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Cómo escribir un libro sobre escondites

Cómo escribir un libro sobre escondites

Este es un libro nacido entre cuevas familiares, sótanos postsoviéticos, garajes fronterizos, agujeros mineros y un cibercafé de Abjasia. Una investigación sobre las sombras del mundo que terminó convirtiéndose también en una pregunta personal: cómo retirarse sin perderse y, sobre todo, cómo regresar.

En este making of Francisco Martínez reconstruye el proceso de escritura de Escondites: Cómo desaparecer sin desaparecer del todo (Menguantes).

***

Una tarde de agosto salí en bicicleta con mi primo Paco «el Fernández» por los alrededores de Fuente Librilla, en Murcia. Íbamos camino del yacimiento de La Almoloya cuando propuso acercarnos a una finca familiar. Allí, excavada en una ladera arcillosa, estaba la Casa de la Cuesta, conocida por los vecinos como el Casón del tío Adrián.

Mi primo me explicó que parte de mi familia había vivido allí. Una de mis tatarabuelas había nacido en aquella casa-cueva y ayudaba a cuidar el ganado. Otra creció en una cueva de El Berro, en Sierra Espuña. Entré en el Casón. Había cinco cámaras, estanterías excavadas en la pared y un antiguo establo al fondo. La casa no había sido construida sobre el paisaje, sino retirada de él, como una sombra solidificada.

Le dije a mi primo que me la vendiera.

—Piénsatelo bien —contestó—. Arreglarla te va a costar mucho dinero.

Todavía no la he comprado. Quizá este libro sea una forma de hacerlo.

"Visité treinta y siete sótanos. Quería saber qué guardaban las personas bajo sus casas y por qué algunas cosas no deben ser tiradas, pero tampoco mostradas"

Durante años he observado formas de desaparición por distintos países y escalas. Realicé sesenta entrevistas frente a fotomatones berlineses. Hice autostop por Rusia y viajé en tercera clase a través de Kazajistán. También recorrí Paldiski, la antigua base soviética de submarinos nucleares, donde Estonia heredó la basura radiactiva del imperio. Y entré en garajes junto a la frontera rusa.

Allí visité treinta y siete sótanos. Quería saber qué guardaban las personas bajo sus casas y por qué algunas cosas no deben ser tiradas, pero tampoco mostradas. Encontré guitarras que nunca nadie aprendió a tocar, cartas de amor del servicio militar, conservas, balalaikas siberianas, libros sobre el Che Guevara, materiales de construcción, iconos ortodoxos y objetos reservados para películas que quizá nunca lleguen a rodarse.

Algunos vecinos pensaron que era un ladrón. Otros, que era un policía o un espía. Boris canceló nuestra cita una hora antes porque había contado a su madre que iba a mostrar su sótano a un antropólogo español.

—Ni se te ocurra —le ordenó ella.

Ese «ni se te ocurra» contiene todo el problema metodológico del libro. ¿Cómo investigar aquello cuya función consiste precisamente en permanecer oculto?

La investigación se convirtió en una expedición por la trastienda del planeta. Pero el libro peligraba ser un gabinete de curiosidades, una sucesión de cuevas, agujeros, sótanos y personajes excéntricos. Durante meses busqué el túnel que los comunicaba. Cada capítulo debía funcionar como una pequeña cavidad independiente, pero conectada subterráneamente con las demás.

"Escribir sobre escondites produce una contradicción más: cada descripción abría una puerta secreta, cada fotografía retiraba una cortina, cada capítulo organiza una vitrina"

Así aparecieron tres familias de escondites. Están los escondites-refugio, como la cueva, el bolsillo, el sótano, el biombo, la cortina o el huerto. Los escondites-taller, como el garaje, la fábrica ocupada, o la biblioteca abandonada. Y los escondites-mundo: Onkalo, los búnkeres, los aeropuertos, y los cables submarinos.

Otra dificultad consistió en evitar una celebración ingenua de la desaparición. No todo secreto protege. No toda sombra libera. Desaparecer puede ofrecer descanso, pero no ser encontrado también puede convertirse en una de abandono. El escondite, para seguir siendo refugio, necesita una salida. De lo contrario, se transforma en trampa.

Escribir sobre escondites produce una contradicción más: cada descripción abría una puerta secreta, cada fotografía retiraba una cortina, cada capítulo organiza una vitrina.

También quise introducir humor. Los escondites están llenos de situaciones ridículas, conversaciones oblicuas y objetos fuera de lugar.

La última lección me la dio mi hijo Ray. Un día le pregunté si tenía algún escondite para mi libro.

—Sí —respondió—. Varios.

—Dime uno.

—Si te lo digo ya no sería un escondite.

Solo al terminar comprendí que la confianza no obliga a entregar el mapa del tesoro.

Los libros también nacen de ese gesto, de lo que permanece durante años escondido en notas, viajes, fotografías, conversaciones y recuerdos que parecían no guardar relación entre sí. Hasta que un día salen a la luz. Y entonces todo se acelera.

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Autor: Francisco Martínez. Título: Escondites: Cómo desaparecer sin desaparecer del todo. Editorial: Ediciones Menguantes. Venta: Todos tus libros.

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