Inicio > Blogs > Ruritania > Brujas en el norte
Brujas en el norte

No había pisado el Café Moi en semanas; fue la primera vez de este año. Lo primero que me sorprendió fue no ver a Paco el Pulpo por allí. Lo segundo, descubrir que tampoco estaba Lola; la sustituía un minotauro eschuchimizado con aros en las orejas y la nariz y unas greñas revueltas que se retorcían en torno a sus cuernos y le caían sobre la frente. Estaba secando unos vasos con apatía, balbuceando una canción con los ojos entornados mientras se movía al ritmo de una música invisible con una cadencia suave y contenida. «¿Qué pasa, tío?», me dijo en cuanto me acerqué a la barra. Pedí un café con leche. Tardó en ponerse a ello a pesar de que escaseaba la clientela. Mientras se peleaba con la cafetera, le pregunté por Lola, volvió la cabeza y bufó con una risotada mientras se encogía de hombros. «A mí qué me cuentas», me soltó con una confianza que no me gustó y me hizo sentir incómodo.

Cuando puso el café ante mí, se acodó en la barra y me miró fijamente a los ojos. Los suyos eran grandes y acuosos, enrojecidos. Los párpados le caían como sábanas y le daban un aire a lo Stallone. Más de cerca pude apreciar que tenía una barba negra poco poblada sobre el pelaje corto y gris que lo cubría por completo. A pesar del vello, los tatuajes de sus brazos desnudos se veían con claridad. Sus dedos estaban cargados de anillos y me pregunté cómo podría trabajar así; más raro aún, que Paco no le hubiese dicho nada con lo tiquismiquis que era. Le pregunté por él y se volvió a encoger de hombros. «De vacaciones, supongo». La Navidad ya quedaba muy atrás, pero no era extraño que aprovechase para ausentarse del negocio antes de que empezara la temporada de primavera, muchos por aquí lo tienen por costumbre. Ahora hace un frío del carajo, pero, en poco más de un mes, ya estaremos todos en manga corta y las playas y los chiringuitos se llenarán de turistas extranjeros.

"¿Brujas en el norte? Claro, «haberlas, haylas». Es lo que decían las leyendas, la tradición. Está en boca de todos los supersticiosos"

El minotauro dijo llamarse Faruk. Llevaba meses dando tumbos por todo el país hasta que llegó aquí. Lola ya no estaba cuando él entró a trabajar en el Café Moi, pero la conocía de alguna foto que le había enseñado su jefe en el móvil y de oídas, de todos los que preguntaban por ella. Faruk medía casi dos metros sin contar los cuernos, que le sumaban otros veinte centímetros al menos. Yo no podía imaginar cómo demonios se manejaba en un sitio tan pequeño sin liarla. Pareció advertir mis pensamientos y sonrió. «Se me da bien esto, tío. Ya lo hacía antes de venir aquí, en garitos más apretados y con techos más bajos». Eso es lo que me dijo. Y también que no siempre había sido tan alto y que los cuernos le crecieron al llegar a la pubertad. «Eso y otras cosas, ya me entiendes». Me dio detalles que no necesitaba conocer, pero es que Faruk era uno de esos tipos que no necesitan preguntas para comenzar una conversación. Le gustaba hablar. De todo. Como si te conociera de toda la vida. De eso me di cuenta pronto.

Por educación, no me moví de la barra mientras me tomaba el café. Cuando lo acabé, me preparó otro sin que yo se lo pidiera. El exceso de cafeína me pasaría factura más tarde. En ese momento, no me vino mal; necesitaba tener las manos ocupadas y me pareció de mal gusto ponerme a hurgar en el móvil. Puede que los clientes no entraran porque estaba él y no tenían ganas de que les molestaran o puede que los motivos fuesen otros, pero nadie nos interrumpió en la hora que estuve allí. No me cobró los cafés. Me dijo que invitaba la casa. «Por ser la primera vez que te veo por aquí». Me dijo que parecía majo a pesar de no haber abierto apenas la boca. Le di las gracias. Estaba dispuesto a marcharme a casa cuando me cogió del brazo y me pidió que no me fuera. «Lo que pasa no es que no pueda mentir, sino que algo me obliga a decir todo lo que pasa por mi cabeza; es una maldición, tío». Yo sonreí con desgana y asentí. «No, tío. Una maldición de verdad. Por eso me vine del norte. Allí las brujas están tomando el control de todo. Si ves alguna, será mejor que no te detengas ni vuelvas la vista atrás». No sabía si creérmelo. Por otro lado, ¿por qué no debería? Después de todo lo que ha pasado por aquí, en todas partes, en el mundo. Y, sin embargo, me costaba hacerlo, porque, precisamente después de todo lo acontecido, la presencia de unas brujas en alguna parte me parecía algo muy poco embrollado, lejos de las complicaciones a las que nos han expuesto esta nueva era. ¿Brujas en el norte? Claro, «haberlas, haylas». Es lo que decían las leyendas, la tradición. Está en boca de todos los supersticiosos. De todos modos, no objeté. «No solo me hicieron eso». Le pregunté más por inercia que por otra cosa. Bueno, y quizá por un poquito de curiosidad, pero lo cierto es que estaba cansado de escucharle y aún tenía mucho que hacer en casa. Aún así, le dejé hablar.

"Las brujas, tal vez porque se encontraban a mil kilómetros de distancia o tal vez por cualquier otro motivo que se le escapaba, no habían logrado un control absoluto sobre él"

«No puedo conducir de noche», dijo. Le pregunté si era por los destellos de las luces, porque a mí me pasa con frecuencia desde que me operé de la vista. Él negó. «Peor, ni siquiera es necesario que esté al volante para sufrir las consecuencias del hechizo». Entonces sí que me intrigó y quise saber más sobre lo que le pasaba cuando el sol caía. «Tengo el carnet y no me han quitado ni un solo punto desde que me lo saqué; soy un buen conductor, pero pierdo los estribos si veo unos cuernos rojos». Le pedí que desarrollara, no le entendía. Me explicó que era por los coches de ahora, que muchos tenían las luces traseras con forma de cuernos. No siempre resultaba una configuración evidente, pero él no podía dejar de verlos. Había encornaduras de todo tipo iluminando las traseras de los coches. Llevaba tanto tiempo con ese problema, que hasta se había aprendido cómo llamaban a esos cuernos en función de su forma y, hasta ahora, se había tropezado con cornicortos, cornilargos, corniapretados, corniabiertos, capachos, cornipasos, veletos, cornalones, playeros, cornivueltos… «Los míos son cornicerrados, por si te lo preguntas», remató.

Faruk veía las luces y tenía que seguirlas. No podía evitarlo. Era superior a él. Bufaba y resoplaba, las venas del cuello se le tensaban y los párpados despejaban la órbita de sus ojos, rojos y llenos de una cólera inesperada, inaudita. Su conducción se volvía agresiva y aceleraba hasta que estaba tan cerca de esas luces que casi embestía a los vehículos. Nunca había provocado un accidente. Había estado a punto, eso sí. Las brujas, tal vez porque se encontraban a mil kilómetros de distancia o tal vez por cualquier otro motivo que se le escapaba, no habían logrado un control absoluto sobre él, aún le quedaba un pequeño resquicio de dominio sobre sus instintos. Podía refrenar sus impulsos hasta ese ínfimo instante previo a la colisión. Y, aún así, ignoraba hasta cuando podría mantenerlos a raya. Por eso había dejado el norte y los garitos de la noche y ahora servía cafés durante el día. «Me estás tomando el pelo», le dije. El me guiñó un ojo y sonrió. Luego me disparó con los índices y chasqueó la lengua. Entonces entró una pareja y salió a atenderles. No esperé a que regresara y abandoné el local.

Dos días después, regresaba a casa después de recoger a Zoe. El manto oscuro de la noche había caído prematuramente por culpa de las nubes. Regresamos por la autovía. Llegamos a casa estremecidos y aún con el corazón en la boca. Un coche oscuro se nos había acercado por detrás y casi nos golpea. Por suerte, la salida estaba cerca y lo perdimos de vista rápido. Cuando bajamos, Zoe todavía temblaba y yo sentía las piernas como de gelatina. Aparqué en nuestra calle y bajé del coche sin quitar la llave del contacto, solo para ver si todo estaba bien en la parte de atrás. Tenía la garganta seca y un nudo en el estómago. No había reparado en que las luces traseras de mi coche se unen en el centro y se elevan en un afilado pico en los laterales. Siempre me recordaron al bigote de Dalí. Ahora no puedo dejar de ver los cuernos. Unos puntiagudos y llamativos cuernos rojos.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios