A la editorial Árdora le debo mucho en mi formación como poeta. Muchos de los títulos publicados en su colección me influyeron de forma decisiva durante el periodo de juventud, proporcionándome una educación sentimental atípica. Tener como maestros a figuras como las de Erik Satie, Gary Snyder, Robert Bresson, Samuel Beckett, Louis Aragon y, especialmente, Pedro Casariego Córdoba, José María Parreño o José Luis Gallero me hizo más inconformista y abierto de miras, buscando allende lo visible en el panorama cultural y reforzando la autoexigencia a la hora de forjar una voz creativa personal. Por eso, cuando algunas de estas personas a las que admiraba y de quienes tanto aprendí se convirtieron en amigas ya siendo un poeta iniciado, sentí que se producía un cierre de círculo perfecto dentro de esta etapa.
Había que buscar un séptimo poeta y no resultó difícil dar con él. Miguel Hernández (1910-1942) fue el elegido por su carácter transparente y por una coherencia que le hizo unir arte y vida. Su quehacer poético concordó siempre con lo biográfico como un ejemplo de saber estar en el mundo. Los orígenes humildes —procedía de una familia ganadera, dedicándose él también a esta tarea— dotaron a su universo lírico de elementos inconfundibles, convergiendo en esa Naturaleza siempre presente desde sus primeros poemas de juventud (reunidos en los denominados Poemas sueltos, que van de 1923 a 1932). Tras un contacto con la vanguardia, donde adoptó un lenguaje neogongorino (Perito en lunas, 1933) o el poema clásico con la fórmula del soneto (El rayo que no cesa, 1936), se fue despojando del lenguaje más hermético y barroco a la vez que añadía otros temas como la angustia o la pasión vital y amorosa. A su contacto con la tierra se unió el compromiso político —vinculadas una cuestión con otra—, en un momento donde la conciencia social iba tomando una posición de avanzadilla en el ámbito cultural debido a un mundo cada vez más agitado. Fue en la Guerra Civil donde Miguel Hernández se convirtió en un poeta soldado (Viento del pueblo, 1937), buscando con su pluma hacer de la poesía un género asequible a todas las clases sociales. Su palabra fue altavoz contra las injusticias y aliento para quienes como él lucharon en la contienda. Su sentido común le llevó a enfrentarse a posiciones de los dos bandos que consideraba ajenas a lo ético. Sus posteriores detenciones y el paso por distintas cárceles tras el fin del conflicto llevaron a un cambio de ánimo en su obra, abandonando cierto idealismo (El hombre acecha, 1937-1938, y Cancionero y romancero de ausencias, 1938-1941). Su salud fue empeorando debido a las enfermedades contraídas como prisionero hasta fallecer a la temprana edad de 31 años. Dejaba tras de sí una importante y madura obra poética dominada por la lucidez.
La presente antología lleva por título Contra la piedra hostil del desaliento, rotundas palabras de Hernández contenidas en el poema España de Viento del pueblo y que definen a la perfección la personalidad del poeta, quien desde su actitud y su obra batalló contra cada una de las adversidades que encontró en su trayectoria vital y profesional. A una cuidada selección de sus poemas —incluyendo los primeros, que ayudan a entender su proceso creativo en busca de un estilo propio— se une un prólogo —donde quien esto escribe ha buscado explicar la importancia de la obra de Hernández y la huella que éste ha dejado en este humilde poeta—, una bibliografía consultada y una justificación donde se explican las razones de la selección de los poemas presentes en el libro desde el espíritu que define a cada bloque poético. Se pretende de este modo una homogeneidad en el conjunto general a través de la afinidad tanto del continente como del contenido entre los textos escogidos. El trabajo concluye con una biografía del autor de Orihuela.
A partir de todos los ingredientes mencionados, Contra la piedra hostil del desaliento tiene como fin diferenciarse de las anteriores antologías de Miguel Hernández y servir como catapulta con la que impulsar el posible interés que este autor pueda suscitar en el público lector actual, siempre reticente a la poesía en su mayoría y a la mal entendida “clásica” en concreto.


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