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Byron no está en casa

A finales de mayo de 1816, entre la niebla y el agua, más o menos a las doce de la noche, un carruaje grotescamente grande fabricado a imitación “del célebre carro que Napoleón utilizó en Genappe”, tirado por cuatro caballos, se plantó ante las puertas del hotel d’Angleterre, en Suiza. A sus pies un pequeño jardín, con su inverosímil escarcha (repito: casi en pleno mes de junio); más allá el camino principal, que comunicaba Génova y Lausana, bordeando el lago; y al fondo el célebre lago, el Lemán, o Ginebra, reinando entre montañas, centro atractor de una constelación de escritores y artistas que a lo largo de los siglos habían visto algo no identificado en sus destellos, algo aterrador en las dimensiones colosales de la piedra y el agua, quizá el sobrecogimiento de saber que somos realmente sólo un día que pasa. El carro era de color azul oscuro; llevaba en la portezuela un escudo de armas —Crede Byron— que había dejado por la orilla del lago un reguero de reflejos dorados, y en su interior tenía “un lit de repos, un armario para la vajilla y todo lo necesario para servir la cena”, además de una prolija biblioteca. Un criado adormilado que tampoco se apresuró gran cosa a salir del hotel abrió la puerta; y la sombra que descendió por la escalerilla del carruaje, con botas hasta la rodilla, abrigo y cuello abierto pese al frío, era un joven de veintiocho años que un mes atrás escribía a un amigo suyo varias líneas de este tenor:

Llegamos ayer, aunque todo el camino sopló aire frío en contra: pero entre vadeos y mareos tocamos tierra a medianoche… Como buen veterano, aguanté el mar bastante bien: hasta que un maldito “mercader de Brujas” echó la papilla a mi lado, y me hizo a mí soltarla también de puro asco.

Siempre pensaré que Polidori desaprovechó una oportunidad maravillosamente única de haber dejado para la posteridad un diario inolvidable. Imaginemos solamente lo que hubiera supuesto encontrarnos en el diario de Polidori con un arranque así: Byron vomitando por la borda de un oscilante paquebote junto a una especie de translúcido bufón, el desdichado “mercader de Brujas” (que siempre me hace pensar en el famoso “hombre de Porson” medio avistado por Coleridge, y de hecho su misión también parece ser la de arrancar a un poeta de su éxtasis contemplativo). ¿No hubiera sido fabuloso un comienzo semejante, casi un golpe de puro genio? Pero Polidori nos hurtó esa escena, y a cambio nos llenó el diario y sus paisajes de lanudos perros, de unas poco agraciadas holandesas, de desmayos (los suyos), de dolores de cabeza (también suyos), de esguinces que (no nos lo dice, pero) un compasivo Byron se veía obligado a atender, cojo él mismo de nacimiento pero también a causa de una lesión producida por la poca habilidad de Polidori con los remos: curioso cuando menos, el caso del paciente convertido en enfermero de su propio doctor. Pero Polidori parecía conspirar con los elementos para que todo a su alrededor se desarrollase a espaldas de la lógica convencional, o quizá es que los elementos encontraban divertido conspirar (cada vez con peor saña) contra él.

"De todas las cosas divertidas que puede haber deparado la historia personal de los grandes hombres cuando todavía no han sido transformados en estatuas, la comedia del diario de Byron escrito por Polidori quizá sea de las más desternillantes"

Había llegado hasta Byron por una serie de recomendaciones. Se le consideraba un genio. Era de origen italiano, lo que iba a ser de utilidad (supuestamente) cuando un poeta hipocondríaco cruzase por fin los Apeninos. Pero había algunas cosas que Byron no sabía de él: la primera y sin duda muy importante, a efectos de su tranquilidad futura, que era un tipo quisquilloso, orgulloso y un imán para la mala suerte; la segunda, y más importante aún, que llevaba un diario. El editor de Byron, John Murray, que ante todo era un hombre de negocios, tuvo la ocurrencia de aprovechar la polvareda que el reciente divorcio de su poeta superventas había dejado en los salones de la alta sociedad inglesa convirtiendo en reportaje de primera mano su viaje hacia el exilio. Así que la petición expresa de Byron de que le consiguiese un médico personal cayó en sus manos como una bendición. Murray no sólo le buscó el médico más joven con los mejores credenciales, un especialista en todos los males conocidos y muchos imaginarios, sino también (“esto entre tú y yo, querido Polidori”) un espía a sueldo de cada movimiento que Byron hiciera en cuanto pusiese un pie fuera de Inglaterra. Byron se enteró tarde (dos años tarde) de que Polidori se había pasado las noches, en sus diferentes aposentos de Dover hasta Milán, inmortalizando en negro sobre blanco los sucesos del día. La alarmada exclamación de Byron en una de sus cartas (“espera, ¿qué es eso de que Polidori llevaba un diario?”) demuestra la preocupación que le producía imaginar que sus aventuras por Europa (“llegamos a Ostende”, escribió Polidori, en un pasaje censurado posteriormente por su sobrina Christina, hermana de Dante Gabriel Rossetti, “y no bien entró en su habitación, Byron se arrojó sobre la doncella”), pero esa inquietud no tardó en aplanar su propia curva cuando Byron supo que Murray, enojado por la oportunidad y el dinero perdidos, prefirió no publicar aquel recuento de trivialidades que un joven encantado de conocerse había garabateado a mayor gloria de sí mismo.

De todas las cosas divertidas que puede haber deparado la historia personal de los grandes hombres cuando todavía no han sido transformados en estatuas, la comedia del diario de Byron escrito por Polidori quizá sea de las más desternillantes. Murray posiblemente sea el primer responsable del equívoco, como lo fue, ateniéndonos a los hechos puramente legales, de la quema posterior de las memorias de Byron. Si tenemos en cuenta que estaba actuando a sus espaldas en un asunto para el que el “estimadísimo milord” era bastante hipersensible (el asunto, nada baladí considerando que venía de un divorcio escandaloso, de su atractiva intimidad), lo más probable es que Murray se ocupara de guardarse las suyas y, sin meterse en detalles, presentase a Polidori aquella oferta demasiado generosa confiando en que un joven inteligente como él captase los sobreentendidos. Si eso fue lo que sucedió, no cabe otra consideración: Murray calculó muy mal. Nada más partir de Londres, el 24 de abril de 1816, Polidori dejó claro quién iba a ser el protagonista de aquellas páginas tan bien pagadas: “Salí de Londres con Lord Byron, a las diez de la mañana.” Escuchemos otra vez: ¡salí de Londres con Lord Byron! ¿No es algo maravilloso? Cualquiera diría que el exiliado, en realidad, era él, y Byron su perro favorito o su aristócrata de cabecera. Y eso no es nada. Apuntalada la persona narrativa en el papel, se tiró sobre el cuaderno de viajes convencido de que nosotros, sus lectores, íbamos a agradecer la oportunidad que se nos brindaba de leer el diario de Polidori (un susceptible médico de veinte años, doctorado a los diecinueve, conocido de nadie), y que no protestaríamos si Byron ejercía a su alrededor de comparsa y acompañante móvil.  Su esbelta silueta —en esa época pesaba sesenta y cinco kilos, pero no se lo llevaba el viento— llega de hecho a serlo tanto que se nos cuela entre las líneas.

"Este es el comienzo de una serie de patéticas desventuras que conformarán la más conocida leyenda de Polidori: la del tipo obtuso, metepatas, sin sentido del humor, que parece fluctuar constantemente entre la necesidad de cariño y la necesidad de atención"

Esperar la aparición de Byron en estas páginas es como aguardar el cameo de un actor conocido en una película menor. Aparece, y lo hace en momentos estelares; estelares, eso sí, dentro de lo que proporcionalmente es una imaginación de bajo presupuesto. Polidori, por ejemplo, se sube a una piedra en un momento dado dispuesto a admirar el mundo a sus pies. Pero en esa contemplación cenital de una tierra aún por conquistar no se encuentra con la revelación elevada ni con la metáfora alada, sino con algo bastante provinciano: brazos en jarras, echa un vistazo a la ciudad de Londres y compara cuanto ve con Stirling (que es como si comparásemos París con un villorrio cualquiera, subidos a una piedra). Y casi se diría que enfadado, se apea de la cima. No sabemos lo que opina Byron de las vistas porque Polidori lo mantiene mudo, o muerto. Su presencia se nos anuncia por su ausencia: como una corriente de aire dejada por un espectro, como una vibración informe entre los huecos de la prosa. Y ya no se nos vuelve a aparecer hasta el día siguiente —en un cementerio, precisamente—, y sólo como mera alusión; y en realidad, si consigue colarse en la escena es gracias al afán de protagonismo de Polidori, que, para hablar de sí mismo, se ve obligado a mirar por encima del hombro y reparar en una gran molestia: estaba acompañado. “Había allí dos autores; uno, el más distinguido de su época [Byron]; otro, cuyo nombre emerge rápidamente [Hobhouse, amigo de Byron: nunca emergió]; y un tercero, que ambiciona la distinción literaria [Polidori, en pleno relativismo aritmético]”. Luego, el grupo regresa a su hotel, y Byron y un par de amigos, el mencionado Hobhouse y Scrope Davies, compañeros de Cambridge, recitan entre carcajadas una obra dramática de Polidori titulada Cajetan, con versos tan memorables como el que logró tirar a Byron por los suelos —“este es, pues, el idiota con bocio de los Alpes”—, aunque en opinión de Polidori las risas las suscita “la forma en que la obra fue leída” y no, naturalmente, la forma en que está escrita. Byron, que es el único que conoce un poco a Polidori y sabe que detrás de su mirada aparentemente serena hay una mente rencorosa y con tendencias suicidas, dice, en un tono (más o menos) conciliatorio: “Juro que cuando estaba en el comité de lectura del Drury Lane nos hicieron llegar cosas todavía peores”. Y hace el esfuerzo de proseguir la lectura “con gran atención, arrancando el aplauso de los que antes tanto se reían”. Pero Polidori está bastante furioso con sus compañeros y “hace algo muy absurdo”, que fastidia a todo el mundo, y que lamentablemente no nos cuenta.

Este es el comienzo de una serie de patéticas desventuras que conformarán la más conocida leyenda de Polidori: la del tipo obtuso, metepatas, sin sentido del humor, que parece fluctuar constantemente entre la necesidad de cariño y la necesidad de atención. A decir verdad, a lo largo de su diario no hace otra cosa que gesticular y manotear para que reparemos en él: es un rasgo de carácter que no debemos olvidar cuando este personaje se nos aparezca en sus entrañables trompicones, metiéndose en peleas, hablando por encima de las conversaciones ajenas, torciéndose los tobillos o mostrando su torpeza con los remos. Es fácil ensañarnos con él, reírnos de las veces en que sale escaldado o se busca su propia ruina, y con mayor motivo cuando es el propio Polidori quien nos ha dejado ese amargo retrato de sus aventuras. Pero haríamos mejor en no verlo como el idiota grotesco de tantas biografías y tratar de imaginarlo como realmente fue: un individuo de dimensiones humanas en un mundo de gigantes, un peón que hizo lo que pudo entre torres y reinas.

"La edición sigue el texto anotado de William Rossetti, que comete errores de bulto y elabora conjeturas temerarias y fantásticas, lo que también contribuye a realzar los colores del libro"

Dicho esto, puede parecer que el diario es absolutamente prescindible por culpa de un joven tantas veces aturdido que no supo estar a la altura. Y es verdad: Polidori no supo estar a la altura. Pero, misteriosamente, el diario no hace más que ganar con ello. Sus páginas se convierten en una novela de suspense a la espera de que Byron se materialice o lo haga Shelley, y, si bien hasta el 28 de mayo sus sombras se hacen esperar, es justo en esas fechas en que los futuros amigos se encuentran y frecuentan por los alrededores de Diodati cuando sus palabras se llenan de color: Shelley aquí desayunando, Byron, como siempre, recordando celebridades de Inglaterra. Pero el color no viene directamente de dos poetas con varios siglos ya de encantamientos a cuestas; ese color viene hasta nosotros fuscinado por los cambiantes sentimientos de Polidori, que escribe con los puños apretados. Resulta maravilloso verle tomar los remos constantemente y mirar a sus compañeros de viaje con los párpados entornados, o hablar con Shelley durante horas “hasta que las cabezas de las damas zumban de mareo”, lo que supone una afirmación bastante injusta: la cabecita de Claire custodiaba en su interior, entre otras cosas —cantaba con una voz muy dulce y tocaba la guitarra— seis idiomas en los que se manejaba a la perfección, y la de Mary (¡Mary, zumbando de mareo!) se había adiestrado contra el vértigo desde niña leyendo cinco libros por semana. Polidori podía hacer lo impensable por darse un poco de crédito rodeado como estaba de genios, pero la verdad es que con ello nos brindó una imagen más humana de quienes tampoco pretendieron vivir como los dioses de Lucrecio.

La edición sigue el texto anotado de William Rossetti, que comete errores de bulto (Milton nunca estuvo en Diodati) y elabora conjeturas temerarias y fantásticas, lo que también contribuye a realzar los colores del libro. En cualquier caso, yo reconozco mi parcialidad por Polidori y su diario, cuyo objeto no del todo voluntario puede resumirse en el pasaje que cierra la entrada del 26 de mayo: “La vista de la casa es preciosa, con un lago precioso, al pie de la medialuna de Ginebra. Picer llamó, pero Lord Byron dijo: «No estoy en casa»”. Razonadamente, Javier Fernández Rubio ha titulado a su traducción —acompañada de unas valiosísimas cartas en las que Byron y Diodati, ahora sí, surgen llenos de vida— Mi viaje con Byron, que es otra manera de decir que Byron, efectivamente, no está en casa.

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Autor: John William Polidori. Título: Mi viaje con Byron. Traducción: Javier Fernández Rubio. Editorial: El Desvelo. Venta: Todos tus libros.

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