Llegué por primera vez a Vic Echegoyen a través de La voz y la espada. Me atrajo sobremanera la historia de Julia D’Auvigny, contralto más que meritoria a la par que temible espadachina. Me cautivó el torrente de una prosa magistralmente encauzado. Merced a mi compañera de presidio en Zenda Libros, María José Solano, descubrí que Echegoyen era de ascendencia hispano-húngara, retoño del árbol del cual brotaron Sándor Márai e Imre Madách.
Vic se documenta casi hasta la consunción antes de escribir sus novelas. Eso se corrobora con Blitz: La destrucción de Dresde, merecedora en 2025 del X Premio Alexandre Dumas de Novela Histórica, convocado por M. A. R. Editor. La escritora buceó en infinidad de fuentes, sin excluir a supervivientes de la tragedia, que mantenían una amistad renovada generación tras generación con su familia materna. Con esos mimbres y una pluma besada por las Musas, concretamente por Clío y Calíope, paladines de la Historia y de la Épica, ha urdido una novela monumental, sobrecogedora.
El 13 de febrero de 1945, en plena celebración del carnaval, con una Alemania derrotada pero con un Hitler empecinado en no claudicar, indiferente al calvario que padecía su nación, los aliados decidieron doblegar definitivamente el pulso al Reich con una lección que dejara en llaga viva el alma teutona. Encomendaron a la RAF y a la 1ª División del VIII Comando de Bombarderos de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos la devastación total de Dresde, a la que conocían como la Florencia del Elba por la riqueza de su patrimonio artístico y cultural. Dresde se había convertido en un nudo de comunicaciones y un centro productivo de primer orden en la retaguardia del Frente Oriental. Los fatídicos bombarderos apenas afectaron a la extensa zona industrial de componentes bélicos ni a los acuartelamientos nazis. El objetivo era otro: la población civil.
Echegoyen traza un fresco conmovedor de lo acontecido en la noche entre el 13 y el 14 de febrero a través de una galería de personajes en la que figuran artistas circenses, bailarinas de ballet, pintores, miembros de una coral infantil y sus profesores, trabajadores de un zoológico y algunos de sus animales, judíos señalados con la infame estrella amarilla, a punto de ser enviados a campos de concentración, e, incluso, prisioneros de guerra condenados a muerte. Todos ellos padecerán el apocalipsis manado de las entrañas de los bombarderos.
La narradora es ducha también con los pinceles: cual si de una Goya rediviva se tratara, destinada a resucitar Los desastres de la guerra, pinta una narración barrenada por escenas dantescas. Los aliados usaron bombas incendiarias. Asistimos a momentos espeluznantes pintados con la minuciosidad de una retratista, sin escatimar detalles escabrosos. Mas en medio del armagedón hay espacio para la luz. Echegoyen es una Caravaggio del teclado y, a semejanza del maestro del claroscuro, da volumen y emoción a su relato dejando entrever atisbos de luminiscencia en las tinieblas más absolutas. Escenas de empatía y heroísmo, incluso con los animales, abren un resquicio de esperanza en el género humano.
Asistimos a varios interludios a bordo de los aviones y comprobamos la sed de venganza por los bombardeos con los que Alemania fustigó a Inglaterra. Sed insaciable: algunos cazas desobedecieron las órdenes del mando y ametrallaron a quienes huían. Una segunda oleada de bombas, tres horas después de la primera, atacó a los que intentaban atender a las víctimas.
Blitz en un alegato antibelicista en momentos tan cruciales como los que vivimos, donde nuevos aprendices de Hitler desatan los demonios de la guerra inmunes a la devastación que causan.
Contraemos, así, una deuda de gratitud con Vic Echegoyen por haber dado vida a esta criatura y con Miguel Ángel Rodríguez por haber hecho de M. A. R. Ediciones su casa y la de tantos lectores que nos alimentamos de su verbo.


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