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Así murió un barrendero

Zenda reproduce a continuación el poema de Hasel-Paris Álvarez Martín.

*****

ASÍ MURIÓ UN BARRENDERO

 

El día final de su vida

fue otro día de trabajo.

Sobre su cuerpo pesaban

ya más de sesenta años.

 

Arrastra las perrerías

de la “crisis 2008”

en la que su frutería

tuvo que echar el cerrojo.

 

Por los mismos derroteros,

ya en la década presente,

lo echaron siendo cajero

con despido improcedente.

 

Ahora hace las horas extra

de limpiar lo del Orgullo.

La Humildad obrera llega,

callando, tras el barullo.

 

Por amor a un compañero

se pide el turno de tarde,

barriendo asfalto y un suelo

tan caliente que le arde.

 

Ya las horas suman tres

pero aguanta por su vida:

tiene un contrato de un mes

y teme que lo despidan.

 

Ahogado por el calor

solo tiene un pensamiento:

si en casa faltase yo,

les falta todo el sustento.

Mira al cielo, pide a Dios

y luego sigue barriendo.

 

Cuarenta y dos grados marca

la placa al lado del metro.

Cuarenta y uno en su frente

cuando encontraron el cuerpo.

 

Yacía solo, olvidado.

Un lugar superpoblado

donde o miran sus pantallas

o bien miran a otro lado.

 

Fue el día de su aniversario

(veintidós años casado),

que quedará sin festejo

ni vigésimo-tercero.

 

Se marchó dejando atrás

dos hijos y cuatro hermanos

y millones de españoles

que no deben olvidarlo.

 

Así murió un barrendero

pero podría haber sido

repartidor, jornalero,

o tú mismo, o un conocido,

o un mendigo sin dinero

al que llamen “mantenido”.

 

Así murió un extremeño,

que también podría ser

un andaluz o un gallego

o alguno del extranjero,

de Ecuador o marroquí,

pero en todo caso un alma

que, en una inercia febril,

fue robada de su pueblo

para matarla en Madrid.

 

¿Qué será ese artefacto,

de quién la invisible mano

que a los nadie desparrama

como a mierda en la calzada?

 

Nos lo explica un progresista:

ha sido el cambio climático

y un global calentamiento

lo que acabó con su vida

y se llevó al barrendero.

 

Que habrá que bajar los grados

del aire acondicionado,

que la abuela pase frío

y calor en el verano,

que los niños coman menos

-alimentos procesados-

y que no cojas el coche

ni para ir al trabajo.

 

Que entre todos lo matamos

por ser tan contaminantes.

Pero yo tengo mis dudas,

porque recuerdo de antes

otras tantas sepulturas

de accidentes laborales,

donde caen siempre los mismos,

con buen tiempo o nieve o truene

o con lluvias torrenciales.

Y lo digo sin lirismos:

las causas diferenciales

de quienes viven o mueren,

¿serán las del termostato,

o más bien las marca el dato

que haya en su cuenta corriente?

 

¿Cuándo ha visto alguien a un rico

asfixiado en el asfalto

-a no ser que ya de anciano

sus desaprensivos hijos

lo dejen abandonado

porque nunca los amó

como amó su negociado-?

 

¿No será que son los pobres,

los humildes, los de abajo,

quienes más lo sufren todo,

sea como quieran llamarlo:

lo del clima, la pandemia,

el racismo, el patriarcado

y todo palabro que inventen

para no mentar al diablo?

 

Yo creo, en fin, que hay culpables,

y más allá del carbono,

hay distancias bien palpables

entre obreros y patronos.

Más allá del efecto invernadero

se abre entre los hombres un abismo

que es señal del enemigo verdadero:

se llama “capitalismo”.

 

No es un agujero en la capa

de ozono de nuestro planeta,

sino un agujero en el alma

y es la Séptima Trompeta.

 

No nos mata el mes de Junio,

ni mata el hermano Sol,

ni la ola de calor,

ni nada puesto por Dios

aquí en esta Creación.

Solo mata lo que no es

de Dios sino que es del diablo:

el lucro y el interés

y el libre, libre Mercado.

Mata un sistema que pone

-Urbaser, en este caso-

lo público en manos privadas

para las cuales las vidas

del pobre no valen nada.

 

Además después se vende

lo privado al extranjero:

ahora Urbaser es yanki

y fue de China primero,

que es más o menos lo mismo.

Más que un golpe de calor,

un golpe de globalismo.

 

Mata un sistema que pone

el ahorro en el centro de éste

y equipa a sus barrenderos

con un grueso poliéster.

 

Mata un sistema que busca

el contrato más precario,

el mayor riesgo en el peor horario,

el máximo beneficio del menor salario,

que no les moleste Inspección,

y retrasar, si es posible,

la edad de jubilación.

 

Toda esta es la basura

de este mundo y de sus dueños.

Toda esta es la porquería

que contamina los sueños.

Juremos en este día

que seremos barrenderos.

Los barreremos, confía,

todos somos barrenderos.

 

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Najib
Najib
3 meses hace

Parece un rap escrito por un adolescente de 13 años que consume Jordi Wild y tantos otros negacionistas de extrema derecha. A nadie se le escapa de qué pie calza el orangután de París.