Inicio > Poesía > Platero y tú
Platero y tú

Versión poética de la obra narrativa del Premio Nobel de Literatura en el año 1956, Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, en versos que resaltan los sentimientos del autor con su borrico, haciendo de sus sesenta y siete muy breves capítulos, de una o dos páginas, una emotiva, amena y agradable lectura de fácil comprensión para todas las edades.

A continuación Rafael Paniagua Zapatero nos explica el proceso de creación de Platero y tú (Talón de Aquiles).

*****

Siendo estudiante de bachillerato, me enamoré en dos ocasiones, de tal manera que, aún hoy, en mi vejez, sigo cautivado por aquellos amores: Uno, la tupida trenza dorada de la chica más guapa del pueblo, de piel clara, como su nombre. Al otro nunca lo vi, era de Huelva, pero me lo imaginaba como un enorme peluche blanco de suave caricia y flexible armazón de roble, se llamaba Platero.

Estudiando Magisterio, me reencontré con un tal Juan Ramón Jiménez. Ya me sonaba. ¡Qué manía le cogí a aquel condenado Premio Nobel de Literatura en el año 1956! No solo por ser el dueño de Platero, con el que iba y venía, con el que viajaba y jugaba, con el que reía y lloraba, con el que pensaba y hablaba, con el que sentía y latía; sino, además, por contarlo como lo contaba, con aquella prosa al son de liras, con la sencillez del sembrador que derrama simientes con solo lanzar el brazo y abrir su mano al viento, seguro de su florecer primaveral. ¡Qué envidia!

Durante mis años de ejercicio profesional, como docente en Educación Primaria, raro era el curso en el que no asomara por alguna de las aulas el trotar de Platero. ¡Cómo sonaba en aquellas voces infantiles! Tímidas y temblorosas, unas veces entrecortadas, otras titubeantes, encasquilladas entre consonantes y prolongados silencios, mientras mi imaginación viajaba por los campos de Moguer espiando a su dueño subido a sus lomos, paseando entre viñas o luciéndolo en el pueblo.

Cada Día del Libro celebrábamos lecturas del Quijote. De todas las edades pasaban, por el atril que presidía el vestíbulo, a leer un pequeño fragmento de la obra de Cervantes, rodeados por una exposición de obras literarias, todas sobre un mismo tema o un mismo autor.

Al final de los años, en el ocaso de mi trayectoria académica como coordinador de estudios universitarios de Magisterio, el claustro de profesores del curso 2014 acuerda organizar, para el 23 de abril, una exposición sobre ediciones de Platero y yo con motivo del centenario de la publicación de la primera edición de la obra. No sé cómo, cuándo ni por qué, pero mis hijos conocían el tema de la exposición bibliográfica que se iba a montar —lo comentaría yo en casa—. La mayor de ellos me sorprendió en el Día del Padre con una vieja edición de Platero adquirida en un puesto de libros de desecho en el Rastro de Madrid, con la portada raída y las páginas deslomadas, que una compañera aficionada a la encuadernación me lo dejó como nuevo. La sorpresa no terminó con el regalo; continuó cuando compruebo que se trataba de la primera edición de Platero y yo: Elegía andaluza, publicada por Losada en Buenos Aires en 1939, con dibujos del afamado pintor italiano Attilio Rossi. La obra contenía cinco capítulos más que la primera de 1914, aunque aún no podía presentar el texto completo definitivo. Lució como la joya central de la exposición.

Ya con 68 años, jubilado y sin más responsabilidades que las familiares, no sabiendo qué hacer, me fijaba en los demás jubilados que iba conociendo y que cada vez eran más. “Vente con nosotros al Hogar del Pensionista”, me proponían algunos. “¿Y allí qué se hace?”, les preguntaba yo. “Jugar. Charlamos…”, me respondían. “¡Jugar! Ya se me pasó la edad de jugar. Eso lo hacía cuando era niño. ¡Qué pérdida de tiempo!”, pensaba yo, a la vez que notaba que me estaba haciendo viejo, porque no soportaba a los viejos. Cuando se juntan tres o cuatro me recuerdan el monólogo colectivo de los alumnos de infantil jugando en el recreo juntos, pero cada uno a algo diferente. Igual, cada viejo cuenta su batallita sin escuchar a los demás. Yo quiero dedicar el tiempo que me quede a hacer algo práctico, a hacer algo, a hacer. Quise aprender a pintar, pero para mi edad no había plaza; aprendí a tocar el saxofón, hasta que el instrumento empezó a exigirme más de lo que yo podía darle; participé en varios coros, pero me resultaban incómodos los desplazamientos y los horarios de ensayo; actué en un grupo de teatro, Taedra, ¡qué tensión! Además, las actuaciones no eran compatibles con mis celebraciones familiares. No quiero compromisos. No quiero obligaciones. Quiero hacer algo, pero cuando me apetezca. Y sin buscar más allá, resulta que ese “algo” era lo que venía haciendo desde que salí de la escuela primaria: leer y escribir. No hay horario para ello, lo hago cuando quiero, sin compromisos, nadie me obliga y no tengo que salir de casa para estar ocupado haciendo.

Siempre había hecho algunos pinitos en ese arte de combinar letras de manera atractiva: canciones infantiles, cuentos educativos, teatros para escolares, poesías amorosas… y, últimamente, versiones de clásicos: don Quijote, el Cid, la Celestina, el Lazarillo, el Tenorio… Y hacia esta vertiente me incliné, al chocarme con el regalo de mi hija en el estante más alto de mi biblioteca.

Con qué placer volví a releer una, y no sé cuántas veces más, el regalo de mi hija. Como una criatura huérfana y desprotegida, cogido de la mano de Juan Ramón Jiménez me dejé llevar, oyéndole extasiado sus cuentos para niños sobre Platero, aislado en el islote de oro espiritual caído del cielo, como decía Novalis, que es la inocencia; isla de gracia, frescura y dicha, para el poeta onubense, flotando entre penas y alegrías, sintiendo la respiración y los latidos en cadena de Platero y Juan Ramón.

Intento rimar la ya lírica prosa de Juan Ramón en Platero. Difícil tarea, rayana en lo imposible; por eso me atrae. Quiero sentir lo que sentía el poeta con su íntimo cuadrúpedo amigo, haciendo resonar sus palabras, sirviéndole de eco con retorcidos giros y nuevos sonidos, sin pretender reemplazar ni una coma, ni considerar que añado riqueza alguna a su ya insuperable valor. Solo quiero ser adelantado pregonero, animador a los que aún no lo conozcan, y postrer festero del encuentro. Si lo he conseguido, no lo sé. Solo sé que he invertido bien mi tiempo, que he hecho algo, que me he sentido vivo.

Y como me sentí quiero que te sientas al leerme; de ahí su título: Platero y tú. Te lo presento:

Como un peluche es Platero,

un borrico suave y peludo,

de blanca espuma por fuera

y relleno de algodón por dentro

que, cuando lo abrazo,

parece no tener huesos.

Con él paseo contemplando naturalezas y paisajes:

Ecos del ocaso enrojecido

reflejan en sus ojos al oscurecer,

al son del verde pinar

que se torna ennegrecido.

*

-Mira, Platero, ¡qué cantidad de rosas!

Como caídas del cielo,

llegan a todas partes.

Blancas, azules, rojas…

Juntos jugamos con Diana, la cabra, y los chiquillos del pueblo, o descanso leyendo tumbado bajo un pino, mientras Platero pace entre las margaritas del prado. Juntos lamentamos y celebramos la huida y vuelta del viejo canario que cuidábamos con mimo, pendiente de los gatos siempre atentos a la jaula. Juntos sufrimos dolores:

…al doblarle la mano,

le veo cerca del casco,

una larga espina verde clavada

como un puñalito de esmeralda,

espina caída de algún naranjo.

Sentimos lo mismo y pensamos igual:

¡Qué bien nos entendemos!

Cuando lo dejo a su antojo,

sin necesidad de decirle nada,

me lleva hasta donde pienso.

Platero se enamora. Le asustan las sombras, los tiros, los fuegos artificiales, los extraños ruidos y los aullidos de los perros de los gitanos. Juntos conocimos a otros paisanos, juntos pasamos las estaciones del año, admirando sus fenómenos naturales: un eclipse, tormentas, arcos iris, rayos, relámpagos y truenos, y juntos disfrutamos de las tradiciones populares: La Navidad y el Rocío, el Corpus y carnavales.

Y un día, sin esperarlo, Platero nos abandonó dejando la cuadra vacía llena de recuerdos; pero, nosotros sabemos dónde está: en un nuevo prado celeste cargando angelitos en sus blancos lomos de terciopelo. Y, aunque no diga nada, sabemos que nos sigue oyendo.

—————————————

Autor: Rafael Paniagua Zapatero. Título: Platero y tú. Editorial: Talón de Aquiles.  

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios