Quien resiste a las cinco de la mañana —escribe el autor de César y nada— y camina hacia el vértice lívido de las seis, ya es un obstinado con sicología y morbo bien definido”. Nadie ha descrito tan bien como González-Ruano a “los noctívagos”, esos seres  “noctámbulos a la fuerza u obstinados de la vigilia”.

Es tan rica la antología Un país en crisis que resulta inabarcable. Aun hay muchos más tesoros en los que escarbar, como una entrevista a la hija de Rasputín— pocos años después de la muerte de su padre— y ahora dedicada al circo; o un viaje a Sitges con Buster Keaton, el actor que tenía prohibido por contrato que la cámara le sorprendiera sonriendo. Pero lo mejor es que el lector indague por su cuenta en esta caja de sorpresas que son las Crónicas españolas de los años 30. Ojalá todas las décadas tuvieran una antología periodística como ésta.

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Autor: Sergi Doria (edit.). Título: Un país en crisis: Crónicas españolas de los años 30. Editorial: Edhasa. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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