La comparación con Amores perros o Babel surge inevitable: un mundo y sus gentes en caos coral, historias que se cruzan sin tocarse, vidas que resuenan a miles de kilómetros de distancia porque comparten una misma condición. A veces el resultado es trágico, a veces hermoso, casi siempre las dos cosas a la vez. Pero donde Iñárritu necesita el artificio del montaje para crear esas correspondencias, Ayesha L. Rubio dispone del instrumento perfecto: el libro de relatos.
Rubio enmarca sus relatos con un prólogo y un epílogo mitológicos protagonizados por Coyote y Cuervo, figuras de la cosmogonía amerindia que observan el mundo desde una roca, esperando. Ese marco no es decorativo: establece una perspectiva. Los personajes que pueblan estos relatos suelen ser pasto de noticias, perdidos en grandes cifras, reducidos a estadísticas de migración, pobreza o violencia. Aquí Rubio les devuelve el rostro, nos obliga a ver quién hay detrás de cada número. Y eso puede ser doloroso. La niña vietnamita que huye con su familia, la irlandesa que cruza el Atlántico con su padre moribundo, el joven negro ejecutado en la silla eléctrica: todos ellos dejan de ser abstracciones para convertirse en personas concretas, con nombre y miedo y deseo.
Lo que más sorprende en un debut es la capacidad de empatía que demuestra Rubio, su habilidad para mirar por los ojos del otro sin que el resultado suene impostado. Una niña de seis años que huye de Vietnam, un soldado americano traumatizado, una emigrante irlandesa del siglo XIX, un dios yoruba llamado Anansi: voces muy distintas que resultan igualmente verosímiles. Porque todos, desde Irlanda hasta África, desde Texas hasta California, somos iguales en lo esencial. Rubio lo sabe y lo demuestra sin subrayados, sin discursos, simplemente dejando que los personajes hablen y actúen.
La prosa es sumamente expresiva, capaz de que veamos por nosotros mismos, más allá de la información directa. Rubio no explica: muestra. Las imágenes son precisas y sugerentes, los diálogos económicos, los silencios elocuentes. En «El hilo rojo», por ejemplo, alterna las voces de un soldado americano y una niña vietnamita durante la caída de Saigón, y el contraste entre ambas perspectivas genera un efecto que ninguna de las dos conseguiría por separado. En «Gruesome Gertie», el relato sobre Willie Francis —el joven negro que sobrevivió a una primera ejecución fallida solo para ser ejecutado de nuevo—, la fragmentación del texto reproduce el cortocircuito de la conciencia, el horror que no cabe en una sintaxis ordenada.
Hay en el libro una estructura cuidada, tres partes que organizan los relatos por temas y muestran las distintas fases de la migración. Las referencias musicales que encabezan cada cuento —de Tom Waits o Bob Dylan a Nick Cave— no son caprichosas: funcionan como un segundo texto que dialoga con el primero, una banda sonora que amplifica los significados. El resultado es un objeto literario coherente, pensado como unidad, no como mera acumulación.
Ayesha L. Rubio nació en Madrid y ha vivido en Estados Unidos, experiencia que atraviesa estos relatos de forma evidente. Volverán como fuego es su primer libro, y resulta difícil creerlo. La madurez de la propuesta, la ambición del planteamiento, la seguridad de la ejecución: todo apunta a una escritora formada, con un mundo propio y los recursos para expresarlo. Un debut que no promete, sino que cumple.
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Autor: Ayesha L. Rubio. Título: Volverán como fuego. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.

Ayesha L. Rubio. © Isabel Wagemann


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