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Claudio Cerdán: «Los psicópatas están entre nosotros»

Claudio Cerdán: «Los psicópatas están entre nosotros»

Escribía Claudio Cerdán (Yecla, 1981) en sus crónicas de ABC sobre el juicio de Ana Julia Quezada que las novelas de Jim Thompson se caracterizaron por mostrar a criminales sin escrúpulos que eran capaces de cualquier cosa para que no los detuvieran. «Sus historias repetían un mismo patrón: cuando iban a ser descubiertos volvían a matar. En los estertores finales del juicio contra Ana Julia Quezada queda la duda de hasta dónde podría haber llegado en su crueldad con tal de salirse con la suya. Lo tenía difícil, pero lo intentó hasta el último instante». De aquellos barros, estas novelas. Cerdán publica hoy El hombre sin rostro (Destino, 2024), una novela que para los padres resultará un título de terror, pues aquí los niños son protagonistas y víctimas a la vez de una persona que, como decía el autor en el mencionado diario, había llegado a un cierto nivel de crueldad con tal de salirse con la suya. Bien lo saben en esta historia Inés Herrera y Roberto Cusac, porque no hay mayor dolor para un padre que perder a un hijo.

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—Inés, al comienzo del capítulo cincuenta, grita desesperada: «¿Cómo pueden raptar a una persona en un hospital?». ¿No es esto lo que más temor nos da, que en un lugar supuestamente seguro nos sintamos inseguros? Como cuando te entran en casa.

"Que se lo digan a los de Ucrania o a los de Siria"

—Al final hay una falsa sensación de seguridad. Creemos que vivimos completamente seguros y mañana hay una guerra. Que se lo digan a los de Ucrania o a los de Siria. En nuestro día a día es igual: en cualquier momento nos puede venir alguien por la calle y… En fin, lo que pasa es que no sucede, pero alguien puede salir con un cuchillo (ya hemos visto lo que hacen los terroristas). Creemos que no nos va a pasar nada nunca, pero ¿y si alguien nos lo hace? Ahí ya entraría un poco la obsesión y la psicosis de cada uno, aunque tampoco es cuestión de vivir así. Pero sí que es cierto que determinados sitios, como por ejemplo el hospital que comentas tú, no están hechos precisamente para que sea un sitio inexpugnable. No es una cárcel, no es un bastión, al final es un hospital; la gente entra, hace sus visitas, no sabes quién va, quién viene… Y la forma de sacar a una persona es por la puerta.

—Entonces, ¿presuponemos la seguridad?

—Nosotros vivimos seguros. Creo que España es uno de los países más seguros, pero eso no quita que en cualquier momento pueda suceder cualquier cosa. Por suerte no ocurre así, porque los delincuentes tienen muy claras cuáles son las consecuencias. El problema es si te viene alguien que no tenga tan claras esas consecuencias, alguien con trastornos mentales o directamente adicciones que le hacen cambiar su forma de ser. En Yecla, que es donde yo nací, un compañero mío de colegio, que claramente iba a ser criminal, mató a un señor para robarle la recaudación que había sacado de la tragaperras, que creo que eran ochenta euros. ¿Pueden suceder este tipo de cosas? Pues sí, pueden suceder. Lo bueno es que no sucedan.

—¿Se puede prevenir? Cuentas que este compañero tuyo iba para delincuente.

—Este hombre llevó mucho tiempo lejos de la ciudad. Entiendo que estaba en la cárcel. En cuanto salió volvió a las adicciones. Si estás tanto tiempo tomando drogas el cerebro también se resiente. Y matar a una persona por lo que haya podido sacar de una tragaperras, un señor mayor además… ¿Cómo puedes racionalizar eso que ha sucedido? Los niños, por ejemplo, están completamente desprotegidos. Cuando voy al parque con mi hijo lo que miro son los posibles peligros, las vías de escape, todo este tipo de cosas. No estoy realmente tranquilo hasta que volvemos a casa.

—¿El hombre sin rostro se venga de los niños porque «son crueles» y le llamaban Caramierda?

"Si ese hombre hubiera dicho que mató porque oyó voces en su cabeza no se habrían demonizado los juegos de rol como se demonizaron"

—Yo eso lo tomo más bien como el detonante. Si una persona, en este caso, tiene algún tipo de trastorno mental se puede justificar cualquier tipo de actos que cometa. Estaba el otro día hablando con un amigo de que el asesino del rol, que traumatizó a tanta gente en los noventa, dijo que había matado porque estaba jugando a un juego de rol. Pero si ese hombre hubiera dicho que mató porque oyó voces en su cabeza no se habrían demonizado los juegos de rol como se demonizaron. Mi madre pensaba que yo estaba invocando al diablo cuando estaba jugando al rol. Al final yo creo que nadie siente que es el villano de su propia historia, todos tienen una justificación, por pérfida que sea.

—Pienso en los comprachicos de El hombre que ríe, de Víctor Hugo, obra que a Inés le perturba. Has hablado de los cheilas de la India en Slumdog Millionaire, pero la historia, en concreto en España, ha dado más leyendas similares: El hombre del unto del Bierzo, El tío Garrampa de Albacete, El sacamantecas, El compraniños de Lérida, El cortasebos de Extremadura…

—Los sacamantecas es algo muy patrio, muy español. Era gente que no tenía ningún tipo de escrúpulo de llevarse a niños para luego hacer lo que hicieran con ellos. Los sacamantecas hacían unto… Enriqueta Martí raptaba niños para luego prostituirlos. Es un tema bastante sórdido que se ha ido perpetuando a lo largo de los años.

—De hecho, los comprachicos de Víctor Hugo realmente tienen arraigo español.

—Es lo que me sorprendió cuando empecé a investigar, más allá de El hombre que ríe, el tema de los comprachicos. Los actuales daban veracidad a aquello que inventó Víctor Hugo y que, además, lo ubicaban en España, y más concretamente en la zona de Levante, Alicante y Murcia. Lo que él cuenta en la novela, que es terrorífico, realmente pudo tener una base real. Habla de que Ramón Sellés era el jefe de los comprachicos. Sellés existió, fue un bandolero, un criminal bastante sanguinario que operó por toda la zona de Levante.

—¿Cómo empezaste a trabajar en este libro? ¿Fue a partir de la investigación de los comprachicos?

"Tenía que quitarme de alguna manera esas pesadillas y convertirlas en ficción para que ese dolor ya no fuera real"

—Yo no me pongo a escribir hasta que tengo la novela completamente terminada en mi cabeza. Sabía lo que quería hacer y cómo quería hacerlo, los personajes y todo. Si me preguntas cómo surgió, yo estuve colaborando con el ABC en el juicio de Ana Julia Quezada. Hacía unas crónicas más literarias que las de Cruz Morcillo, que eran las periodísticas, las reales de lo que pasaba en el juicio. Estuve en todas las sesiones y lo que se vivió allí me impactó bastante. Tenía que quitarme de alguna manera esas pesadillas y convertirlas en ficción para que ese dolor ya no fuera real. Ahí es cuando empecé a darle vueltas al tema de los comprachicos que había leído de Víctor Hugo y unir cabos hasta que finalmente completé lo que es la historia.

—¿De dónde sale el personaje de Roberto Cusac? A ratos parece, precisamente, el villano de su historia.

—Él tenía un niño, Jaime, que desapareció bajo su cuidado. Estaba un día con él en el parque, lo perdió de vista, y el niño no volvió a aparecer. Esa culpabilidad se traduce en una autodestrucción; el personaje llegó a ser alcohólico y estuvo bastante mal, pero se recupera cuando nace su segundo hijo, un niño que no esperaban, que en la actualidad en la que transcurre la novela tiene la misma edad que tenía el otro niño cuando desapareció. Entonces Roberto también se siente culpable por comparar continuamente a los dos niños: el que ya no está, el fantasma, con el que tiene en este momento.

—Roberto Cusac nunca había empuñado un arma, cuentas en la página ochenta, pero ocho después dices que a veces fantaseaba con salvar a algún chico de su captor: «Era una idea que le hacía daño y le reconfortaba a partes iguales». ¿No es curioso que un tipo como Cusac, que nunca ha empuñado un arma, fantasee con rescatar a un niño de su secuestrador?

"El fantasear con rescatar a un niño ya implica que haya un niño secuestrado, así que de alguna manera se siente culpable"

—Sí. Más allá de no haber empuñado un arma —obviamente una persona que había sido policía en algún momento tuvo que hacer alguna práctica de tiro—, lo que se refiere es que nunca había disparado contra nadie ni había tenido que utilizarla realmente. Y claro, el fantasear con rescatar a un niño ya implica que haya un niño secuestrado, así que de alguna manera se siente culpable de que haya niños secuestrados para que él sea el héroe en su cabeza y poder quitarse esa espina: salvar a un niño que no es el suyo pero que ha sufrido lo mismo.

—Pero sigue Roberto cargando con su culpabilidad.

—Él piensa: «¿Por qué no he llegado antes? ¿Cómo no lo he visto? ¿Cómo no he podido pararlo?». Además, teniendo en cuenta que le ha desaparecido un hijo, tiene una culpabilidad terrible por haberle pasado a él. Estamos entrando en el terreno del dolor real, el de un padre que ha perdido un hijo y lo que puede sentir o pensar. Roberto Cusac está en esa dinámica en la que pasan los días, le falta algo para ser feliz y no consigue encontrarlo. Sí que es cierto que rescatando a otros niños, luchando contra este hombre sin rostro que encarna el mal absoluto, de alguna manera lo compensa, le da una justificación a su ser, pero siempre va a estar ahí la desaparición de su hijo.

—De Inés, por su lado, dices que es una madre sin hijo, un alma partida por la mitad. Si Roberto se siente culpable, ¿cómo se encuentra Inés? ¿Una madre sin hijo es una madre vacía?

—Yo tengo dos niños y sufro mucho. El miedo de que les pase cualquier cosa, desde que se caigan al suelo hasta que otro niño le haga bullying, me da mucho miedo como padre. Entonces, ¿cómo lo sentiría una madre? ¿Cómo puede sentirlo una madre que lo ha gestado, que lo ha llevado dentro, que lo ha amamantado? ¿Hasta qué punto puede ese dolor, ese miedo, ser exponencial? Puede ser muy superior al que pueda sentir un padre.

—¿Los miedos de adulto son miedos escogidos, y los miedos que tenemos de niños más primarios?

"Los miedos de adultos son más prosaicos, más reales, más tangibles"

—Los miedos de niños se dan por supuesto: miedo a la oscuridad, a los ruidos, a los fantasmas, a cualquier cosa que se les pase por la cabeza. Pero los miedos de adultos son más prosaicos, más reales, más tangibles. Estamos hablando en este caso de desapariciones de niños. Ahora hay una ola de autoayuda que dice que el miedo es una emoción que hay que perder porque no nos permite avanzar ni ser nosotros mismos. Pero finalmente el miedo es eso, una emoción, y las emociones no pueden controlarse. Es algo atávico, va dentro de nosotros. Si algo nos da miedo, nos da miedo; por mucho que intentemos racionalizarlo lo vamos a poder racionalizar hasta cierto punto. Entonces, ¿por qué se nos dice que vivamos nuestra vida sin miedo?

—¿El miedo nos mantiene alerta?

—El miedo nos hacía estar vivos. Veíamos un león y el miedo nos decía que no nos acercáramos porque el que no lo tuvo se acercó al león y probablemente acabara mal. El miedo, cuando estábamos indefensos en su momento, nos sirvió para sobrevivir. Ahora vivimos todos en unas casas con cerraduras de seguridad, con la alarma puesta, pero no quiere decir que alguien no coja el coche estando borracho y te mate. No podemos darlo por supuesto.

—¿Por qué el hombre sin rostro se miraba reflejado en un espejo de 1910?

"Cuando planeé al villano de esta historia, al hombre sin rostro que da título al libro, yo me pregunté si podía haber algo peor que un asesino en serie"

–Cuando planeé al villano de esta historia, al hombre sin rostro que da título al libro, yo me pregunté si podía haber algo peor que un asesino en serie. Los autores tenemos dos caminos: el fácil y el difícil. Hay muchas novelas negras que empiezan con un muerto en la primera página o en el primer capítulo. Entonces yo me planteo si puedo escribir una novela negra con un psicópata muy fuerte, muy impactante y que no mate. Y a partir de ahí es de donde saqué al hombre sin rostro. Sobre el espejo de 1910 al final tiramos un poco de lo que tenemos a mano. Yo quería hablar de una persona sofisticada, una persona con el dinero suficiente para poder hacer sus crímenes, que de alguna manera esté mimetizado en la sociedad, que nadie sepa quién es o lo que está haciendo. Es un pequeño detalle para el lector que esté avispado y vea que es un espejo realmente caro, no uno que haya comprado de la tienda de la esquina. Es una persona que maneja dinero para poder hacer toda la conspiración que ha montado.

—Cuentas en el making of que todos los días nos cruzamos con psicópatas por la calle pero que solo un número muy pequeño es el que mata.

—Eso está estudiadísimo. Hay infinidad de psicópatas en altas esferas, por ejemplo. Los psicópatas son la gente que no tiene empatía ninguna y les da exactamente igual. Son capaces de fingir. Si tienes esa capacidad, pues te dedicas a cosas en las que realmente se aprovecha, como un directivo que va por objetivos y le da igual despedir a media plantilla. Va a dormir tranquilo esa noche. Creo que un tres por ciento de la población tiene psicopatía o riesgos de psicopatía. De ahí a decidir empezar a matar gente o empezar a secuestrar niños yo creo que hay un paso, porque sí conocen la diferencia entre el bien y el mal. A lo mejor si no hubiera leyes que los castigasen, pues se atreverían a más. No lo sabremos. Pero los psicópatas están entre nosotros, por supuesto.

—Pero el hombre sin rostro tiene un rasgo físico que lo diferencia de la gente.

—Claro, ahí juego con que quizá no sea ni siquiera español. Quizá vive en una zona donde eso es más normal. Los rasgos que tiene él yo me los encontré. En su momento estuve trabajando en el Círculo de Lectores, que ya no existe. Iba puerta por puerta tocando a los vecinos y un día me abrió la puerta una señora que tenía los rasgos que comento en el libro. Me impactó mucho. Sabía que antes o después lo utilizaría en un libro. Hoy día puedes ponerte unas gafas de sol y una mascarilla y nadie va a preguntar nada, pasas completamente desapercibido.

—¿Se puede decir pues que la cara es el reflejo del alma?

—Podría ser. El hombre sin rostro ha modificado su propio rostro, igual que en su novela Víctor Hugo modifica al protagonista para que tenga una sonrisa perpetua. El hombre sin rostro lo ha hecho para ser una persona bella. Como en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, que cuando quita la tela del cuadro ve que aunque él sea bello realmente es un monstruo por dentro.

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