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Cinco poemas de Ni un día sin poesía, de Diego Moldes

Cinco poemas de Ni un día sin poesía, de Diego Moldes

Inspirado por los consejos de dos grandes poetas y amigos míos, Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) y Alejandro Jodorowsky (Tocopilla, Chile, 1929), en la primavera de 2016 decidí escribir un breve poema cada día. Había sido operado de la muñeca el verano pasado y las complicaciones se sucedieron en una lenta rehabilitación de varios meses que implicó, además de una baja laboral demasiado larga, la imposibilidad de escribir con la mano derecha. Siendo diestro y vocacional escritor, constituyó para mí una pequeña tragedia personal. En ese contexto nació la necesidad de escribir pequeñas anotaciones en una pequeña agenda de tapas negras, marca Miquel Rius, de hojas en blanco sin absolutamente nada impreso. Digo agenda, pero al no tener fechas ni números ni nada quizá debería decir cuaderno o cuadernillo. Finalmente, con la mano bastante mejor pero aún con grandes molestias, comencé el ejercicio de registrar cada día —casi siempre cada noche— un pequeño texto poético, poema, antipoema o aforismo, haikú, seudokoan o incluso microrrelato poético podría llamarse. Da igual el nombre, como dijo Korzybski, la palabra “perro” no muerde y el “mapa” no es el territorio. Con inspiración o sin ella, con energías o exhausto, a la vuelta del trabajo o tras las clases que impartía en la universidad a alumnos extranjeros, cada día, pasara lo que pasase, con frío o calor, sol o lluvia, durante la semana o el fin de semana, laborable o festivo, en Madrid (en cafeterías, bares, en casa, el metro, los sofás de la Fundación March o la Biblioteca Nacional), Toledo, Galicia (en Pontevedra, A Caeira, La Toja, las playas de A Lanzada o San Vicente do Mar), los aeropuertos de Oporto y Barajas, en hoteles o incluso en París, yo debía escribir un pequeño poema, sí o sí, a pesar de todo y sin importar ni el estilo, ni el tema, ni la unidad entre los textos, ni ningún otro formalismo. Sin ser escritura automática, debía surgir de mi Verdad interior en el momento en que se producía el acto de escritura, sin prestar la más mínima atención ni a posibles editores ni a potenciales lectores. La poesía es el género literario más difícil que existe, especialmente si es buena, pues si es honesta es el arte puro y desnudo, sin añadidos ni aditivos. La idea era escribir sin pensar en publicar, sin pensar siquiera en que fuesen leídas, incluso conservadas. Parecerá un nimiedad, pero tratar de no repetirme, crear algo nuevo cada día (aunque obviamente no fuese original, pues la originalidad plena no existe), era un esfuerzo mayor de lo imaginado. Se trataba, se trata, de un acto vital, aunque existía el riesgo de que al releer esas poesías el cuaderno acabase quemado o en la basura. El peso de los poetas que admiro era tan grande y prolongado en el tiempo, desde la infancia, que el miedo al bloqueo era diario. Pero ese miedo desapareció. No quise recordar entonces, aunque sí lo hago ahora, los centenares de poemas juveniles destruidos o perdidos, del que apenas conservo un puñado ilegible, y no sólo por estar escritos a mano, sino porque reflejan al tonto adolescente que fui. Los poemas de ahora poco tienen que ver con aquellos, escritos casi todos entre 1991 y 2001, y que a nadie interesan (¿salvo a sus destinatarias, o ni eso?).

Ahora que casi llega a su fin la escritura en el cuadernillo, me pregunto cuál es la finalidad de estos poemas: he descubierto que la poesía no tiene fin ni finalidad. La poesía es un ser, un existir, un hálito vital, como respirar, sonreír o beber agua.

1 de abril de 2016

VIII

Todo se agita.

Todo se rebela.

Todo es caos.

Nada se agita.

Nada se rebela.

Nada es caos.

Todo es quietud.

Todo se revela:

Todo es Paz.

 

10 de mayo de 2016

XLVII

No te vi.

Junto al árbol del sendero,

entre las ramas yertas

y las hierbas secas,

no te vi.

No te vi;

en el bosque invernal,

ante el aquelarre nocturno,

de hermosas brujas desnudas,

no te vi.

No te vi,

entre las zarzas y arbustos,

sobre musgos congelados,

no estabas:

todos los pájaros habían volado.

 

2 de agosto de 2016

CXXXI

Un solo niño en la orilla

escarba y escarba

en la arena,

la brisa sopla quebrada

entre dunas y piedras,

trae desde el fondo

del mar,

los lamentos marineros,

con ojos somnolientos

y ajados, la vieja lo

mira a lo lejos,

¡sin olvidar a los muertos!

Un solo niño en la orilla

escarba y escarba…

en la arena.

 

3 de agosto de 2016

CXXXII

Los días se abren paso

entre preguntas y cuerpos,

lugares de nuestra infancia,

playas y pubs de la adolescencia.

La memoria son los despojos

de nuestro olvido.

Era un mundo insaciable,

joven, dorado, vivo y ardiente,

días que se alejan fugaces

presos de deseos y sueños,

anhelos imposibles, inmensos,

que cabían en un puñado

de arena, en un whisky DYC

o un ron con coca-cola.

 

19 de agosto de 2016

CXLVIII

 

Palabras como ternura,

alma, lealtad, vida,

ya no son propias de

un poema.

Sentir el hastío

de los músculos, cada

vez más fláccidos,

los tendones negándose

a sí mismos, los huesos

doloridos.

El cuerpo es surtidor

de sueños, mástil de

realidades, la mente,

ay, la mente, teje

ilusiones sin dueño.

Nota del autor: Aunque Alejandro Jodorowsky nunca me propuso exactamente “que escribiese un poema diario durante cien días”, sí es cierto que su ejemplo de creador y trabajador incansable me sirvió de inspiración, especialmente por Poesía sin fin, título tanto de su antología poética, que presentamos juntos en 2009, como de su gran film de 2016. Lo que Alejandro me dijo, cenando en Madrid, fue más o menos esto: “Intenta escribir un poema cada día, sin pensar en publicar, sólo para demostrarte a ti mismo que eres poeta. Prueba. ¡Hazlo!”. Meses después, ya en 2016, al día siguiente de la première de su película Poesía sin fin en el Auditorium del Museo del Louvre, durante la sobremesa de una memorable comida en París —que recoge uno de los poemas de este libro: LXXIX, 11 de junio de 2016— le mostré mi agenda con los peomas y le dije que había seguido su consejo psicomágico. Me preguntó si lo haría durante cien días, le dije que llevaba 78 (esa noche escribí en París el poema 79 citado ut supra) y que no sabía hasta donde llegaría. Paré el 21 de agosto, con el poema CL. Fueron por tanto no cien sino ciento cincuenta poemas.

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Autor: Diego Moldes. Título: Ni un día sin poesía. Editorial: Mueve tu lengua. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro