Blade Runner vino al mundo con el inconfundible aroma de los clásicos. Todo en ella la sitúa en el territorio de la leyenda: esas imágenes noctívagas de la deshumanizada ciudad de Los Ángeles, el hastiado y atribulado cazarreplicantes Rick Deckard, los inquietantes escenarios de la Tyrell Corporation, el inolvidable monólogo final del Nexus-6 Roy Batty mientras exhala sus últimos estertores, la sugerente y melancólica música de Vangelis… Ridley Scott no pudo iniciar mejor su carrera como director de cine. El británico, tras una exitosa trayectoria como publicista, dio el salto a la gran pantalla con la apasionante Los duelistas, un relato de inspiración conradiana sobre dos espadachines enfrentados de por vida. Después llegó Alien, la aterradora odisea de los pasajeros de la Nostromo, vilmente asesinados por ese vestiglo biológicamente perfecto llamado xenomorfo. La expectación era máxima cuando se anunció que el siguiente proyecto de Ridley Scott sería la adaptación de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la célebre novela de ciencia ficción escrita por Philip K. Dick.
La sinopsis de la cinta es harto conocida. En el año 2019, la ciudad de Los Ángeles se ha convertido en una suerte de nueva Babel bíblica, una urbe en la que reina el caos lingüístico, circunstancia que aísla a una población cada vez más deshumanizada e incapaz de establecer vínculos humanos duraderos. En este contexto, un grupo de replicantes Nexus-6, una generación muy avanzada de robots prácticamente idénticos a los seres humanos y destinados a trabajar en las colonias del espacio exterior, regresa a la Tierra para conocer a su creador, Eldon Tyrell. Su propósito es reclamarle más tiempo de vida, pues, transcurridos cuatro años desde su fabricación, su existencia llegará irremediablemente a su fin. El cazador de replicantes Rick Deckard, el blade runner encarnado por Harrison Ford, recibe la misión de retirar —léase, asesinar— a estos androides rebeldes, dotados de conciencia humana y cuya única culpa es la de aferrarse a la vida.
La tensión filosófica que plantea la película surge del enfrentamiento que Deckard mantiene con los replicantes. En los primeros compases del filme, el blade runner no muestra excesivos escrúpulos morales mientras lleva a cabo su cometido: retirar a los robots. Sin embargo, su percepción comienza a transformarse cuando conoce a Rachael, una mujer que ignora que es una replicante y a la que Deckard somete al célebre test Voight-Kampff, la única prueba capaz de distinguir a los seres humanos de las máquinas. Deckard termina enamorándose de ella y descubre que sus sentimientos, lejos de ser simples implantes, poseen una autenticidad incuestionable. En consecuencia, toda su concepción del mundo se desmorona como un castillo de naipes.
¿Ha pasado toda su vida retirando —es decir, asesinando— a seres que manifiestan un comportamiento profundamente humano? Si las máquinas son capaces de amar, odiar, llorar o reír; si los replicantes, en definitiva, experimentan los mismos sentimientos y emociones que los seres humanos, ¿qué estatuto ontológico les corresponde? ¿Deben ser considerados personas o, por el contrario, han de ser tratados como simples máquinas desprovistas de dignidad moral, reducidas a meros instrumentos al servicio de los intereses de sus creadores?
A mi juicio, la película de Ridley Scott refleja con notable precisión las tesis heideggerianas de la angustia producida por el ser-para-la-muerte. Resumiendo mucho, el autor de Ser y tiempo venía a decir que el Dasein, el ser-ahí, es decir, el sujeto humano, padece una insondable sensación de desamparo y de angustia cuando ignora que es, ante todo, un ser-para-la-muerte. En cierto momento de su tratado ontológico, Martin Heidegger aseveraba que, a lo largo de nuestra vida, se nos ofrece una amplia panoplia de posibilidades, de manera que podemos orientar nuestra vida a una determinada profesión, nos podemos decantar por un concreto círculo de amistades y podemos aferrarnos a una cierta ideología o concepción del mundo. Todas estas opciones son posibles y contingentes; en cambio, hay una única posibilidad que se presenta como inevitable: la muerte, el hecho de que, en determinado momento, nuestra vida se acaba. En los primeros compases de la película, los replicantes Roy Batty y Leon Kowalski asaltan el taller en el que un operario fabrica las distintas piezas de las que se componen los robots. Su objetivo es someterlo a un duro interrogatorio para averiguar la manera de infiltrarse en la Tyrell Corporation, la fábrica en la que han sido desarrolladas todas las máquinas humanas. Su deseo no es otro que saber cuánto tiempo les queda de vida, conocer a su creador para descubrir si existe alguna manera de reprogramar su sistema operativo de tal forma que su corazón no deje de latir a los cuatro años de existencia. Merced a una hábil estratagema, Pris y Roy logran seducir al valetudinario J. F. Sebastian, un inofensivo fabricante de juguetes aquejado de una extraña patología que envejece prematuramente su cuerpo. Este, seducido por las portentosas habilidades físicas de los replicantes, decide ayudarlos a entrar en la Tyrell Corporation, engañando al dueño de la factoría y presentándose en su casa a altas horas de la madrugada con el pretexto de una supuesta victoria en la partida de ajedrez a distancia que ambos disputan. Llegados a este punto, asistimos a una de las escenas más sugerentes e inquietantes de la película: Roy Batty se entrevista con su creador y le exige más tiempo de vida. Sin duda, Eldon Tyrell —personaje, por cierto, interpretado por Joe Turkel, el célebre barman de El resplandor que conversaba con Jack Torrance— aparece como un auténtico Dios, pues, no en vano, es el creador de Roy, ¿y qué clase de Dios no puede enmendar su creación mediante la realización de un milagro? En cierta manera, el Nexus-6 le demanda a su Dios un verdadero milagro, pero Tyrell rehúsa la petición afirmando, tajantemente, que una vez se ha programado la vida de un replicante, cualquier intento de modificar su sistema operativo será en vano. Se podría decir que Tyrell es una suerte de Dios spinozista, pues es sabido que el filósofo judío afirmaba que Dios no podía obrar milagro alguno: si Dios es perfecto, ¿cómo es posible que su obra sea imperfecta? Los milagros, a la postre, remarcarían la imperfección de la presunta perfección divina. Encolerizado por la respuesta de su Dios, Batty consuma su asesinato nietzscheano, transformándose, en consecuencia, en el no menos nietzscheano superhombre, ese individuo más allá del bien y del mal que ama dionisíaca y enfebrecidamente su vida, hasta el punto de salvar la de su implacable perseguidor, el cazarreplicantes Rick Deckard.
Los últimos minutos de Blade Runner son antológicos. Hace unos días, cuando revisaba la película por enésima vez, me percaté, una vez más, del alto vuelo poético que adquieren las escenas finales. Ridley Scott, demostrando de nuevo que no hay nadie como él en lo que a la creación de atmósferas caliginosas se refiere, orquesta una inolvidable persecución en los intersticios de un derelicto edificio. Bajo una persistente lluvia, el Nexus-6 decide salvarle la vida a su contrincante. Deckard, a punto de caer al vacío después de aferrarse a una inestable viga, es rescatado por el musculoso Batty, quien, sabedor de que su vida se acaba, decide obrar —ahora sí— un verdadero milagro. Acepta que es un ser para la muerte y, precisamente por eso, se convierte en un ser para la vida al salvar a un sorprendido Rick Deckard. El final ya lo conocemos todos: “he visto cosas que no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orion. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.





Esta es una cruzada personal.
En el doblaje de la peli se tradujo “attack ships on fire” por “atacar naves en llamas”, y lo seguís usando. Es horrible y no tiene sentido.
“He visto naves de ataque ardiendo” o “destructores ardiendo” o algo así habría sido mucho más correcto.
Pues no es demasiado grave he oído traducciones en doblaje mucho peores. Baste como ejemplo, en una película de James Bond, creo que se titulaba, Panorama para matar, están continuamente nombrando Silicon Valley como el “Valle de la Silicona”. Genial. En los créditos (y descréditos) de las películas deberían figurar los traductores del doblaje.
“Fue creado a su imagen y semejansa”entonces ese dios imaginario es lo mas parecido a un sicopata…..
La vi en el cine cuando fue el estreno,la tengo descargada.
Ha fallecido Víctor Abundancia, también conocido por Víctor Coyote para quienes empezamos a escucharle en su etapa rockabilly. Pese a que Radio Futura lleva la fama, Víctor fue el primero que mezcló la música en español de uno y otro lado del charco. Tenía un conocimiento de la música latina como pocos en España, pero era demasiado humilde para reivindicarse.
Sacó muy buenos discos en los últimos años que alguien descubrirá algún día. No sólo era músico y un gran letrista, era dibujante, escritor y artista plástico. Se ganó la vida como profesor de secundaria (de plástica) y dejó en sus alumnos el recuerdo de esa mezcla de entusiasmo y humildad que le hacía ser tan querido. Tenía un gran sentido de la ironía que trasladaba a su música: vean el vídeo de “El típico español”, con decorados y bailes diseñados por él mismo.
Se fue demasiado joven, con 68 años. Descanse en paz.
Comentario muy acorde con la temática. En fin…
Todo en la Tierra tiene caducidad, y, por fortuna para el planeta, el ser humano también.
‘Blade Runner’ era la pretenciosidad más grande jamás filmada… hasta que estrenaron ‘La Odisea’. Dos brillantes muestras de cine banal, vacuo, grandilocuente, pedantesco y soporífero. Lo de “tensión filosófica”, que dice usted, sería cómico si no fuera rídículo. El Cine se hace sin filosofía, fantochadas ni mamarrachadas. El Cine se hace con tensión fílmica, en todo caso (que a saber qué cojones será eso), pero Hitchcock, Ford o Lubistch, al menos, nunca se anduvieron con filosofías. El mismo Ridley Scott, tampoco (cuando no se equivoca de neurona: también a San Ford se le fue la pinza alguna vez: pregunte por una películita suya que se llama ‘El fugitivo’ y luego me lo cuenta). Vamos, que Blade Runner es una cosita blandibluf y un poco bobita, no nos vengamos arriba.
Así habló Zaratustra. Debe ser usted el Dios del cine redivivo.
Muy gratificante tu reseña, pero el párrafo final de la película que expresa el repricante es una improvisación del actor !
Vi la película de estreno en 1982. Era la versión con voz en off explicando lo que ocurría como si fuéramos idiotas y con final feliz. Algo que Scott tuvo que tragar a su pesar. Con un montaje pésimo. Eso no ayudó al film. Porque anulaba la sospecha de que Deckard era también un replicante. Por otro lado, plagios a Moebius y Jodorowsky del Long Tomorrow fueron razón para una crítica dura de parte de la comunidad del comic (con razón).
Es cierto que el discurso final fue improvisado por Hauer. Pero todo esto es bien sabido. Convendría ponerse un poco al día sobre el asunto antes de escribir sobre ello y relacionar forzadamente con conceptos básicos de filosofía y filosofía de la ciencia. Lo de Kuhn está muy cogido por los pelos. Khun hace decenas de definiciones de paradigma en su libro. Otra cosa es lo que es la ciencia normal y la extraordinaria, así como la comunidad científica imperante. Esta película es , una vez más, sacar el mito de prometeo, del desencadenado de M. Shelley y de como la criatura acaba revolviéndose sobre su creador y dominándolo. Es más humano que humano, es Niezstche visto desde la postmodernidad. Es un cómic magníficamente relatado, con actores, guionistas y demás en su momento más brillante, aunque no fueran conscientes de ello.
Maravilloso artículo sobre una película fascinante. Enhorabuena.