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Cita a ciegas. Historia de superación de Espido Freire

–Qué pena, huérfano tan joven.

La chica me mira con sus ojos azules muy abiertos. Me resulta guapa, parece dulce. Siempre cuento lo mismo, mi madre murió en un accidente, cuando yo tenía seis años, mi padre de enfermedad, quince años más tarde. Creo que solicitaré una segunda cita: a ella, parece, también le he gustado.

–Pon esta foto, y esta otra –me dirigieron mis hermanas. La idea de entrar en una web de contactos fue de ellas; Nuri dedicó mucho esfuerzo y empeño a convencerme–. Las horas del gimnasio, que se noten.

Escogieron algunas imágenes en las que aparezco con el torso desnudo, otra en una boda, vestido con un traje. Yo no me manejo bien con estas cosas, me avergüenza todo, y no distingo lo adecuado de lo impropio. Mis hermanas muestran siempre desparpajo, enderezaron su vida con rapidez, se casaron pronto, me han dado cinco hijos, dos ahijados, pero yo soy más tímido; necesito mucha confianza para sentirme cómodo con alguien; no sé nunca de qué hablar. Además, sufro esta torpeza de los altos que no saben ni dónde colocar las piernas. Mido uno noventa, peso cien kilos. Si me miran, enrojezco, y si enrojezco, tartamudeo, y me quiero morir.

–No te van a comer –bromea mi hermana Mariajo, y se desternillan las dos. Me han intentado emparejar con sus amigas, y con las amigas de sus amigas; no quieren saber nada de mí. A ellas no se lo dicen abiertamente. Con algunas he quedado alguna vez, tuve un par de líos que se quedaron en nada. La verdad no la tratamos de frente: me tienen miedo. Eso lo sabemos todos, mis hermanas, sus amigas, y yo. Me tienen miedo, es así de simple. Me han visto crecer, he jugado con ellas, las he sacado a bailar en los cumpleaños, las alcancé en estatura, las superé; y de pronto recordaron, aprendieron ese miedo, y se alejaron. Durante un par de años salí con mi única novia. Luego se marchó a estudiar a Valencia, y lo dejamos.

"La verdad no la tratamos de frente: me tienen miedo. Eso lo sabemos todos, mis hermanas, sus amigas, y yo. Me tienen miedo, es así de simple."

Así hemos acabado en una web de contactos, los datos, suministrados por mi hermana, las fotos, por mi otra hermana. Quedaré otra vez con esta chica, sí, tiene ese punto de carácter que me gusta, pero quiere complacer. Yo también.

–Tráela a comer en cuanto puedas –me recomienda Nuri–, que nos conozca a nosotras, a los niños.

Sí, eso lo sabemos, debe conocer a la familia, a mis cuñados, que son hombres apacibles, rutinarios, a los sobrinos. A mis hermanas, a mí con ellas, a mi abuela, un poco más tarde. Debe vernos como una familia normal, unida, antes de que sepa o de que alguien le aclare qué ocurrió. Siempre aparece alguien bienintencionado que se lo cuenta a esas chicas, si ellas no lo conocen. Quieren protegerlas, he aprendido a entenderlo. No es culpa suya.

Cuando era más joven, eso me atraía simpatía, comprensión. Fui un niño mimado, a mi manera. La abuela, siempre pendiente, mis hermanas, como leonas a mi alrededor. Así nos protegíamos, cuando mi padre llegaba torcido: mi madre ante mis hermanas, con los brazos extendidos, mis hermanas, un paso por detrás, delante de mí, al que protegían con sus cuerpos. Como las yeguas frente a un lobo. Mi padre nunca me pegó, ni a Mariajo. Cuentan que a mí me quería mucho. A mi madre, a lo que dicen, parecía que también. Eso no le privó de darle ocho puñaladas. Con la primera la rajó de abajo a arriba, para causar más daño. La mató de esa única herida. Las demás fueron por gusto, supongo, o para asegurarse.

Él se hizo algunos cortes; uno necesitó cuatro puntos. Nuri los encontró a su regreso del instituto, a mi madre abierta en canal, cubierta de sangre y de sus propias entrañas, a mi padre lloriqueando, mientras esperaba a la policía. Yo no los vi; los detalles los supe años después, cuando murió mi padre. Se dio de cabezazos contra una pared hasta que se reventó el cerebro, durante un permiso. O le dieron, nunca quedó claro. Dicen que esa conducta la tuvo siempre, que a veces, cuando se proponía no pegar a mi madre, se golpeaba contra las paredes. Yo creo que se le fue la mano. Era un animal.

"Hemos pasado de terapia en terapia, nos han explicado con detalle los engranajes del maltrato. Seguimos sin aclararlo."

Cómo van a comprenderlo, si yo mismo no lo entiendo. Hemos pasado de terapia en terapia, nos han explicado con detalle los engranajes del maltrato. Seguimos sin aclararlo. Por qué mi madre no nos cogió y se fue. Por qué le permitió el primer golpe. Por qué, cuando comenzó a pegar también a Nuri, no entendió que aquello solo acabaría en muerte. Por qué no pidió ayuda. He aprendido a perdonarla y a quererla, pero no la comprendo. Sé que él era un cobarde: yo también lo soy. Huyo de los enfrentamientos, comencé a ir al gimnasio porque con mi aspecto desanimo a quien se quiera meter conmigo. Me viene bien ser grande. Me dejan en paz. Sé que él no comprendía las relaciones. Yo tampoco. Veo a mis hermanas, a sus amigas, siempre un paso por delante de mí, y muchas veces me siento inútil, incapaz. Un tonto. Me dicen que él se sentía así, también. A diferencia de mi madre, a él le entiendo, le veo en mí. Y le odio. Sé que nunca me comportaré como él, pero es horrible que nos parezcamos.

Llevaré a esta chica a casa, que vea lo que somos. Una familia normal con una espina clavada. Con un secreto, con una carga. Yo no me manejo muy bien en estos casos, necesito mucha confianza para distinguir lo adecuado de lo impropio. Nunca se sabe, esta vez puede salir bien. Y si huye, qué le voy a hacer. Comenzaré de nuevo. No es culpa de ella. Y, eso lo sé, no es culpa mía.

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Historias de superación en ZendaEl 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Como actividad paralela al concurso en marcha de #historiasdesuperación, patrocinado por Iberdrola, esta semana cinco escritores, Juan Gómez-Jurado, Lorenzo Silva, Espido Freire, Paloma Sánchez-Garnica y Agustín Fernández Mallo, participan en Zenda escribiendo historias de superación.