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Conrad no es un escritor de aventuras

Conrad no es un escritor de aventuras

La anciana Jessy convalecía de una operación de rodilla en la casa familiar, en una habitación junto a la que esa noche dormía su marido achacoso y enfermo. Al amanecer, la mujer oyó  una voz sofocada, un confuso sonido de pasos, casi como si  un fantasma se hubiese desplomado en el suelo y por último el silencio”. Supo que él había muerto.

Tras la puerta cerrada, recuerda la esposa, yacían los restos de quien fue, tal vez, la persona más extraña del mundo. La muerte parecía haberlo alejado por completo de sus semejantes. A mí también me daba la impresión de desconocer algún detalle, que ya no llegaría a saber nunca.

Ese extraño hombre con el que Jessy había compartido 30 años de su vida, dos hijos y un nieto era el escritor Joseph Conrad. Y es que puede ser que la vida de una mujer sola sea insuficiente para conocer a fondo a un hombre que ha vivido tantas.

Conrad el cazador

Hay dos grandes tipos de escritores, los cazadores y los recolectores. Joseph Conrad pertenecía al primer grupo.

En ambos casos, la calidad de la producción literaria nada tiene que ver con su naturaleza, sino con la creación misma. Un escritor cazador, en acción, necesita moverse por un territorio real para poder crear. Normalmente este tipo de escritor, siguiendo su propia naturaleza depredadora, vive una vida nómada en lucha constante con el tiempo de manera que, desde fuera, puede dar la impresión de ser tan solo un hombre que corre, con ese egoísmo creador del que nunca mira lo que deja atrás(marchar o morir); como si hubiese nacido con la necesidad de llegar a lugares en los que nadie le espera.

Este tipo de escritor desarrolla una juventud ajena a la escritura, aunque inevitablemente enlazada a lecturas devoradas con canibalismo. Se trata de hombres singulares, en conexión genealógica con los dioses o los héroes y que por ello saben(o intuyen) que la vida real no es nada, que no tiene interés por sí misma; que es tan solo una  sucesión de hechos efímeros que trazan el dibujo imaginario de una línea temporal del paso del ser humano por el mundo. Y que para que merezca la pena, alguien tiene que contarla.

Por eso el cazador necesita moverse con velocidad, probar mujeres, viajar sin descanso, consumir los días, recordar los hechos, agotar los libros para terminar enfrentándose, necesariamente, con el mismo diablo encarnado en la orfandad, la guerra o el mar.

Necesita, en definitiva, vivir para luego poder contar; para que las páginas de lo escrito estén chorreantes de voces diferentes  y de verosimilitud( que no de verdad) pues no hay que olvidar que los escritores cazadores son tramposos, imaginativos, mentirosos, clandestinos, silenciosos. Pueden ser grandes conversadores pero no malgastarán su lucidez en la reflexión sincera, la expresión de los sentimientos, la disculpa o la verdad. Se reservan las palabras  para escribir lo que callan, que es siempre en ellos lo más valioso.

Joseph Conrad, niño huérfano, aprendió desde pequeño que la capacidad de observación era el privilegio de los solitarios y dedicó su vida a adiestrarla. Los viajes y el mar potenciaron esa mirada y las lecturas le dieron sentido. Todo lo demás, su genio, su talento, su brillo como creador, se desarrollaron bajo la costra de una voluntad poderosísima por ser quien quería ser, corrigiendo sin descanso las modificaciones de deriva y abatimiento de la vida con absoluta precisión marinera.

Valiente, concreto, con un control absoluto en la arquitectura narrativa, Conrad escribe sobre la quietud cuando aún es un escritor en movimiento y sobre la acción cuando echa definitivamente el ancla en tierra firme. El ingente caudal emocional y narrativo del escritor se desborda en cada página en tonalidades singulares de su léxico único gestado en milagroso equilibrio entre el exceso oriental y el pragmatismo anglosajón.

Conrad en Valdemar

Cuentos completos, de Joseph ConradCon este volumen de relatos que ahora nos presenta Valdemar, tenemos la oportunidad de revivir, deslumbrados, todo aquello en el enigma magnético de la narrativa breve de Conrad; poder sentarnos junto al capitán al caer la noche, en el castillo de popa, el cigarrillo encendido como única luz y absortos en el destello del trazo blanco de  una sonrisa en contraste con la piel atezada del rostro de marino que apenas empieza a distinguirse en la quietud de la oscuridad creciente, dejar que su voz, levemente alzada sobre el sonido del chapaleo del agua contra el casco, vaya desgranado esas historias que, al cabo, poco importa si son reales o imaginadas; si han ocurrido en el mundo o solo en la mente misteriosa y fértil de este hombre excepcional que jamás escribió sobre la aventura, sino sobre algo mucho más complejo y oscuro reservado tan solo a los escritores tocados por el dedo de Dios: sobre el Hombre.

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Título: Cuentos completos (clásicos). Autor: Joseph Conrad. Editorial: Valdemar. Edición: Papel

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