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Cuando no puedo dormir

Fotograma de ‘Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo’. Foto fija: María Turreira.

Cuando no puedo hablar contigo —cuando no puedo hablar con nadie—, te escribo mensajes y voy leyendo los libros que dejaste aquí. En esta habitación se ha vuelto complicado dormir, pero la parte buena es que ya lo tengo asumido: cuando encuentro imposible conciliar el sueño —y para evitar enroscarme en las cosas que me hieren—, enciendo la luz y sigo escribiéndote, sigo leyendo. A través de mi ventana no veo más que un muro blanco, atravesado por una larga raya anaranjada. Estas otras dos ventanas metafóricas no me sirven para nada más que para imaginarme a través del recuerdo, pero he aprendido a encontrar cierta calma en esta forma ligera de memoria. Por la noche, cuando todo está oscuro, se enciende la luz del móvil con el parpadeo de tus mensajes. Tú también lees. Todo está bien.

***

Unos apuntes contextuales para el texto que sigue:

Hace ahora más de un año, Andrea Morán y Fernando Vílchez presentaron su cortometraje Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo en el seno del festival DocumentaMadrid. Hablé con ellos en una pequeña sala del complejo de Matadero, frente a la Cineteca, y el resultado de aquella conversación nunca llegó a ver la luz. Poco después, volví a coincidir con ellos en Filmadrid, festival de cuyo comité organizador ambos forman parte —Fernando es, de hecho, su codirector—. Allí descubrí el cine de Dan Sallitt, un cineasta y crítico estadounidense del que he pensado que podría hablaros pronto. Hace poco, cuando el D’A Film Festival de Barcelona trasladó su programa de 2020 a la plataforma digital Filmin debido a la crisis sanitaria y al confinamiento, volví a encontrarme con aquel cortometraje, que ahora cobraba un nuevo significado. Como estudié periodismo, una lucecita se encendió en mi cabeza: pensé que era el momento adecuado para rescatar aquella conversación. He decidido hacerlo aquí porque Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo hace que los libros y el cine interactúen de una manera realmente bella. Dicho esto, suspendo el contexto y me parto en dos tiempos.

1. la primera reclusión

Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo nace de lo acontecimental: Andrea Morán sufre un pequeño infarto cerebral, es operada de urgencia y lleva a cabo un proceso de rehabilitación encerrada en una habitación de hospital. Dado que su vista se había visto afectada por el infarto, Andrea era incapaz de leer. Fernando, mientras tanto, viajaba a Lisboa y le enviaba notas de voz. Ella leía entonces a través de su voz. Muchos amigos la visitaban y le llevaban libros. Eran regalos generosos, pero inútiles: no los podía usar. Dos puntos trazan una línea: Fernando y varios amigos pusieron en marcha los mecanismos del afecto para que Andrea volviese a leer. Las reglas de la propuesta eran sencillas: enviarle un audio de alrededor de dos, tres minutos leyendo un fragmento de un libro que a ti te gustaría recibir si tuvieses que pasarte varias semanas encerrado en un hospital. El cineasta Matías Piñeiro, uno de los invitados al proyecto, no las siguió al pie de la letra: les hizo llegar un audio de tres horas leyéndose un libro entero.

Fotograma de ‘Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo’. Foto fija: María Turreira.

Con Andrea recuperada y fuera del hospital, lo que era un proyecto de paisajes sonoros comenzó a transformarse —quizá por la familiaridad de ambos con el lenguaje cinematográfico, quizá por la ilusión de proporcionar imágenes a un pasado fundido a negro— en el germen de una película. De la mano de algunos de los amigos que habían participado en el proyecto inicial, y ya desde la posición de cineastas, Fernando y Andrea buscaron los espacios —entonces imaginarios, ahora materiales— en los que ella se los había imaginado a cada uno de ellos leyendo aquellos textos transformados en breves notas de audio. Aquellos paisajes mentales se tradujeron, a través del movimiento, a través de la imagen, en paisajes reales; en una suerte de mapa de las lecturas de Madrid. Desde el Retiro hasta el Rastro de La Latina, atravesando espacios públicos y privados, cafeterías y habitaciones.

De la mano de una dirección de fotografía en analógico llevada a cabo por el cineasta Ion de Sosa, los planos fijos que retratan las lecturas entrelazadas en el breve metraje de Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo cobran la textura de un recuerdo fundido con la ensoñación: todos ellos leen para la Andrea del pasado, que entre libro y libro habla en off sobre espacios muertos, los espacios que dibujaba en su mente cuando la vista se nublaba, los espacios de un pasado transmutado en presente, fijado en imágenes. Al final, la propia Andrea Morán entra en plano, a las afueras de Madrid, en un espacio natural cruzado por agua y árboles. Mira a la cámara, abre el Abecedario de Inger Christensen —poemario editado en España por Sexto Pisoy comienza a nombrar las cosaslos helechos existen, y zarzamoras, zarzamoras […] existen; los poemas, los días, la muerte […] y el vinagre existe, y la posteridad, la posteridad.

Andrea Morán, leyendo durante el rodaje de ‘Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo’. Foto fija: María Turreira.

De vuelta a casa, la taza del café sigue en el mismo sitio. Andrea dice, en off, filmando su ventana: han llegado nuevos vecinos, gente que aún no conozco. Y la película termina así, proyectada hacia el futuro, dejando tras de sí un pasado poblado de imágenes.

2. la segunda reclusión

Desde marzo a junio de 2020, casi tres años después del acontecimiento que hizo nacer Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo; casi un año después de que yo hablase con Fernando Vílchez y Andrea Morán en una pequeña sala del complejo de Matadero, frente a la Cineteca de Madrid; el mundo entero se encierra en casa. Las imágenes, las películas, los libros se ven obligados a trascender lo objetual a través de la distancia de la imaginación. Uno toca las imágenes, toca las páginas, lee, recibe mensajes, imagina espacios. Lo que era un cortometraje sobre una experiencia individual, sobre la experiencia concreta de Andrea en una habitación de hospital, se resignifica en un sentido colectivo cuando el mundo exterior —el Retiro, el Rastro, las cafeterías, los espacios naturales— queda vedado a lo experiencial. Solo existe en el pasado y en el futuro que uno imagina.

En medio de la noche, cuando no puedo dormir, te escribo y leo. Y pienso que grabaremos el mundo otra vez, a pesar de que esto no sea más que una esperanza; grabaremos de nuevo el mundo. La penúltima escena de Yo siempre puedo dormir, pero hoy no puedo, aquella en la que Andrea Morán lee a Inger Christensen, se resuelve con ella saliendo del plano con decisión. La cámara se acerca entonces, en un brusco zoom in, al árbol que ocupa el fondo del plano, haciendo que lo invada por completo. El árbol aparece entonces distorsionado, como si lo pensásemos extrañamente, como si entre él y nosotros existiese una distancia insalvable. Él sigue ahí, ha seguido ahí todo este tiempo, ese árbol no se va, no se va; nosotros nos vamos, nos vamos. Pero seguimos pensando: y la posteridad, la posteridad.

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