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Carta a los lectores

Queridos lectores:

Ha empezado recientemente un nuevo año. Pronto yo mismo cumpliré seis años escribiendo en Zenda. También puedo decir que he escrito muchas cartas a muchos personajes, reales e inventados, históricos o no. Aún no sé si seguiré escribiendo cartas, pero sí sé que me falta una importante, tal vez la más importante, a los lectores, a vosotros que dais sentido a lo que yo escribo.

Me gustaría pensar que aunque algunas veces os gusten menos ciertas cosas que digo, os quedáis finalmente con el conjunto. Me gustaría pensar que al final prima una lectura estética, aunque también que me siento comprendido, algo tan difícil, por vosotros. O tal vez, en ocasiones, querido. A menudo recuerdo que Gabriel García Márquez decía que él escribía para que lo quisieran, y esto no siempre, creo yo, fue bien interpretado. Habría que preguntarle al propio García Márquez, pero me parece que lo que quería decir es cristalino.

Recuerdo que esa frase se la comenté a Francisco Umbral y me dijo que él pensaba que lo que quería decir García Márquez era que escribía para que lo admiraran. No es lo mismo, es cierto. Recuerdo que en otra ocasión Pedro J. Ramírez me comentó que Juan Antonio Samaranch cuando perdió a su mujer dijo que él “la admiraba”, y Pedro J. me decía que para él “admirar” era más que “querer”. Lo ignoro. Pero es muy posible que el escritor que hay en mí prefiera que lo admiren, y que el ser humano que finalmente soy (soy las dos cosas, y de ahí seguramente no pocos conflictos) prefiera que lo quieran. Nunca me había planteado hasta ahora si escribo para que me quieran o para que me admiren; creo que ninguna de las dos cosas. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y porque no tengo más remedio que hacerlo.

Hoy precisamente leía en un artículo de Antonio Gala, perteneciente a la serie En propia mano, que el escritor lleva una cruz ya lo suficientemente pesada, por ser escritor, como para dar ninguna explicación (la segunda parte de la frase quizá la añado yo). Y sí que estoy de acuerdo con Gala, al que cada vez admiro más, que ser escritor es una cruz, una cruz que sólo nos alivia portarla el mero hecho de escribir. Con lo cual no hay remedio para ello. Por un lado debemos escribir, por otro somos felices, muchísimo, escribiendo.

Y de este modo entramos en comunicación, a lo largo de los tiempos, con mucha gente que en un momento u otro nos lee.

Los escritores también somos lectores, quizá los más fervientes; por lo tanto sabemos muy bien lo que es leer y ser lector, admirar de todas las maneras. Pero, ahora que lo pienso, ¿quiero yo a mis escritores favoritos? Pues seguramente sí, o sí, de todas las maneras. Es cierto que empecé admirándolos, pero acabé queriéndolos (a algunos los empecé rechazando, curiosamente). Luego tenía razón Gabriel García Márquez. Y me parece que el camino es el siguiente: se empieza admirando y se acaba queriendo, lo que no excluye la admiración, por supuesto.

Alguna vez noté que una chica me admiraba, pero no estaba seguro de que me quisiera. Sigo sin estar seguro, y a estas alturas tampoco sé si me admira, aunque sí creo que en tiempos me admiró, y tal vez mucho. Ella es, o era, lectora mía, por eso también encaja que me dirija a ella en esta carta abierta a mis lectores, muy abierta, tal vez la carta más abierta que haya escrito nunca.

Seis años en Zenda publicando prácticamente todas las semanas dan para mucho. He publicado de todo, artículos digamos que normales, cuentos, poemas, entrevistas… pero yo diría que lo que ha tenido más éxito precisamente ha sido las cartas: a gente como Felipe II, Juan Sebastián Elcano, Cervantes y Don Quijote, Tintín y Hergé, Miguel Delibes, Vito y Michael Corleone… En fin, se me agotaría la tinta con la que escribo si volviera a escribir los nombres de los destinatarios de todas mis cartas. Creo que son más de sesenta, tampoco estoy seguro.

¿Cómo empezaron? Mi primer libro consistió en unas cartas a Don Quijote de la Mancha. Tenía 22 años. Hace poco escribí otro epistolario, a mi padre, no mucho tiempo después de su muerte, Cartas del infinito. En Zenda escribí alguna carta más a Don Quijote, y a los Reyes Magos, recordando el consejo que un muy buen amigo, Enrique Alcat, me dio: que había que escribirles a los Reyes Magos una carta y luego guardarla en la cartera durante todo el año.

Pero en realidad este epistolario de Zenda empezó de otra manera. Estaba yo un día asomado al ventanal de mi casa, por la noche, y me pregunté: “¿Con quién te gustaría hablar? ¿A quién te gustaría dirigirte, de todos los tiempos?”. Y pensé: “Marco Aurelio”. Me acordé de sus Meditaciones, uno de los libros que más me han gustado, de siempre, y decidí escribirle una carta a nuestro querido emperador y filósofo. Y detrás de ella vinieron todas las demás.

Eran como artículos, quiero decir que son textos que lo habitual es que haya que documentarlos como un artículo normal. Pero son artículos especiales, muy especiales, y por eso creo que normalmente han tenido una atención mayor que otros textos que he escrito en Zenda. Además, ¿quién escribe cartas hoy en día, verdaderas cartas? Dejaré ahí la incógnita.

Queda el género literario, desde luego, para el que lo quiera practicar, y más vivo y hermoso que nunca, pues ahora es casi como escribir un soneto. Con un aliciente más, un elemento añadido, muy importante, a mi modo de ver. Cuando yo le escribo a alguien, ya sea un personaje vivo o muerto, histórico o de ficción, le escribo en serio. Quiero decir que le digo lo que le quiero decir de verdad y procuro ser auténtico en todo momento. Es decir, son cartas verdaderas.

El lector es espectador de lo que yo les digo a mis destinatarios. De alguna manera, participa en ese diálogo llamémosle implícito. Es un juego a tres voces, digamos, pero calladas, en silencio. Sólo se oye el rasgueo de la pluma, o el rotulador en el papel en el que ahora escribo. Pero ese espectador esta vez se ha convertido en destinatario, y mi carta hoy es para él. Gracias por acompañarme en mi camino. Sin duda el lector es un amigo, diferente, pero de una gran plenitud. Creo que a eso se refería Gabriel García Márquez.

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