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Cualquier parecido con la realidad no es una coincidencia

Cualquier parecido con la realidad no es una coincidencia

Estos días estarán escuchando a David Gistau (Madrid, 1970) decir que Golpes Bajos es una novela, la suya, con todos los párrafos tan inventados que da pudor estrenarlos. No dice toda la verdad, lo cual paradójicamente le confiere la autoridad de un novelista. En realidad él ha vivido todo lo que cuenta: ha estado allí, en el gimnasio del barrio del Lucero, en las cocheras, en Batán y Aluche, y también ha visto a “las gitanonas de los Olivos, que le traían guisos en fiambreras de plástico y le enseñaban bebés como si tuviera que bendecirlos igual que una papisa”. Ha tratado con todos los personajes de su novela: los aspirantes que buscan en el ring escapar de un entorno violento que les condena como una plaga del destino, los boxeadores retirados que sobreviven entre guantes unos y como matones otros, nostálgicos de un brazo que tuvieron o una moral que entonces, cuando empezaban, era intacta.

"Hay una foto casi fundacional en Golpes Bajos: la que se toma dentro del libro con una presentadora de televisión en decadencia agarrada del brazo de un entrenador de boxeo escenificando un romance artificial."

La mirada de Alfredo, el maestro de boxeadores que da en su gimnasio con un diamante en bruto, es la mirada de Jero, el entrenador de boxeo de Gistau, pero también la propia mirada del autor bajo el encantamiento de la fascinación: “Exageraba, por supuesto, con una exageración proporcional a los estrictos cumplimientos de samurai que hasta entonces gobernaron su vida y la de cualquier muchacho que entrara en su gimnasio con auténtica apetencia de tomarse en serio esa sagrada condición venida a menos, la de boxeador. Exageraba como antaño exageró al idealizar el boxeo mientras a su alrededor no había más que delitos, deshonestidad, miseria y taras mentales apenas redimidos, de vez en cuando, por las prestaciones en el ring de un peleador admirable. O de dos que pasaban en un instante de fajarse con todo a abrazarse. En ese instante tan penitente, Alfredo no pensaba en los hombres de su mundo que habrían dado gracias a todos los miembros del santoral, uno detrás de otro, de haber podido agarrar un chollo como el que él tenía en lugar de vejarse por dinero en el lumpen”.

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Hay una foto casi fundacional en Golpes Bajos: la que se toma dentro del libro con una presentadora de televisión en decadencia agarrada del brazo de un entrenador de boxeo escenificando un romance artificial. Ahí están los dos mundos de Gistau. El suyo natural, barrial, noble y hostil, el del ring y los códigos de honor que se manejan en él a menudo para triturarlos. Y el impostado, el que le vino dado por su profesión desde que fue guionista de Pepe Navarro: los platós de las grandes cadenas, el universo de ilusiones ópticas, fiestas y mundanidad de seres frágiles, proclives a vicios autodestructivos y montajes ruidosos con los que ganar dinero. Era raro no desaprovechar la oportunidad. Que una presentadora de televisión venida a menos trate de enredar en un montaje a un tipo así supone casi una llamada de la selva para David Gistau. ¿Cómo sería la transfusión de sangre de un mundo a otro? ¿Qué leyes se impondrían de haber sido ese entrenador un hombre de la integridad moral de Jero? Para responder a esas preguntas apareció Magda, el contrapeso del libro: una mujer en lucha con sus kilos, con su adicción a la cocaína, con un perrito en brazos, un asesor hilarante y un protector criminal llamado Piñata que le pone al libro la tercera pata del viejo orden de Gistau: Argentina. Argentina su esposa, su mejor amigo y medio argentina la prole con la que se ha propuesto repoblar España.

"Golpes Bajos es el resultado de una observación minuciosa. Ni los personajes ni sus universos están elegidos al azar."

Todos los protagonistas orbitan alrededor del eslabón más débil, Damián, un chico de talento que crece bajo el único manto moral de Alfredo. De ahí el asunto central del libro: la corrupción de las personas, el momento en que alguien quiebra sus principios y a qué coste, y a quiénes se lleva consigo en el descenso, y si en alguna ocasión merece la pena. Golpes Bajos es un libro sobre el éxito, un territorio que el autor conoció muy pronto. Sobre cómo llegar a él, cómo mantenerlo y cómo perderlo. Alfredo lo busca por persona interpuesta, Magda ve perderlo ante sus ojos; Piñata quiere el éxito de todos: el de los focos y las pasarelas, el de la violencia y los bajos fondos.

En un momento del libro, mientras explica el ritual de entrenamiento de Damián, Gistau escribe sobre el chico para decir que está “entregado al mero instinto de supervivencia y a los instintos adquiridos en el entrenamiento: los movimientos que el boxeador hace sin haber tomado la decisión de hacerlos, los golpes que se deciden ellos mismos”. Hay algo de eso cuando uno escribe tanto y está tan obligado a permanecer en vigilia. Un articulista es un observador, no un artificiero ni un analista ni un visionario; que de la observación se desprenda análisis o entretenimiento depende del día y del humor. A veces ocurre que a determinada hora no queda nada por analizar o que el país ha salido analizado de casa.

Golpes Bajos es el resultado de una observación minuciosa. Ni los personajes ni sus universos están elegidos al azar. Tampoco la escritura rápida y libre repleta de imágenes, desencuadernada de la columna para exhibirse durante páginas en una especie de tour de force de un escritor auténtico. Hay un puñado de ellas de pura exhibición en una especie de venganza de Gistau contra sí mismo. Su novela, en la que cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, es la manera menos ortodoxa de repetirse que antes de novelista y columnista es reportero. Por eso en lo que escribe no se encuentra nada que no haya vivido y en lo que leemos no hay nada que no vayamos a vivir.

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Autor: David Gistau. Título: Golpes bajos. Editorial: La esfera de los libros. Venta: Amazon FNAC y Casa del libro

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