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Crítica de “Torrente, presidente”: romper España para juntar los pedazos

Santiago Segura caracterizado como José Luis Torrente sonríe con gafas de sol y traje desaliñado en una fiesta elegante nocturna, en un fotograma de 'Torrente, presidente'.

Que al estreno de Torrente, presidente hemos ido por las risas es algo que a algunos todavía se les escapa. Sin excusas, sin elitismos. Porque, al final, la sexta parte de la serie del director Santiago Segura va de revalidar el humor guarro ausente de las grandes pantallas durante demasiado tiempo, tanto como de parodiar partidos políticos. Cuando toca meterse con alguien lo hace con cariño, incluso en sus peores vendavales de ironía, y los hay en abundancia (Segura compromete hasta a sus hijas en alguno de los cameos destacados de la cinta). Pero uno no sale del cine hastiado y nervioso por la parodia sangrante, por el dedo en el ojo al vecino (o nosotros mismos), sino con la impresión de haberse liberado de algo.

"La película pasa por ser la mejor secuela de la saga desde Torrente 2. Porque la oscurísima y profunda Torrente. El brazo tonto de la ley es insuperable"

Torrente, presidente vuelve a certificar a Santiago Segura no solo como un cinéfilo avezado, capaz de introducir homenajes a Ciudadano Kane o al cine del destape en su sátira política española, sino como un artista conectado a la realidad, a sus nuevas y distintas formas de manifestarse en ese espejo del alma que son los medios de comunicación. Nos referimos a la ola de cameos procedentes de los platós televisivos, sino también YouTube, redes sociales, música y otras esferas de la cultura popular. Expresidentes, colaboradoras del corazón y estrellas del cine norteamericano se dan cita en un todo aparentemente anárquico. Porque en un film que al fin y al cabo va de democracia, en un espectáculo que ha sido capaz de erigirse en plebiscito sobre el cansancio de la población por los recientes líderes de la piel de toro, todo el mundo (y todo el público) ha de tener cabida. Y esa misma impresión es la que los espectadores, incluso aquellos que habitualmente no van al cine, se han llevado de su campaña promocional.

¿Es la mejor secuela desde Torrente2?

La película pasa por ser la mejor secuela de la saga desde Torrente 2. Porque la oscurísima y profunda Torrente. El brazo tonto de la ley es insuperable, y también lo era su reverso espectacular ambientado en Marbella, de la que Segura repite algún que otro gag memorable. A partir de ahí, como en todas las sagas, todo es discutido y discutible, pero Torrente, presidente supone una dosis de energía incuestionable en la saga. Puede que el film avance precipitadamente en sus primeros compases (a partir de la memorable secuencia del debate televisivo se recupera), pero Segura se libra aquí de los mimbres de la parodia fílmica para recoger toda conversación de barra de bar imaginable de la última década. La puesta en escena no es refinada, pero de alguna manera todo encaja con el mundo en el que habita su protagonista. La película es entretenidísima.

El regreso del humor “guarro” y la sátira política

"El resultado es un film capaz de erigirse en fenómeno social, y por eso mismo de reivindicar la capacidad de las películas para funcionar en escudo y espejo de nuestros males"

Y su motor, su energía, se deposita entera en algo tan español como la ambición de Torrente, en su voluntad de convertirse en la única voz del partido, convirtiéndose en una suerte de El precio del poder versión caspa antes de una última media hora de conspiración, persecución y cameos nostálgicos de antiguos ayudantes de la saga. Pero, como si de una versión españolaza se tratase de comedias como UHF o Permanezca en sintonía, es en sus ochenteros montajes televisivos, aquellos en los que Torrente se pasea por el aquelarre de los platós de tertulia, donde Segura se gana al público.

El resultado es un film capaz de erigirse en fenómeno social, y por eso mismo de reivindicar la capacidad de las películas para funcionar en escudo y espejo de nuestros males. Para demostrarlo, los títulos de crédito tras hora y media de moco, pedo y paja, donde la variada mezcla de personajes (políticos, presentadores, actores, amigos, músicos, youtubers, humoristas, colaboradores) se funden en un morphing a lo “Black or White” de Michael Jackson, demostrando que, como en aquel célebre videoclip, todos vivimos bajo el mismo cielo.

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