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El color del silencio. El making of

El color del silencio. El making of

Siempre me resulta difícil, a posteriori, decir exactamente cómo empezó a tomar forma una novela, aunque hay veces, como la presente, que sé cuándo me acudió la primera imagen o cuál fue el cabo del que empecé a tirar para ir devanando la historia.

Era verano y estábamos pasando unos días en uno de nuestros lugares favoritos, el Molino del Cubo, en San Esteban del Valle, en la provincia de Ávila. Mi marido había empezado a leer La conspiración del general Franco, de Ángel Viñas. Yo estaba escribiendo el segundo volumen de Anima Mundi, mi trilogía fantástica. De vez en cuando él me contaba cosas y me leía fragmentos, y en una de esas tuve la sensación de que acababa de conocer a un personaje que iba a ser central en una historia que tenía que ver con el alzamiento de los generales golpistas en 1936: Goyo Guerrero, un hombre de Franco en Marruecos. De inmediato me hizo ilusión la idea de situar una novela en ese país que tanto me gusta, y empecé a jugar con las posibilidades: ¿Casablanca? ¿Marrakech? ¿Rabat? Marrakech es quizá la más exótica y famosa, y la asociación con los jardines es inmediata, al menos para alguien como yo, enamorada de los árboles, las plantas y las flores, pero Rabat es la ciudad que mejor conozco, donde más veces he estado. Decidí dejar la cuestión durante un tiempo y empezar a bucear en mi interior buscando más personajes, buscando una trama.

"Si hay un misterio, una pregunta sin respuesta, una herida que no se cierra, tiene que haber alguien que busca resolver ese misterio, que necesita saber qué pasó para poder curarse."

Mientras tanto, sin embargo, seguía escribiendo mi trilogía y, cuando por las noches la historia de Goyo y de Marruecos venía a visitarme, tenía que pedirle paciencia para llegar a ser escrita, pero cada vez insistía más y, para tentarme, me traía personajes atractivos —Blanca, la mujer de Goyo (¿Dónde se conocieron? ¿Cómo se enamoraron? Tuvo que ser al principio de la guerra, o muy poco antes)— , y lugares de ensueño –el jardín de La Mora, el maravilloso y misterioso jardín (¿Qué pasó allí? Una fiesta, una loca fiesta para celebrar el alunizaje, luego eso nos llevaba a 1969. ¿Pero, por qué había pensado que era un jardín misterioso, que era inquietante incluso? ¿Un asesinato tal vez? ¿Habían asesinado a una chica esa noche? ¿A quién? Eso me llevó a Alicia, y a su marido, Jean Paul, al mundo de la moda francesa, al glamour de finales de los sesenta, en plena ola del flower power.

Pero faltaba algo más para que todos los elementos dispersos se coagularan y dieran una imagen con sentido. Ya sabía que la novela tenía que empezar en los años treinta por lo menos y continuar hasta 1969, pero sentía que también era imprescindible que la trama afectara a la actualidad.

Si hay un misterio, una pregunta sin respuesta, una herida que no se cierra, tiene que haber alguien que busca resolver ese misterio, que necesita saber qué pasó para poder curarse. Y cuando uno quiere curarse, busca soluciones. Entonces, a todo lo demás, se unió el tema de las constelaciones.

Varias personas en mi entorno tienen relación con ello; yo siempre me había sentido intrigada y entonces decidí probarlo por mí misma. La experiencia me fascinó y enseguida decidí que la novela tenía que empezar ahí, en una constelación, pero al otro lado del mundo, porque el viaje de Helena, además de ser un desplazamiento físico, tenía que ser un largo y doloroso viaje al pasado para tratar de dar sentido a las sombras que invaden sus cuadros. Entonces supe que Helena era pintora, una de las pintoras contemporáneas más importantes. Y eso me venía muy bien porque yo quería un personaje femenino, necesitaba que ya no fuera joven y me interesaba tratar ciertos temas de la posición de la mujer en el mundo del arte en relación con sus colegas masculinos.

Así descubrí a Helena, sus traumas y su necesidad de respuestas. Entonces me sucedió algo curioso: Helena no me caía bien; ni a mí ni —estaba segura— a los futuros lectores. Pero enseguida pensé que, como en la vida, no es necesario que alguien te caiga bien para entender lo que le pasa, para empatizar con sus problemas y para que te interese su historia. De modo que seguí adelante, disfrutando mucho de su forma de ver el mundo, de la aspereza de sus respuestas, de ir entrando en un ambiente que no es el mío.

"Solo alguna vez, muy rara, escribo una escena fuera de orden. En esta novela concretamente solo hay una que fue escrita antes que lo demás, porque tenía miedo de perderla."

Cuando escribo una novela, antes de poder poner una palabra, necesito saber quién va a narrar, y dónde empieza la historia. También sé dónde va a acabar, o al menos dónde quiero yo que acabe, y tengo muy claras unas cuantas escenas del desarrollo: escenas que veo con total claridad, como si las recordara de haberlas visto en una película. Sé que quiero narrar esas escenas concretas, pero lo que hay entre ellas queda siempre en una especie de penumbra que no quiero iluminar porque de ahí salen las sorpresas que saltan durante el proceso de la escritura.

No puedo trabajar como algunos compañeros que tienen una escaleta detallada, repartida ya por capítulos, y cada vez que se sientan a trabajar saben exactamente qué toca escribir y qué va a pasar en lo que escriban ese día. Yo no. Si hiciera eso, tendría la sensación de que solo es trabajo y me faltaría ese componente de dejarse llevar, de ver qué pasa y qué sorpresas me tiene preparado mi subconsciente o lo que sea que proporciona las sorpresas.

De modo que, una vez que tuve claro dónde empezaba la historia —con Helena en Australia, en una constelación, descubriendo algo que la va a empujar a la búsqueda de respuestas—, me puse a escribir. Pero, en cuanto terminé esas escenas, me di cuenta de que hacía falta algo más para entrar en la novela: un sueño, casi una pesadilla, que recoge varios de los temas centrales, como la obertura de una ópera, y prepara al lector para lo que va a venir.

Luego, como siempre, empecé a escribir con regularidad. Todos los días, o casi todos. En el orden en que luego aparecerá en la lectura. Solo alguna vez, muy rara, escribo una escena fuera de orden. En esta novela concretamente solo hay una que fue escrita antes que lo demás, porque tenía miedo de perderla. Pero creo que no se nota. Si algún lector, una vez acabada la novela, cree saber a qué escena me refiero, me encantaría que se pusiera en contacto conmigo (por Twitter, por ejemplo) y prometo decirle sinceramente si ha acertado.

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Autora: Elia Barceló. Título: El color del silencio. Editorial: Roca editorial. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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