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Contrincario y otros versos cantineros
Contrincario
En esta carrera que es la vida
hay solo un vencedor
entre verdades y mentiras
el futuro es un pasado desolador.
Invisible para el sabio,
intangible para el necio
Lo tememos porque lo perdemos:
                                             tiempo.
Una disputa sin laureles
qué astutos los nonatos
y qué torpes los ancianos
que se aferran a aquellos días
recortando recuerdos
de su olvidado presente.
Serás menos lo que fuiste y ya no eres:
                                              tiempo.
No es tu contrincante
tampoco un contrario
es la suma de los dos
y la resta de ambos.
Contrincario despiadado
que llena más tumbas que
los malditos curas y benditos los sicarios:
                                                 tiempo.
Aunque saques ventaja
más pronto que tarde
siempre te alcanza.
La meta es el final
no te mates por terminar
que no hay dos vidas distintas
y ninguna muerte es del todo igual:
                                                  Tiempo.
 
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Tantos
Había tantos que era singular.
Tantos que aburría.
               Eran menos de los que había.
Había tantos.
             Colgados por los pies
             vigilados
                    hastiados
                             del derecho y del revés.
Había tantos.
               Esposados al azar
               observados
                        marcados
                                viendo la vida pasar.
Había tantos.
             Atrapados sin querer,
            deseados,
                    apenados,
                            ¿buscando el placer?
Había tantos que era singular.
Tantos que aburría.
                   Eran más de los que había.
Y si este es el cuento de nunca acabar,
           ¿para qué empezar?
                Maniquíes.
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Parroquia
De Faustino dicen que siempre quiso tener hijos, pero ella se cansó de esperar que se equivocara de pistilo y acertara el tino. Ahora traga lo que le echen en el vaso, vino, a poder ser, y habla con cualquiera que le haga un poco de caso. Y que le deje beber. Manuela la florista abre el negocio cuando puede, antes de que se le haga tarde. Menos a Luis que lo considera un poco traidor y algo cobarde, al resto nos regala sonrisas y ramos marchitos a cambio de escuchar sus verdades a gritos. Ginés, el de Manuela, fue profesor de piano hasta que una aciaga noche, sereno, se le fue la mano. Desde entonces duerme en casa de Pedro, un jardinero al que llama «hermano», aunque todos sabemos que es su amante, de esos que solo aman durante el durante. De Damián apenas sí conocemos su nombre, pero nadie se atreve a preguntarle de dónde viene, infunde respeto el hombre. Dice querer a dos hembras, Marihuana y Adormidera, a quienes atiende a diario para no tener rendir cuentas. Ni a la segunda ni mucho menos a la primera. Luis es raro como un jazmín negro. Es el único que paga a diario y casi nunca blasfema. A veces reparte tomates maduros que cultiva en su huerto, por eso a Ginés le gustaría verlo bien muerto. Angélica es, o era, nuestra gata nocturna, «la Claveles», insigne y respetable cabaretera. Algo arisca, como buen gato, cumple años cada dos y lo celebra cada cuatro. De ropa va siempre ligera y aunque nunca ha pisado un escenario, sueña con ser actriz, pero actriz de teatro.
Estos son mis tiestos, los que riego a diario desde la barra de mi bar: Altivos y Modestos. El resto van y vienen, vienen y van, y aunque su dinero vale lo mismo, no es lo mismo lo que me dan. Todos ellos conforman mi parroquia aconfesional, donde nadie es juzgado, ni bien ni mal, y nunca les falta su medicina como en el mejor hospital.
                Aquí están todas, sobre mis taburetes sentadas.
                Aquí están todas, adorables ovejas descarriadas.
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