Cuando leí en mi adolescencia La línea de sombra, de Joseph Conrad, me indignó que las traducciones que cayeron en mis manos ocultaran el revelador subtítulo del original: Una confesión. Porque me resultaba obvio que aquella novela era en realidad una autobiografía enmascarada y, a la par, un ensayo sobre la vida y el paso del tiempo. El inicio de aquella obra fue demoledor para mí, pues me desarrebozó de la infancia: ya no era un niño, moriría, ya tenía momentos. En la edición que conservo:
Siguen varios párrafos maravillosos, que no reproduzco por brevedad y para no estropeárselos. Pero más adelante, Conrad explicará la metáfora del título, que sí me veo obligado a citar para que entiendan lo que sigue:
“Sí; caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar tras de nosotros la región de nuestra primera juventud”.
Sergio C. Fanjul me comprenderá cuando le diga que, para empezar, es preciso explicar una coincidencia espaciotemporal: mi mujer y uno de mis mejores amigos me regalaron Cronofobia a la vez, el mismo día. Y no era mi cumpleaños. También es preciso explicar un falso recuerdo: estaba convencido de que la primera vez que había leído la palabra “cronofobia” había sido en una lista de fobias que, en 2001, había elaborado Roberto Bolaño para su novela 2666. Cuál fue mi sorpresa cuando, justo antes de leer la Cronofobia de Fanjul, de excursión en Blanes, me acerqué a una exposición del Archivo Bolaño y constaté que en aquella lista lo que había escrito era “Cromofobia”, el miedo a determinados colores. Quizá la “m” me pareció una “n”. Aunque antaño no tenía presbicia. Me hago mayor.
Me asombra el arrojo que ha tenido Fanjul en esta autobiografía, en la que se ha desnudado tanto. Quizá la percibo también como una terapia de cronofóbico. Empatizo, me reconozco en la mayoría de síntomas que desgrana en cada capítulo: la mediana edad, que en la infantilización social del siglo XXI se tiende a posponer o a soslayar, no como en los tiempos de Conrad; la desmemoria, que nos aborda a intervalos con los años; la nostalgia, que nos abruma siguiendo una función exponencial que colapsa en la senectud; el ajetreo cotidiano, en la cubierta del barco que zozobra navegando en las redes de la era digital; el fin del mundo, ese que se vaticina en los medios a golpe de nuevo conflicto bélico; y, por último, el pánico a la muerte, aletargado por las distracciones con las que nos bombardean los mercaderes que ocupan nuestro templo, nuestro tiempo. Sí, claro, porque detrás de todo está la Parca, esa razón última de toda cronofobia.
Deben leer Cronofobia porque no es un mero ensayo: es un aleph atemporal. Son los senderos que se bifurcan borgianos, Marcos Montes saliendo de su mina de oro, Proust zampándose su magdalena como Saturno devorando a sus hijos, mientras Einstein comenta sus dudas respecto a que el tiempo esté cuantizado en paquetitos de 10-44s, el llamado tiempo de Planck, y el cronófobo se pregunte cuántos le quedan.
Pero sobre todo, es la vida de Sergio. Es una confesión, sus tránsitos por la línea de sombra y las veces que ha cruzado esa línea en ambos sentidos; es su Candela y su Peligro; las preguntas de su tía Vicen y sus entrevistas con prisa; su madre, que se fue demasiado pronto, y el padre que hay tras su C.. Cronofobia es también una nictofobia, un miedo a la oscuridad de fuera y a la de nuestros adentros, que diría José Saramago en el Ensayo sobre la ceguera. Aunque, recordando a Saramago, y espero no sea otro falso recuerdo, las oscuridades internas del cuerpo son buenas. Son confines del mundo en los que solo entra luz cuando se producen heridas, o cuando se abre para efectuar una intervención quirúrgica.
Y Fanjul ha diseccionado y abierto en canal el tiempo y su tiempo. Nos rasga. Lo hace con la perspectiva del astrofísico y la emoción del poeta que sacude, pero con la sencillez del colega que te lo cuenta en una conversación de bar, mientras se papea un bocadillo de calamares o un cachopo. Mas no se engañen. Fanjul habla con elocuencia y recorre varias galerías hexagonales de la biblioteca de Babel, donde halla la palabra o la metáfora exacta, saltando capítulos del lenguaje con la irreverencia de Rayuela, dibujando en el aire del lector su particular y etéreo tablero de tiza, para permitirle así, en un solo salto, llegar de la Tierra al Cielo, como cuando nos dice:
El pasado es un naufragio, he escrito esto un poco antes, y me ha gustado el símil: solo quedan algunos restos que han conseguido llegar, a duras penas, a las playas del presente.
Y entiendo entonces, en el epitafio final, siempre rodeado de flores, que los apocalipsis del mundo y los personales pueden ser muy abigarrados, que la cronofobia es también una cromofobia, si crees que al cerrar los ojos no tienes por qué verlo todo negro. E imagino a Fanjul revisando la lista de Bolaño, escogiendo otra fobia para su próximo libro. Y quizá contándomelo en el recién inaugurado Club de Cronófobos.
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Referencia
Conrad, J. (1985). La línea de sombra. Madrid: Cátedra. Edición de Javier Sanchez Díez, traducción de Ricardo Baeza.
Autor: Sergio C. Fanjul. Título: Cronofobia. Editorial: Arpa. Venta: Todostuslibros.



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