Llama la atención que J. J. Abrams no haya dado demasiadas señales de vida tras el que iba a ser su proyecto estrella, la nueva trilogía de Star Wars. Pero eso es otra historia. Ahora regresa con El final de Oak Street, un film que, en cierto modo, se percibe como una marcha atrás después de su experiencia en el cine franquiciado de grandes marcas, y que no pertenece (o sí, quién sabe) a su saga secreta de películas de ciencia ficción Cloverfield, esa que parece cohesionar toda la producción de su empresa Bad Robot.
Aquí, tras un misterioso fenómeno cósmico, una familia normal norteamericana es perseguida por dinosaurios en su propio barrio, convirtiendo su vida cotidiana en una suerte de aventura selvática. El resultado es un film extraño dentro de su naturaleza de aventura familiar normativa, tan cercana a una versión moderadamente terrorífica de Jumanji como anexa a ficciones de Spielberg o Stephen King (La cúpula). No solo porque todo en ello remite a esa idea de “normatividad” rockwelliana, de fantasía de suburbio de los 80 en la que personas normales y de clase media experimentan cosas imposibles, sino porque su director, David Robert Mitchell, se esfuerza sobremanera en trascender el homenaje a Spielberg y demostrar que sí, que esto es un film del director de las inquietantes espejismos como It Follows y Under the Silver Lake…
El resultado es el último gran film de verano de 2026, en todos los sentidos. Afectada por mil problemas que en absoluto afectan a su condición de dramedy familiar, espíritu que cohesiona los treinta primeros minutos largos de la cinta, El final de Oak Street recupera todo el músculo de las enigmáticas propuestas sobrenaturales del J. J. Abrams de hace algo más de una década en sus mejores aspectos, incluso aquellos conscientes de ser una filfa. Lo hace consciente de ser una variación de Poltergeist, Gremlins y Jurassic Park (y, ojo, un título más que no desvelaremos para no desvelar el giro final), todas ellas salidas de la factoría Amblin de Steven Spielberg en décadas pasadas, pero con un gusto por lo extraño, lo inquietante, que en ocasiones transgrede una calificación por edades más o menos suave. Hay planos alucinantes en este sentido, y se los agradecemos a Mitchell: la cámara que muestra en primer plano cómo unos vecinos de los Platt montan plácidamente en el coche mientras éstos corren despavoridos al fondo; o el inquietante zoom a una garra que surge tras la cabeza de Ewan McGregor.
El final de Oak Street sabe ser entonces una película de David Robert Mitchell, consciente en todo caso de estar jugando con los juguetes de otro. Pero la caracterización de las fracturas que subyacen tras la normalidad del matrimonio Platt (Anne Hathaway y Ewan McGregor, ambos carismáticos y excelentes) resultan tan mortales como una dentellada de tiranosaurio, y al mismo tiempo, Mitchell se permite algún exceso violento aquí y allá, incluyendo un instante que dejará la platea en silencio y que luego la propia película matiza como si se tratara de un chiste de humor negro. En conjunto, emociones baratas y pulp para la última (o primera) gran aventura del verano, expediente que el film cumple con una soltura que, de paso, hace recuperar la esperanza en montañas rusas de presupuesto medio mucho más emotivas y sorprendentes, perturbadoras, que los intentos de saga de las últimas décadas.


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