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Cómo escribí La Leyenda del Ladrón (2)

Sevilla, protagonista de La Leyenda del Ladrón. Obra de Sánchez Coello

¿Cómo vivía la gente en el siglo XVI?

Cualquier investigador que se enfrente a un periodo histórico, incluso uno tan estudiado como nuestro siglo de Oro, hará frente a unas pocas certezas y un millar de vacíos. Sabemos mucho menos de lo que ignoramos, porque las fuentes que han llegado a nuestros días son indirectas. Una partida de bautismo, un relato, un cuadro… son ecos, reflejos pálidos, sombras en una caverna iluminada por antorchas. La vida real es sabor, olor, forma y sonido. Y eso no viene en los libros.

Verás, querido lector, tengo un truco para mis libros. No se lo cuentes a nadie. Consiste en saber tanto del mundo de mis personajes, tanto de lo que hacen, tanto de lo que sienten… en saber tanto de ellos que no necesite contártelo. Porque ellos lo interiorizan en sus actos y en sus diálogos, y así la narración es más ágil. De esta forma puedo agarrarte por el cuello y no soltarte, como decía el maestro Wilder.

"El Arenal era lo que había convertido Sevilla en la capital del mundo. Su puerto fluvial, al abrigo del ataque de los piratas por hallarse bien tierra adentro, era el paso obligado de todo el comercio con las Indias por expreso deseo de Felipe II.
- La Leyenda del Ladrón, pág. 29"

Pero para que tú lo pases bien, el autor debe sudar tinta. Conocer cada uno de esos pequeños detalles. A veces, leer un libro entero para escribir una sola frase. ¿Ha merecido la pena? Dímelo tú.

Sevilla, el centro del mundo

Si has leído ya la novela —y te recomiendo vivamente que lo hagas antes, y acudas a ésta guía de lectura únicamente como complemento, de esta forma no se estropeará la diversión—, sabrás que estoy enamorado de Sevilla. Hoy en día es una joya imprescindible, pero creo que ni los propios sevillanos contemporáneos son conscientes de que hace cuatro siglos su ciudad era el centro del mundo conocido. Como Roma en la Antigüedad o Nueva York en el siglo XX, Sevilla era la ciudad donde todo sucedía. El comercio de Indias había hecho crecer a la ciudad de manera exponencial, hasta alcanzar la cifra de 150.000 almas.

Carpinteros de ribera

Carpinteros de ribera reparando un barco, detalle del cuadro de Sánchez Coello

Y el centro de Sevilla era el Arenal, como lo describía Lope de Vega:

Famoso está el Arenal
¿Cuándo lo dejó de ser?
No tiene a mi parecer
todo el mundo vista igual
tanta galera y navío
mucho al Betis engrandece
Otra Sevilla parece
que está fundada en el río

Y ciertamente en unos cientos de metros se juntaban personas de toda condición y de tantas lenguas diferentes que asombraban al oído. Todos ellos comerciaban con los productos que se diseminarían por toda Europa.

Lo que es más razón que alabes
es ver salir destas naves
tanta diversa nación;
las cosas que desembarcan,
el salir y entrar en ellas
y el volver después a ellas
con otras muchas que embarcan.
Por cuchillos, el francés,
mercerías y ruán,
lleva aceite; el alemán
trae lienzo, fustán, llantés…,
carga vino de Alanís;
hierro trae el vizcaíno,
el cuartón, el tiro, el pino;
el indiano, el ámbar gris,
la perla, el oro, la plata,
palo de Campeche, cueros…;
toda esta arena es dineros

El Siglo de Oro, ese gran desconocido

Es un escenario que puede excitar la imaginación, tan insólito como no se había visto nunca antes en su tiempo. Y además encerraba miles de historias por contar. Parece increíble pero la naturaleza de la Sevilla del Siglo de Oro sigue siendo poco conocida por el gran público. El momento más grande de nuestra historia parece reservado a unos pocos eruditos, que hablan de ella con pasión y con criterio, pero que parecen empeñados en que no les lea nadie. Sirva de ejemplo esta frase de Piñero Ramírez en Itinerarios de la Sevilla de Cervantes:

El retrato del famoso Patio de Monipodio —o academia de ladrones sevillanos— es ejemplo paradigmático del anclaje de un escenario narrativo en la materia viva de una circunstancia real, histórica o documental; pero también, y sobre todo, de cómo ese posible anclaje en la carne de lo real se transmuta en un resultado textual, es decir, en ingrediente del precipitado o transustanciación que sufre la sustancia vital en su articulación ficcional; materialización, además, de la actualización —tan genuinamente cervantina— de previas matrices literarias: aquí, las del propio y cercano lecho literario de la picaresca en que se asienta el autor junto a las de la (más lejana) gran tradición formal y tópica de la literatura carnavalesca y goliárdica, cuya asunción del registro bajo tan bien se acomoda con el mundo y el lenguaje del hampa.

Si consigues leer la frase anterior en voz alta de corrido, permíteme que te felicite por tu capacidad pulmonar. Este lenguaje académico, rico en ideas, es difícilmente masticable. Por eso me obsesionaba la idea de escribir una novela mainstream que explicase la ciudad en la que Cervantes vivió y que elevó a la categoría de mito, adelantándose muchos años a su tiempo. Su manera de describir a Sevilla marca el camino del París de Balzac, el Madrid de Galdós, el San Petersburgo de Dostoievsky o el Londres de Dickens. No se trata de un escenario vacío, como la mayoría de obras de su tiempo, sino un lugar vivo, un personaje pulsante y sentiente y cuyo ambiente define y retrata.

Gómez-Jurado en su estudio

Gómez-Jurado, en su estudio, trabaja frente a un enorme mapa de Sevilla repleto de anotaciones, durante un reportaje de Televisión Española sobre su método narrativo. La ingente documentación que el autor reunió sobre la novela se imprimió en gigantescos plotters para facilitar su consulta diaria durante los cuatro años de escritura

Dice Steven Spielberg que el cine es geografía. Una afirmación chocante, hasta que entendemos que el ambiente inicial define el tono de la narración. En Busca del Arca Perdida comienza con un hombre adentrándose en una cueva perdida en mitad de la selva. Tiburón arranca con un océano oscuro en el que habitan monstruos. Encuentros en la Tercera Fase cambia de escenario varias veces antes de la presentación del personaje protagonista. El propósito es el mismo que el del primer capítulo de La Leyenda: enseñarnos que estamos en un mundo de extremos, donde cualquier cosa puede ocurrir… y la suerte cambiar tan rápido como una moneda de oro caída en una acequia.

Rodeada de murallas, envuelta por el río Betis —o Guad al Quivir como le llamaban los moriscos—, poblada de mendigos, prostitutas y ladrones, Sevilla era una olla a presión donde la principal preocupación era una sola: comer.

(Continuará) 

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Primera anotación de Cómo escribí La leyenda del ladrón

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