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Buscando patrones entre líneas

¿No les ha sucedido que cuando la vida se torna inasumible cada uno escarba en los libros del pasado las respuestas que el presente tanto escatima?

A la vista de una pandemia que se alarga sin fecha prevista de remisión, he acudido en los últimos tiempos a algunos de mis padres literarios en busca de las respuestas que no me dan ni el telediario, ni los periódicos y mucho menos internet.

"Se emborrachaban y copulaban como si no hubiera un mañana porque en la mayoría de los casos así era"

Comencé por el Decamerón de Boccaccio, buscando similitudes: una epidemia de peste negra asola Florencia en 1348. Siete mujeres y tres hombres deciden huir durante diez días a una casa en el campo cercana y cada uno de ellos debe contar una historia cada día, de modo que la obra es una recopilación de cien cuentos. Lo que me interesaba del Decamerón era cómo su autor describía el comportamiento de los florentinos frente a la plaga. Contaba que algunos se confinaban en sus propias casas y se negaban a tener contacto con nadie. Otros salían de fiesta, día tras día, noche tras noche. Se emborrachaban y copulaban como si no hubiera un mañana porque en la mayoría de los casos así era. Curioso también otro patrón paralelo al presente: muchas de las casas de los fallecidos eran ocupadas por otros habitantes sin permisos ni mediación de pago alguno.

Continué mi búsqueda de pautas y respuestas con el Diario del año de la peste, en el que Daniel Defoe describe las memorias de un superviviente del terrible brote de 1665 en Londres. Pese a que lo escribió en 1722 y que era un niño cuando tuvieron lugar los acontecimientos, están descritos con tanto detalle que se da por sentado que en realidad se trata de los diarios de su propio tío, Henry Foe. Buscando semejanzas con el presente, encontré ya en las primeras páginas las detalladas listas de defunciones semanales en las parroquias contaminadas:

Del 24 al 31 de enero.

St. Giles 24.

St. Andrew 15.

En las listas generales de mortalidad esa misma semana recababan la cifra más alta de entierros en Londres: 474. “Alarmante”, lo definía Defoe. Imagino a los londinenses acudiendo a las entradas de las iglesias para comprobar el número de muertos, igual que consultamos las cifras de fallecidos por el coronavirus en nuestras pantallas.

"Tres ciudades, tres épocas, tres epidemias, y siempre encontré el mismo material narrativo: seres humanos errando y acertando, sensatos e imprudentes, todos sobrepasados por la Madre Naturaleza"

Recalé entonces en una novela más intimista: La muerte en Venecia, de Thomas Mann. A principios del siglo XX las autoridades de Venecia tratan de ocultar la epidemia de cólera a los turistas, mientras el escritor protagonista se queda, contra todo sentido de la supervivencia, hasta que enferma. Por las páginas de la novela transitan negacionistas que no quieren ver la Venecia desolada que va quedando en las inmediaciones de la aristocrática playa del Lido y la obstinación, que no ceguera, del protagonista que se inmola en aras de su obsesiva atracción hacia el bello Tadzio.

Tres ciudades, tres épocas, tres epidemias, y siempre encontré el mismo material narrativo: seres humanos errando y acertando, sensatos e imprudentes, todos sobrepasados por la Madre Naturaleza. A su merced.

Aún es pronto para desear tirar por la borda este insurrecto 2021. Y dado que parece que la necesidad de evadirnos con la ficción también es un patrón, se me antoja el mejor plan de mundo unirme a esas siete mujeres y tres hombres en una villa a las afueras de Florencia para surfear la pandemia escuchando diez historias cada día.

Vuelvo a mi biblioteca. Ya me avisan cuando esto termine.

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