«Antes fui la chica para todo del taller: la que removía el picón de los braseros y barría del suelo los recortes, la que calentaba las planchas en la lumbre y corría sin resuello a comprar hilos y botones a la plaza de Pontejos», confiesa Sira Quiroga en la primera novela de María Dueñas, El tiempo entre costuras (2009). El Diccionario de la lengua española (2023) define chico o chica para todo así: «Especialmente en el ámbito doméstico, persona a quien se encomienda todo tipo de menesteres». Y se utiliza en sentido figurado. Años antes, a comienzos de este siglo, en la décima acepción de chica todavía se daba esta otra: «Criada, empleada que trabaja en los menesteres caseros».
Quien no va a cambiar es Carlos Alfaro Gutiérrez —cuentista a quien admiro—, que murió el lunes 21 de octubre de 2024, a la edad de 77 años, después de sobrellevar una convalecencia larga mientras se iba amortiguando como la sirena de un barco hacia alta mar. Ingeniero de Caminos, director de cine —se encaprichó de ese oficio—, poeta, novelista de vanguardia, madrileño, inteligente, todos sus libros están dedicados a la misma mujer: Maribel Sánchez. Es decir, el poemario Contracanto (1976), los cuentos y microrrelatos de Señales de humo (1978), de Puntos de luz (1991), Lecciones de cosas (1983)… En 1974 no eran todavía novios, y por eso no le dedicó Easy Joe dice sí a Chile Walker. Una antología, Granos de mostaza (2000), resume veinte años de narrativa breve de este escritor firme, adelantado, valiente con el dolor, que merece un sitio más alto y más lectores.
Su característico proceder narrativo les da personalidad a sus historias. Carlos Alfaro tejía la historia desde una voz que todo lo sabe y se enfocaba a un tú con un dedo acusador, crítico, implacable. Un tú que reprocha y busca hacer justicia y a veces comprender de arriba abajo, íntegramente, hasta los corazones podridos. Hasta sus finales, entre abruptos e insospechados. «Narrantes». Para pensar. En internet siguen navegando piezas maestras suyas superbreves: «El crimen de cada día», «Paternidad responsable», «Un encuentro».
El talento imaginativo Carlos Alfaro desmiente que en una veintena de líneas no se pueda retratar a un personaje. A los sinvergüenzas les bastan unas pocas maldades. Y el verbo parar. Que tiene algún significado propio de perros.
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Chica para todo
Estabas a medio comer aún, todavía no habías empezado con el postre cuando trajeron el paquete. No era grande, venía envuelto con el clásico papel a rayas de regalo, y pensaste que sería, como tantos y tantos otros que te llegaban por Navidad, el acostumbrado surtido de turrones y botellas. A punto ya de abrirlo, un sonido, un leve pero inconfundible tictac, te paró en seco, haciéndote por un momento pensar en la posibilidad de un artefacto. Era absurdo, parecía incluso pueril llegar a sospecharlo, pero tanto te habían llamado explotador en la fábrica, tanto habían hablado de tu inhumanidad y de que tratabas a los obreros como animales, que cualquier reacción era posible. Inconscientemente, sentiste pena, cierta forma de indignación incluso, y pensaste que no era justa la etiqueta de cabrón que te habían ido poco a poco colocando. Luego, ya de malhumor, te levantaste, y, tras mirar un par de veces al paquete, se lo diste a la criada para que lo abriera ella misma en la cocina.
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Puntos de luz, El Paisaje Ediciones, Aranguren (Vizcaya), 1991, págs. 38-39.


«El crimen de cada día»
Alguien, no viste quién, abrió la puerta, y saliste con toda la vitalidad con que te fue posible hacerlo, pensando que la libertad estaba enfrente y que te daban por fin la posibilidad de disfrutarla. Obviamente, no la encontraste: contra lo que esperabas, solo hallaste un lugar más espacioso, paredes infranqueables, y varios hombres a los que hasta entonces jamás habías visto, con la crueldad dispuesta y el más feroz de los sadismos preparado. Después, fueron quince minutos, veinte tal vez, de auténtico martirio, en los que tuviste ocasión de conocer sobre tu cuerpo la violencia, y supiste del terrible extremo a que es capaz de llegar en su brutalidad el hombre, de forma arbitraria y sin razón alguna que además lo justifique. Quizá, es probable, te preguntaste por qué lo hacían, cuál era la auténtica razón de que te torturaran de ese modo, o quizá, quién sabe, no llegaste a preguntarte nada, pues, como ellos decían, ni sufrir podías, y pensar era una función para la que solo ellos estaban capacitados. Después, cuando se cansaron, viste que uno de ellos, el más cruel posiblemente, se paraba frente a ti con su arma preparada, y tuviste la impresión de que el momento del fin estaba próximo. No dudaste: esperanzado, te arrancaste contra él con las pocas fuerzas de que disponías, y respiraste tranquilo al sentir en tu cuerpo la llegada de la muerte, el borbotón de sangre que, viniéndote de muy dentro, te inundó de golpe las fauces, desbordando generoso la glotis y la garganta. Después, no sentiste más, caíste al suelo como un fardo, y un clamor unánime atronó el ruedo, pidiendo, con rara y terrible unanimidad, que te cortaran las dos orejas y el rabo.
Carlos Alfaro