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Cuando el fútbol olía

Cuando el fútbol olía

Cuando era joven el fútbol de la selección olía a fracaso. Pero me olía bien. Ya no sé a qué huele ahora.

He recordado todo aquel olor a fútbol ochentero, a bigote, a tabaco y a cromos que pegan de cojones leyendo “Cuando éramos los mejores” de los periodistas deportivos Santi Giménez y Lu Martín. En él se junta todo lo que fue el Mundial de 1986, cuando el deporte patrio trataba de dejar atrás lo que de interesante para mi tenía: intentaba terminar con esa España ratonera que se acabó de maquillar en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 pero que Berlanga siguió igual, debajo del pote de cemento, en la extraordinaria Todos a la cárcel (1993). Por cierto, en ella se juega una pachanga que explica completamente nuestro país.

En El viaje a ninguna parte de Fernán-Gómez, el hijo adolescente (Gabino Diego) del actor Carlos Galván (José Sacristán) le dice a su padre que él no quiere dedicarse a la interpretación porque le han llamado de un pueblo de al lado para jugar en un equipo que no está completo. Así, afirma, se ganará unas pesetillas. Su padre, muy cabreado, se lo prohíbe porque asegura que  el fútbol está terminando con el teatro los domingos. Una vergüenza: su hijo no se va a dedicar a semejante basura.

"Una vez Raúl del Pozo me comentó que todos los niños de su postguerra querían ser toreros. Y era lógico: los futbolistas no ganaban mucho dinero. Entonces no se salía de pobre dando patadas a un balón."

Aunque hoy nos parezca extraña, esta intersección entre teatro y fútbol no está colocada de forma inocente en los años cuarenta de El viaje a ninguna parte y aún se conserva en los años ochenta de Cuando éramos los mejores. Durante un tiempo, a principios del siglo XX, teatro y balompié fueron lo mismo: compañías con un espectáculo que ofrecían ocio por los pueblos de España. El teatro era de diario —hasta que los actores se plantaron en 1978—, y el fútbol era de los fines de semana -hasta que las multinacionales vieron que ganaban mucho dinero emitiéndolo todos los días—. Quizá la muerte definitiva de este espíritu del camino, del mendrugo y del futbolista como trabajador haya ocurrido en la década que retratan Giménez y Martín, por mucho que los FRAC (Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz) afirmasen que palmó en los noventa en su canción Odio eterno al fútbol moderno (Disco Exprópiese!, 2011). Un tiempo, cuánto ha pasado, que hasta las corruptelas de los directivos eran tiernas: así son las que detallan con mucha coña Giménez y Martín.

Una vez Raúl del Pozo me comentó que todos los niños de su postguerra querían ser toreros. Y era lógico: los futbolistas no ganaban mucho dinero. Entonces no se salía de pobre dando patadas a un balón, que es lo único en la vida de lo que el pobre quiere salirse. En cambio ahora los padres se insultan para ver si sus hijos les sacan de pobres como Cristianos de la vida y damos gracias de que a Messi su padre le aplicara un tratamiento hormonal de crecimiento porque nos sacó de pobres a todos.

"El fútbol huele o, al menos, olía. Como dijo una vez el filósofo Gustavo Bueno a Casillas le deshumanizarías sin Sara Carbonero: la verdad suele estar en lo colindante y en su interacción con lo principal."

Se divide el libro en los partidos que España jugó durante el Mundial y en la ilusión de un país que tenía mucho de pobre: solo hace falta ver la hemeroteca que abre cada capítulo sobre el día en el que se jugó cada encuentro de la selección. Ese era otro mundo rojigualdo que se negaba a desaparecer. Nos lo recuerdan los autores: deberíamos haber llegado desde otra cosa pero llegamos desde el fracaso hambriento. Eso era el gol de Cardeñosa —que no fue gol y buena gana tenéis de recordárselo al pobre—, o el Mundial 82 de España —que siempre que un país organiza un Mundial tiene más posibilidades de ganarlo y buena gana tenéis de recordarnos que no lo ganamos—. En esa especie de compañía teatral española por medio de México hay muchísimas historias: un hotel lleno de cucarachas, los desplantes de Poli Rincón, Lobo Carrasco lanzando comida a un directivo,… En definitiva, huele a todo aquello que hoy parece vetado por nuestras queridas multinacionales futbolísticas, las marcas y al mito del deporte como lugar inmaculado, de deportista irreprochable que va a enseñar a los niños una vida mejor a base de foguearse el cuerpo en la competición, comer espaguetis e irse a dormir a las diez.

Pues no: Cuando éramos lo mejores entiende que el fútbol no es solo lo que ocurre en el terreno de juego o en los entrenamientos. El fútbol huele o, al menos, olía. Como dijo una vez el filósofo Gustavo Bueno “a Casillas le deshumanizarías sin Sara Carbonero”: la verdad suele estar en lo colindante y en su interacción con lo principal. Por sus páginas pasan las mujeres de los jugadores, las primas (inexistentes), la venta de la foto del gol fantasma de Míchel o esos dos directivos que se dedicaron a quitar la publicidad de las vallas donde entrenaba nuestra selección. Giménez y Martín humanizan aún más ese fútbol a través de lo sentimental, de lo amateur, del humor.

De lo de alrededor: de lo que es central si queremos entender algo.

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Autor: Santi Giménez y Luis Martín. Título: Cuando éramos los mejores. Editorial: DEBATE. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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