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En el cajón de arena: Una historia del juego de guerra

Quería llamar a este artículo «A ver si descubrimos cómo es que el enano cabrón nos da la del pulpo una y otra vez», pero el responsable de la web, que es un profesional, dice que títulos TAN largos no quedan bien. OK, OK. Zapatero, a tus zapatos, y todo eso…

Poniéndonos puristas, juegos simulando una batalla han habido desde prácticamente el inicio de la civilización tal y como la entendemos. Eran juegos tácticos y abstractos en mayor o menos medida, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días: el Chaturanga indio, el Ajedrez (evolución del anterior), el Wei-Hai (más conocido actualmente como «Go»). Poniéndonos más puristas aún, fueron los romanos los primeros en representar con tierra el campo de batalla, y poner figuras talladas representando a las tropas. Pero eso no tenía nada de juego. Era simplemente una manera de planificar la batalla y de dar instrucciones a los mandos.

"...fueron los romanos los primeros en representar con tierra el campo de batalla, y poner figuras talladas representando a las tropas..."

Algún lumbreras redescubre en el siglo XVII estas simulaciones y explicaciones de batallas y las aplica a la educación militar. La idea cuaja y pronto todos los jóvenes príncipes europeos se acostumbran a empujar figuritas por mapas siguiendo las indicaciones de sus preceptores: Más que nada, porque es menos caro que provocar una guerra, y no se corre el peligro de que una bala de cañón despistada se lleve por delante a un futuro monarca… Federico el Grande de Prusia animó a sus oficiales del Estado mayor a instruirse así… Y así nos fue a los europeos la Guerra de los Siete años, que el tal Federico cosechó muchos éxitos militares, vale… pero que se saldó, según los cálculos de los historiadores, con entre 1.150.000 y 1.500.000 muertos ( de los que más de la mitad fueron civiles, por cierto). El problema, claro, es que los que aprenden así se acostumbran a ver a sus soldados como figuritas. Que agitan bracitos y piernitas, pero figuritas. Al fin y al cabo, desde el puesto de mando tampoco se ve la sangre, precisamente…

 

Bueno, volvamos a los juegos… En 1664, en la ciudad alemana de Ulm, Christopher Weickmann publica un juego llamado «Koenigspiel». Básicamente un ajedrez, pero con mayor diversidad de fichas. En él se inspiró un tal Helwig, maestro de pajes del Duque de Brunswick, para diseñar en 1780, un enorme tablero ¡de 1.666 casillas! en el que se movían 120 piezas por bando que representaban los ejércitos, a las que había que añadir 200 piezas más que simular fortificaciones. La innovación es que las casillas del tablero no son iguales: están pintadas de diferentes colores que representan distintos tipos de terreno.

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Si el tamaño del tablero les parecía exagerado no sigas leyendo, que lo grande se puede hacer aún más grande: En 1797 Georg Venturini (o Vinturinus), un escritor militar de Schleswig (Jutlandia del sur) publica un reglamento para un juego en un tablero de ¡3.600 casillas! Las figuras representan a 1.800 brigadas de infantería y caballería, así como a 800 baterías de artillería. Y el juego incluye reglas de logística. El terreno representa un terreno real (una porción de terreno entre Francia y Bélgica), las fichas unidades contemporáneas. De lo abstracto se ha pasado a lo concreto, de la simulación de una batalla a la recreación de la misma.

"En 1797 (...), un escritor militar (...) publica un reglamento para un juego en un tablero de ¡3.600 casillas! Las figuras representan a 1.800 brigadas de infantería y caballería, así como a 800 baterías de artillería. (...) De lo abstracto se ha pasado a lo concreto, de la simulación de una batalla a la recreación de la misma."

Y por fin llegamos a 1811 y al protagonista de nuestra historia: el Kriegsspiele.
Napoleón está en su máximo esplendor y parece imparable. Un consejero de guerra civil en la corte prusiana, el barón Von Reisswitz, desarrolla un juego de guerra no sobre un tablero, sino en un cajón de arena, a la manera de los romanos, para simular las curvas de nivel y accidentes del terreno. Y usa una escala muy específica: 1:2373. También incluye representación física de los objetivos y los centros de mando. El juego se hace popular en la corte prusiana primero y rusa después, pero no tiene aceptación entre los militares (más que hartos de que todos los petimetres de la Corte se volvieran estrategas de la noche a la mañana con ese juego de mierda y les dijeran cómo tenían que darle sopas con honda, al tal Napoleón)

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En 1824 el hijo de Reisswitz, George Heirich Rudolf Johann Von Reisswitz, (por aquel entonces subteniente de la Guardia de Artillería Imperial) presenta su propia versión del juego de su padre. El juego se llamaba «zur Darstelling militarische manuver mit dem apparat des Kriegsspiels» (Instrucciones para la Representación de Maniobras Tácticas Bajo el Disfraz de un Juego de Guerra, por si tienen el alemán un poco oxidado). Incluye mapas topográficos y reglas específicas según las condiciones del campo de batalla. No es tanto un juego como un simulador táctico de combate, y como tal lo entiende el Príncipe Prusiano Wilhem, que recomienda las reglas al General en Jefe del Ejército Prusiano, el General Von Muffling, que tras comprobar que, efectivamente, era un excelente entrenamiento para la guerra fomentó su uso entre los oficiales. Un joven subteniente llamado Helmuth fue particularmente entusiasta con el juego, y fundó un club, el “Kriegerspieler Verein”, que pronto fundó su propio periódico. Cuando Helmuth fue ascendido a Jefe de Personal del Ejército promovió su afición desde arriba.

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¿El nombre completo de ese tal Helmuth? Helmuth von Molkte. El Mariscal de campo y jefe del Estado Mayor Prusiano que derrotó a Dinamarca en 1865, a Austria en 1866 y a la todopoderosa y teóricamente invencible Francia en 1870.

"No es tanto un juego como un simulador táctico de combate, y como tal lo entiende el Príncipe Prusiano Wilhem, que recomienda las reglas al General en Jefe del Ejército Prusiano

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¿Y el joven subteniente Von Reisswitz? Lamentablemente, no vivió para ver tales triunfos de su juego. Víctima de las envidias de sus superiores, fue destinado a languidecer a la fortaleza de Torgau, un auténtico exilio en el que acabaría suicidándose en 1827.

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