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Antígona, una lección de dignidad y rebeldía ante los abusos del poder (I)

Antígona, una lección de dignidad y rebeldía ante los abusos del poder (I)

En otro lugar hablé de la importancia capital que tiene la mitología clásica en el acervo cultural de Occidente. Uno de los mitos que más ha impactado en nuestra cultura es el de Antígona.

Para comprender en profundidad las vicisitudes de la heroína tebana hemos de remontarnos en su árbol genealógico. Antígona es, junto a su hermana Ismene y a sus hermanos Eteocles y Polinices, hija de Edipo y Yocasta, reyes de la beocia Tebas, la de las 7 puertas, patria también de Heracles, el Hércules romano. En esta primera entrega haremos un somero repaso a la figura de Edipo para poder conocer mejor las circunstancias con las que hubo de enfrentarse la propia Antígona, protagonista de un segundo artículo.

Los dioses son veleidosos y con frecuencia castigan, inmisericordes, a una saga familiar entera, por los crímenes de uno de sus ancestros, aunque ésta sea totalmente inocente de ellos y ni siquiera hubieran nacido sus miembros cuando su antecesor ofendió a la divinidad. Sirvan como ejemplo las mil penalidades que hubo de padecer la dinastía de los Atridas, a la que pertenecían Agamenón, Menelao, Orestes y Electra, por las fechorías de su predecesor Atreo, que le sirvió a su hermano Tiestes como comida sus propios hijos.

"Pélope maldice a Layo por haberle sustraído a su hijo y le pide a Zeus o que el raptor no tenga descendencia o que alguno de sus propios hijos lo mate"

Edipo es hijo de Layo. En su mocedad éste raptó a Crisipo, hijo de Pélope y se lo llevó con él a Tebas. A raíz de este secuestro se le atribuye a Layo la invención de la homosexualidad entre los humanos. Entre los dioses el pionero había sido Zeus al arrebatar y convertir en su amante a Ganímedes.

Pélope maldice a Layo por haberle sustraído a su hijo y le pide a Zeus o que el raptor no tenga descendencia o que alguno de sus propios hijos lo mate. Por su parte la diosa Hera, viendo que los tebanos han acogido sin problemas al secuestrador y lo han nombrado rey, les envía desde los confines de Etiopía a la Esfinge, a fin de castigar a la ciudad entera. Con este atropello Layo condenó a toda su progenie.

Edipo nació, pues, de la unión de Layo y Yocasta. Un oráculo había predicho a Layo que, si engendraba a un hijo, éste, una vez adulto, le daría muerte y luego se casaría con su madre. Al principio se abstuvo de mantener relaciones con su esposa, pero en una noche de vino y furia la violentó, dejándola preñada. Ésta dio a luz a un varón, al que su padre le arrebató y se lo entregó a un servidor para que se librara de él. Antes, el monarca le atravesó al bebé los tobillos con una fíbula o prendedor, para que todo el mundo supiera que era una criatura maldita y nadie osara socorrerla. Layo ordena a su sirviente que cuelgue a su vástago de un árbol en el monte Citerón y lo deje morir allí.

El criado, no queriendo mancharse las manos con esta impiedad, entregó el bebé a un pastor corintio, al que conocía por haber pastoreado con él durante varias estaciones en el Citerón. El pastor llevó el niño consigo a Corinto y se lo entregó a sus reyes, Pólibo y Mérope, que no habían tenido descendencia hasta entonces, y lo adoptan como hijo propio. La reina Mérope cura las heridas de la criatura y lo llama Edipo, que significa Pies Hinchados.

"El monstruo había aprendido de las Musas, hijas de Zeus, un enigma y se lo planteaba a diario a los tebanos para que lo resolvieran"

Siendo adulto ya Edipo, durante un banquete un conocido le echa en cara que no sea hijo natural de los reyes. Él acude a hablar con los que considera sus padres. Éstos se indignan ante los rumores, pero no le desvelan la verdad. El joven decide acudir al santuario de Delfos para consultar su oráculo. Allí la pitonisa le desvela que, si vuelve a su patria, matará a su padre y se casará con su madre.

Espantado, el joven decide no volver a la que tiene por su patria, a fin de no poner en peligro a sus supuestos padres. Alejándose de Corinto, se encuentra con Layo en un cruce de tres caminos en la región de la Fócide. Dejemos que sean las palabras inmortales de Sófocles, grabadas a fuego y oro en su Edipo rey quienes nos cuenten lo que aconteció, narrado por el propio Edipo (versos 795-812):

“En mi caminar llego a ese lugar en donde tú afirmas que murió el rey (Layo)… Cuando en mi viaje estaba cerca de ese triple camino, un heraldo y un hombre, cual tú describes, montado sobre un carro tirado por potros, me salieron al encuentro.

El conductor y el mismo anciano me arrojaron violentamente fuera del camino. Yo, al que me había apartado, al conductor del carro, lo golpeé movido por la cólera.

Cuando el anciano ve desde el carro que me aproximo, apuntándome en medio de la cabeza, me golpea con la pica de doble punta. Y él no pagó por igual, sino que, inmediatamente, fue golpeado con el bastón por esta mano y, al punto, cae redondo de espaldas desde el carro. Maté a todos.” (Traducción de A. Alamillo para la Biblioteca Gredos)

Tras este crimen, el joven prosigue su huida alejándose de su supuesta patria y llega a las inmediaciones de la que él ignoraba que era su verdadera nación, Tebas. Ésta, sabedora de la muerte de su rey, pero no de quién lo asesinó, estaba siendo asolada por la Esfinge, enviada, como dijimos, por Hera para castigar el rapto del hijo de Pélope.

La Esfinge, según Antonio Ruiz de Elvira en su Mitología clásica, de Editorial Gredos (vademecum  indispensable para quien desee orientarse en los fabulosos laberintos de los mitos grecolatinos, amén de contar también con un buen diccionario sobre el tema) era un monstruo llegado desde los confines de Etiopía. Poseía cabeza de mujer, patas, garras y pecho de león, cola de serpiente y alas de ave.

El monstruo había aprendido de las Musas, hijas de Zeus, un enigma, y se lo planteaba a diario a los tebanos para que lo resolvieran. En caso de no hacerlo, devoraba a uno de ellos. Ante esta penosa tesitura, Creonte, cuñado del fallecido Layo y hermano, por tanto, de Yocasta, actuando como regente prometió el trono de Tebas y la mano de la reina viuda a quien solucionara el entuerto.

"Descubierto su acertijo, la bestia enloqueció y se suicidó arrojándose por un precipicio. Edipo fue premiado con el trono de Tebas y con la mano de Yocasta"

Son en estas circunstancias cuando arriba Edipo y decide enfrentarse a la prueba de la Esfinge. Según algunas anotaciones a los manuscritos que nos legaron los versos de Sófocles en su Edipo rey, el enigma planteado era:

Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo una voz, y es también trípode. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, por el aire o en el mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad en sus miembros es mucho más débil.

A lo que Edipo contestó tras meditarlo en sus entrañas:

Escucha, aun cuando no quieras, musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que, cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez.

Descubierto su acertijo, la bestia enloqueció y se suicidó arrojándose por un precipicio. Edipo fue premiado con el trono de Tebas y con la mano de Yocasta, casándose, así, totalmente ignorantes ellos y el resto, con su propia madre. Con ella tuvo los cuatro hijos mencionados al principio: dos varones, Eteocles y Polinices, y dos hembras, Antígona e Ismene.

"Su reinado transcurrió en calma hasta que una perniciosa epidemia asoló la polis cadmea"

El nuevo soberano o tiranos reinó al principio con justicia ganándose el respeto y el aprecio de su pueblo. Mas los dioses ni olvidan ni perdonan. Su reinado transcurrió en calma hasta que una perniciosa epidemia asoló la polis cadmea. Lo que aconteció a continuación nos lo inmortalizaron en primer lugar el ateniense Sófocles con su Edipo rey, estrenada en el 428 a.C. (posterior más de dos lustros, por tanto, a Antígona, drama del que hablaremos más adelante) y el cordobés Séneca con su Oedipus, en el siglo I de nuestra era.

Según nos canta Sófocles, Edipo, conmovido por la peste que asola Tebas, ha enviado a su cuñado Creonte a Delfos, para indagar ante el oráculo de Apolo el motivo por el cual los dioses castigan de esta manera a la ciudad cadmea. El aludido retorna con la respuesta de que la polis se librará de la epidemia sólo si se destierra o se da muerte al asesino de Layo.

En una tenaz investigación el rey va descubriendo su verdadero origen y su terrible destino, con una trama genialmente dosificada por el dramaturgo con la introducción de varios intérpretes, aparte de la antagonista de Edipo, Yocasta. Así, personajes secundarios, encarnados por cualquiera de los dos actores principales en su segundo papel o por el tritagonista (el haber introducido un tercer actor individualizado es una de las grandes aportaciones de Sófocles a la historia del teatro, ya que sus antecesores, como Esquilo, sólo contaban con dos actores: el protagonista y el deuteragonista), van descubriendo cada uno de ellos datos que, hilvanados por el soberano, sacan a la luz la horrífera verdad: él fue el asesino de su padre y mancilló el tálamo de su madre casándose con ella y engendrando cuatro hijos.

Aplastados por la revelación, los dos protagonistas se retiran de escena en dirección a palacio. Un mensajero revela al coro y al resto de espectadores los terribles sucesos acontecidos en el interior de las moradas de los hasta hace poco afortunados reyes: Yocasta se encierra en su tálamo nupcial, maldiciendo a Layo y a sí misma, y pone fin a su existencia colgándose. Edipo consigue derribar la puerta de la estancia, pero nada puede hacer ya por su madre y esposa. Enloquecido por el dolor, el rey descuelga a Yocasta, le quita sus fíbulas (tal vez las mismas con las que su padre le atravesó los tobillos recién nacido para marcarlo como un ser maldito) y con ellas se arranca los ojos.

En una escena de lo más impactante, Edipo se muestra ante el auditorio, con sus ojos vacíos y su rostro ensangrentado, dispuesto a ser desterrado por sus infames crímenes. Antes suplica a su cuñado Creonte que le traiga a sus dos hijas y se lamenta por su aciago futuro, a la vez que suplica a su tío y cuñado que vele por ellas.

El director del coro o corifeo cierra esta magistral tragedia con estos lapidarios versos:

De modo que ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en su último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso.

Aristóteles, en la parte conservada de su Poética, considera el Edipo de Sófocles como el modelo de lo que ha de ser una tragedia perfecta.