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Carta a un padre, un cuento de Javier García Cellino

Carta a un padre, un cuento de Javier García Cellino

Mi viejo fue una abeja en la colmena,
las manos limpias, el alma buena…

Carlos Montero, El corazón al sur

Querido padre:

No estaría bien que comenzara esta carta diciéndote que te escribo desde un ático al que no llega nunca el sol y que tiene algunas manchas de humedad en las paredes. No, las cartas de amor tienen que empezar por cosas amables como “hoy el cielo se parece al arco iris cuando se va de fiesta”, o “hay locos que se ríen y se abrazan mientras saltan por entre los charcos”, o “las estatuas que miran al mar son siempre felices”. Así que doy marcha atrás y recuerdo en primer lugar que falta poco para que se cumplan treinta años desde tu muerte, y que tenías un corazón tan grande que yo estoy seguro de que dentro de él podrían meterse todos los cuadernillos de caligrafía de Rubio y todas las nieves que fueron  cayendo desde que alguien tuvo la idea de ponerle un nombre al mundo. Y, si me apuras, hasta las montañas del Himalaya y del Everest, eso sí, bien juntas y con la promesa de no salirse de la raya, que los corazones tienen también sus rayas y sus fronteras y no es bueno traspasarlas, que luego llegan las anginas y los infartos y todas esas enfermedades raras que ahora se han puesto de moda.

No digo yo que fuera el corazón más grande de todos, que también el Dimas tenía uno que debía ser difícil abarcarlo entero con una cinta de medir, que por eso se pasó un mes castigado de rodillas, mirando para la pared, y todo porque no quiso chivarse al maestro de quién había sido el que le untó los ojos de jabón en el baño y después se le orinó en los pantalones. Y para qué hablar de La Encarnita y la Dolores, que andaban siempre juntas y les decían que eran tortilleras, aunque yo nunca entendía qué tendrían que ver las tortillas de huevos con que a todas horas estuvieran besándose en la boca, y que no hacía falta que presumieran de tener un corazón tan grande como el Océano Pacífico, que dicen que es el mayor de todos, pues bastaba con recordar el día que estuvieron llorando cuatro horas seguidas por los leprosos y por los niños pobres de África que no tenían nadie que los quisiera.

Y luego está lo de las manos. Que esas sí que no eran grandes, sino todo lo contrario: pequeñas, cuadradas y atravesadas por raíles de arrugas diminutas, que por algo habías entrado a trabajar a los doce años en los Altos Hornos de la Fábrica, y desde entonces esa humedad y ese frío que se te quedó pegado en los huesos para siempre, lo mismo que el orgullo de haber nacido en una familia pobre y roja, que con esto me pasaba lo mismo que con la tortillas de huevos de la Encarnita y la Dolores, no entendía que metieran en la cárcel y mataran a los que eran rojos, que qué más daría, pensaba yo, que la familia tuviera preferencia por ese color, con lo bonito que es, igual que el verde o el amarillo, por ejemplo. Así que me pasé muchos años de mi vida sin entender las cosas importantes del mundo, hasta que más adelante supe que ser rojos o ser tortilleras eran cosas importantes, como lavarse las manos con jabón Heno de Pravia, que dejaba la piel suave, como la de un  recién nacido, o leer tebeos del Capitán Trueno o de Mortadelo y Filemón, o aprenderse de memoria la Canción del pirata de Espronceda o las rimas de Bécquer, que allí sí que había amor de verdad, con tantas golondrinas que iban y volvían y después colgaban sus nidos en los balcones.

Aunque para importante lo de la cultura, que nos decías a madre y a mí que había que tener mucha cultura para que no nos engañaran, y por eso leías libros a todas horas y cuando yo me levantaba por las noches a orinar, aunque fuera a las  dos o a las tres de la madrugaba, tú seguías leyendo, sobre todo obras de teatro, que te gustaban mucho Zorrilla y otro señor con un nombre raro, Siespekeare o algo así, que no llegué nunca a pronunciarlo bien y que solo sabía que era inglés. Así que procurabas ver a todas las compañías famosas que pasaban por el pueblo y que se subían al escenario de aquel teatro coqueto que tenía dos plantas con arcos y un palco principal y galerías a ambos lados y que un día lo cambiaron por una tienda del Alimerka. Cuando crecí, me di cuenta de que los que mandaban en aquella época no tenían nada de cultura y por eso no apreciaban las cosas importantes como los teatros y los cines y los edificios antiguos con vidrieras de muchos colores y muros de piedra y escudos nobles en las fachadas. El alcalde estaba a todas horas con lo del progreso en la boca, y que había que llevarse bien con el progreso, no fuera que nos pasara lo que a otros países que se habían olvidado de él y así les lucía el pelo; así les lucía el pelo repetían a coro los concejales y los dueños de los supermercados donde los trabajadores entraban a las nueve de la mañana y salían a las diez de la noche y los de las franquicias de todo a cien y los chinos que creían que el progreso era una máquina que funcionaba las veinticuatro horas del día.

Era lógico que con tanta cultura y tantos libros que tenías en la biblioteca, acabaras de profesor. Profesor particular, sí, el primer profesor particular del pueblo, que daba clases de matemáticas y de francés. Dicen que los recuerdos son como las canas del corazón, aunque yo más bien pienso que se parecen más a esas montañas rusas que giran de una forma alocada y vertiginosa, como si no hubieran tomado pastillas contra el mareo, y por eso tantas veces, en una de esas subidas y bajadas, se me aparece la imagen de aquella tarde cuando veraneábamos en Valladolid y un francés se acercó a preguntarte por la dirección de una calle y entonces tú que te pones a hablar con el francés como si estuvieras en Francia y charlar en ese idioma con un francés de verdad fuera lo más natural del mundo. Mientras tanto, yo te miraba con la misma admiración con la que se contempla a un ídolo de fútbol, Di Stéfano o Kubala o alguno de los famosos de entonces, y me preguntaba si la gente que pasaba cerca de nosotros se daría cuenta del milagro que se estaba produciendo en ese momento.

Lo siento, pero se me está acabando el tiempo, así que ahora quiero contarte el resto de la historia, pues desde que tú nos dejaste aquella tarde de un diciembre frío y triste, con esa tristeza que tienen las almas en pena o los enfermos del riñón que están esperando por un trasplante, y años después madre pasó a mejor vida (confieso que aunque soy mayor sigo sin entender el significado de esa frase), las cosas comenzaron a torcerse hacia el peor de los sitios, que es el de las derrotas, como uno de esos barcos que hacen agua por todas partes y terminan hundiéndose en el fondo del mar.  Primero me echaron del trabajo;  te lo merecías por rojo, dijeron los jefes, así que ese día volví a reafirmarme en la idea de que ser rojo o tortillera eran cosas más importantes que los supermercados o las tiendas de a cien o los bazares chinos donde se trabaja a cualquier hora. Y, como no podía pagar el alquiler del piso, llegaron los del juzgado a desahuciarme, y menos mal que estaban allí la Encarnita y la Dolores que, aunque no pudieron impedirlo, me dejaron el ático donde vivían antes. Que a ellas les pasa como a ti y como al Dimas, que tienen un corazón tan grande que a veces se les escapa del pecho, y por eso te escribo desde este ático al que no le llega el sol y que tiene algunas manchas de humedad por las paredes, pero desde el que se ve el cementerio. De este modo, me imagino que estamos sentados a la mesa los tres, como hacíamos después de comer, cuando tú nos contabas que habías comenzado a trabajar a los doce años en los Altos Hornos de la Fábrica y a madre le resplandecían los ojos al escucharte y yo era aún chico y no sabía que más adelante ibas a hablar en francés con aquel francés de verdad para que todos supiéramos que eras el padre más importante del mundo.

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Autor: Javier García Cellino. Título: Rosas negras sobre Guernica. Editorial: Bajamar (colección Azor). Venta: Todostuslibros.

El creador de la editorial de poesía “Bajamar” y de “Azor” de narrativa, César García, maestro de infantil, es un editor errante al que se le puede encontrar con su carro lleno de libros en cualquier rincón de la ciudad. Sirva la publicación de este relato a modo de homenaje a todos los editores que continúan su labor de difusores de la cultura.

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