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Antonio Lucas: «Nada hay más sospechoso en una redacción que un poeta»

Antonio Lucas. Foto: José Aymá

El poeta madrileño reúne veinte años de su poesía en Fuera de sitio (Visor, 2016).

Cuando tenía veinte años Antonio Lucas (Madrid, 1975) entró a trabajar en la sección de Motor de El Mundo. Yo conocí a Lucas cuando había cumplido 38 y me subió a su coche para acercarme a casa; llevaba una enorme L en el cristal y le pregunté, porque con un poeta nunca se sabe (lo mismo la L era su objetivo en la Academia) a qué se debía el cartel. Me dijo de forma muy llana, pegando la cara a los cristales como un topo, que no sabía conducir. De experto en grasas, chasis, marcas de coche y conducciones modélicas Lucas había degenerado en poeta, y por tanto en aquel viaje los intermitentes los ponía mi puta madre. Llegamos al centro de un soplo, tras sortear diez peleas, y me bajé temblando diciendo que allí estaba mi casa mientras señalaba difusamente un portal. Cuando lo perdí de vista, mirándolo como se miran los borrachos desde la puerta de un bar, pitándose a solas contra todo el mundo, pedí un taxi.

"Aquel chico trabajaba en la sección de Motor de la misma manera que el arrollador Hemingway se pudo meter a farero"

Para entonces Lucas ya no era el chaval espigado de melena inmensa que por la espalda, si uno evitaba fijarse en sus andares, se daba aires a un apache. Aquel chico trabajaba en la sección de Motor de la misma manera que el arrollador Hemingway se pudo meter a farero. Pero ya quería ser poeta, y unos meses antes había publicado un libro de título evocador, Antes del mundo (Rialp, 1996), con el que quedó finalista del Adonais. Tanta suavidad en las formas y en las palabras, en una época en la que ni siquiera sé si se había inventado la dirección asistida, depositó de forma natural sus huesos en Cultura. Allí pudo extender las alas, y lo hizo de una forma tan primorosa que se diría que pasó su adolescencia en una columna vertebral tortuosa que hubo que corregir con un corsé; así había sido.

Cuando entrevisté al poeta Carlos Oroza, un hombre que hizo de su vida uno de sus poemas, el más celebrado y el más auténtico, me dijo dos cosas: no hay poetas de domingo, poetas que se vayan a la cuartilla como a la oficina. “Hay que vivir en poeta y escribir en poeta. Yo no comprendo el ser artista en horas libres. Si se le posó a uno el pájaro en el hombro y le empezó a cantar, es necesario recibir el mensaje de ese pájaro. Y lo demás son pajas mentales”.

Yo vi el pájaro que tenía en el hombro Lucas. Sucedió dos años después de conocerle, cuando se acercó a mí en el momento en que los amigos lo evitan: cuando obtienes éxito y cierto reconocimiento, o sea cuando miras al diablo cara a cara y tienes la tentación de decirle que eres mejor que él. Es uno de mis amigos más queridos, uno de esos que te llaman a las ocho de la mañana y le preguntas si se ha muerto alguien y resulta que sólo quiere saber cómo estás. A las once de la noche todos estamos de miedo; a las ocho ya no tanto y a veces apetece contarlo. El pájaro no sólo le cantaba versos y le recordaba a él quién era; también nos señalaba a los que fuimos señalados, como en un privilegio antiguo, con su amistad.

"... son los poemas de un vagabundo que empieza a desesperarse con una voz imbatible"

Desde su primer libro Antonio Lucas ha cargado a sus espaldas con el poeta hasta depositarlo en Los desengaños (Visor, 2014), su mejor obra porque es una obra de desencanto y de desamor; son los poemas de un vagabundo que empieza a desesperarse con una voz imbatible. No ha roto cuerdas, no ha sufrido la ruptura personal y poética de la refundación: ha acomodado al niño en el adulto, dándole aire cada poco, y de todo eso resulta Fuera de sitio, su poesía reunida. Ahí se exhiben los temblores y la arrogancia del principio en convivencia pacífica con el hombre que vino después. Que enderezó la figura, se cortó el pelo y dejó, tal y como hizo con su poesía, de escribir de coches para ponerse a conducirlos.

–Tu poesía, más allá de las intimidades propias, nunca ha evitado lo exterior, la calle. ¿Se reúne una obra completa siguiendo también un criterio ‘político’, una representación de tu trayectoria personal pero también de la relación de tu poesía con la sociedad?

–Eso que dices sucede sobre todo a partir de Los mundos contrarios, un libro que miraba más hacia fuera. Una senda que más tarde apuntalé con cierta intención en Los desengaños. No creo que en mi caso haya una ‘criterio político’ premeditado, pero sí hay temperamentalmente una disposición a tener en cuenta el presente, incluso la actualidad. En esto me gusta citar un verso del poeta Álvaro García: “Deja la actualidad, que se hace sola,/ y ve al presente, que te necesita”. Toda poesía auténtica es la representación de las tensiones del hombre con su tiempo. Eso tiene una dimensión política, pero resulta la mayor parte de veces en la intimidad. Luego puede adquirir un alcance cómplice en quien lee, en quien siente así, incluso en quien lo rechaza. Mi poesía forma parte de mi modo de manejarme en la vida, en lo mejor y en lo peor.  

–Fuera de sitio por qué.

–Empecé a escribir asumiendo una tradición (surrealistas y simbolistas) que cuando tenía 18 años me situaba en un espacio a solas. La estética de algunos de mis mejores amigos en la poesía iba por un frente muy distinto. De ahí que desde Antes del mundo me sintiera fuera de sitio. Ese lugar de incertidumbres se ha mantenido en mis cosas, incluso en ocasiones en mi biografía. Sospecho que hay una vocación de individualismo muy acusada en mí. Eso no quiere decir que rechace lo colectivo, pero lo asumo como el lugar donde la suma de individualidades debe ser eje. Fuera de sitio es la conciencia de que estar en otro sitio es la forma que en que uno sabe estar. Y a ratos no es fácil. La literatura es una manera de vincularte a solas con los otros.

Antonio Lucas. Foto: Carlos García Pazo–Supongo que cuesta más dejar fuera un poema en tu familia reunida que escribirlo.

–¿Sabes? Antes de publicar ya hubo poemas que quedaron fuera de los libros en los que podían quedarse. Así que la criba venía hecha desde el origen, pero en esta revisión tan rara que supone reunir lo que uno ha hecho siempre quedan dudas, desafectos que el tiempo afina, desengaños con uno mismo. En esta ocasión han desaparecido dos o tres poemas porque si los hubieses leído habrías arrancado las hojas de tu ejemplar. Y yo no quiero eso para ti.

–Pero tú eres de los que se queda sin dormir si no te sale el verso.

–No, qué va. Sin dormir me dejan pocas cosas. Pero a ratos me enredo con algún poema hasta la obsesión. Puedo estar flotando en un texto durante meses. Y luego hay días en que salen de un golpe. Qué raro es todo. 

–Hay poetas a los que no se les da la espalda y otros a los que el tiempo desgasta, lecturas a las que no se vuelve.

–Es como dices. Algunos poetas se convierten en talismán, por lo que sea. Son aquellos que no se agotan fácilmente, los que permiten una lectura tras otra sin perder su cualidad de asombro. Los que generaron las primeras fascinaciones ciertas. A mí me sucede con Rimbaud. Y con Yves Bonnefoy. Y con Rilke. Y con César Vallejo (que también es de tus preferidos). Y con Lorca. Y con Cernuda. Y con Claudio Rodríguez. Y con Caballero Bonald. Patrullo por ellos con el entusiasmo de los primeros tanteos. Al final eres un inquilino de los hallazgos de los otros. Luego hay quienes caen en el camino. Y los repones con algunos con los que viviste malas primeras citas pero que la edad va revelando mejor. Hay poetas, hay libros, que tienen un tiempo preciso y otros que son para un casi siempre. Lo mejor es desalojar la sed en muchos ríos.

–Es común la relación del novelista con el reportero, pero menos conocida la singularidad de un poeta metido en la actualidad. Y sin embargo leyéndote se observa que nunca te terminas de sacar el traje del todo.

–Nada hay más sospechoso en una redacción que un poeta. Cuando te piropean por la poesía en la máquina del café sueles estar siendo acribillado en ‘streaming’ como periodista. Pero aunque es algo que se da pocas veces, hay excelentes poetas que han cumplido con el oficio del periodismo con potencia. También en una redacción. Pienso en Juan Gelman, que fue un excelente ejemplar de ambas orillas. Al periodismo la poesía le es muy útil porque le dispensa más precisión en el idioma, porque ayuda a titular (como dice mi amigo Ruiz Mantilla) y porque ayuda a fijar el estilo. Otra cosa es que te pongas poeta en una información. Esa tentación la hemos traspasado algunos en los años mozos y casi acuñamos el epitafio. Y el periodismo a la poesía ni le va ni le viene, aunque no le estorba. Te da ruido de calle. Y eso es bueno. Pienso en los poemas/reportaje de José Hierro. O en los artículos/poema de Umbral. Por qué no.  

–¿El ruido ayuda a pensar?

–El ruido lo que permite es callar.

–Tú nunca has ‘llorado’ por la poesía. Por el público, la viabilidad, el escondite comercial en el que se suelen encontrar los versos.

"La poesía está ahí para todos. Siempre hay un poema a mano que te hace ver mejor"

–Mira, la poesía actual en España es muy plural. Felizmente bastarda. Hay mucha gente tanteando en frentes muy distintos y con apetito. La viabilidad editorial es buena. Y yo no tengo ganas de llorar por la poesía porque nunca estuvo mejor y porque siempre será a peor. En los últimos años he detectado un cierto ‘prestigio’ de la poesía en gente más joven que nosotros. Incluso en gente. Hay mucho cantautor con guitarra colgada al hombro llenando salas municipales. Bien está. Cuando más se oiga la poesía (incluso la mala) más posibilidades de que alguien se ponga a buscar. La poesía está ahí para todos. Siempre hay un poema a mano que te hace ver mejor. Va en serio.

–A ti, que amaneces leyendo y colgando en las redes versos, ¿un poema te arregla el día?

–Un poema te cose mejor la noche. Yo te he oído a ti recitar a Neruda sin dios ni amo.

–El Neruda más cínico, eso dilo también. Incluso en el amor, el asunto universal. O el desamor, que es lo mismo.

–Más o menos como sucede desde Homero. El amor da buen juego. Dice mucho de cómo somos y más aún de lo que no vamos a ser. Pero el desamor lo expresa todo mejor.

"Los que escriben demasiado seguros es porque no se quitan la máscara"

–Una curiosidad personal: ¿cómo pone a funcionar la cabeza un poeta que se sienta delante del folio?

–Del revés y con mucho de expectativa. Los que escriben demasiado seguros es porque no se quitan la máscara.

–Ahora viene la pregunta de la ficción, que por experiencia creo que te retiran del oficio si no se hace. ¿Tienes esa tentación?

–Tal y como están las cosas, la ficción me la resuelve muchas cosas lo que veo desde la redacción. Tengo el propósito de armar unos relatos (o así). Algo que me lleve a tantear otras posibilidades. Empecé hace tiempo unas prosas sueltas sobre algunas piezas de arte que veía en museos. Una escritura muy loca. Pero aparqué el asunto. La novela no sé si es mi sitio, estoy más por los libros sin brújula que tienen por género la falta de género. A ver.  

–¿Cuánta corrupción se necesita en un partido para dejar de votarlo?

–En este país la corrupción no es síntoma, sino climatología.

–Escribes de cultura, sobre todo, y opinas de política. Y esos dos mundos no coinciden ni de casualidad fuera de las páginas. Y cuando coinciden es peor.

A la política (así, dicho a bulto) nunca le ha interesado la cultura más que como neceser de costura: para remendar sus cositas. Hay quien desde las filas de los partidos confunde cultura con culturismo. Demasiada gente en cargos públicos (o con aspiraciones a ocuparlos) que no son capaces de entender que la mejor toma de tierra de una sociedad es la que dispensa la cultura. Sólo así entiendes mejor los asuntos ajenos. Y, por supuesto, tanteas con más acierto en los propios.

"Hay quien desde las filas de los partidos confunde cultura con culturismo"

–Un consejo: escribe tus memorias en El Mundo. Y del resto. Los que no las escucharon de tu voz lo agradecerán.

–El día que escriba mi experiencia aquí será porque mis amigos sois alcaldes de sus pueblos y estudiaré cómo se degenera desde periodista sideral a miembro de consistorio. Qué bien lo pasamos en este oficio, joder.

–De todos, ¿recuerdas a un entrevistado?

–El más raro que he tenido delante fue Manuel Agujetas. Aquello fue como dar una vueltecita en un caballo salvaje sin montura. Qué tipazo. Qué feroz. Qué instinto. Qué garduño. No sabía leer ni escribir y cuando nos despedimos en el arcén del kilómetro 4 de la carretera de Chipiona a Sanlúcar escribí a los de Harvard para pedirles su doctorado ‘honoris causa’ con toda la pompa que requiere el asunto.

Fuera de sitio, de Antonio Lucas–Responde ésta por mí, que ya me la sé. ¿Cómo llevaba Pedro J. el hecho de tener haciendo opinión a gente que a menudo estaba enfrente de su línea editorial?

–Ya sabes que tener a un columnista alojado en un espacio emocional distinto al suyo no le suponía un inconveniente. Lo demostró muchas veces. Maneja con soltura los desacuerdos. Conmigo fue unos días bien y otras veces al trantrán, pero no tengo queja. Además no suelo quejarme en público, no es elegante divertir de más al respetable.

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Título: Fuera de sitio. Poesía (1995-.2015). Autor: Antonio Lucas. Editorial: Visor. Páginas: 368. Edición: papel.

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