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De Baroja, ni Pío

El pasado octubre se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Baroja, nacido en San Sebastián en 1872 y fallecido en Madrid en 1957. Azorín fue, pues, el único que le sobrevivió una vez desaparecidos todos los miembros de la llamada Generación del 98: Unamuno, Maeztu, Valle, Machado, Ganivet…

Baroja ha sido, junto con Antonio Machado, el único escritor del grupo cuya fama se ha mantenido intacta a lo largo del tiempo. Las obras del vasco y del andaluz, aunque con reticencias, siguieron publicándose durante el franquismo y no han conocido eclipse alguno una vez llegada la democracia. Cela, por ejemplo, fue uno de los más firmes defensores de don Pío en los años más oscuros del franquismo, durante la inmediata posguerra. Y, más adelante, a partir del fallecimiento del dictador, autores tan representativos como Delibes, Juan Marsé o Eduardo Mendoza volvieron su mirada hacia el autor de Zalacaín el aventurero, proclamándolo maestro de la nueva narrativa que, con la llegada de los Muñoz Molina, Luis Landero, Pérez-Reverte, Julio Llamazares, Martínez de Pisón y tantos otros, recuperaba ese viejo modo de contar una historia, adelgazando los recursos técnicos y otorgándole más protagonismo a la fábula, al argumento.

"Baroja fue silenciado, hasta donde se pudo, por el aparato represor franquista. Y don Pío contribuyó mucho a ello no saliendo nada más que lo justo de su casa"

El propio Mendoza, alguna de cuyas obras, como La ciudad de los prodigios, tanto debe al magisterio de Baroja, es el autor de una rara monografía dedicada al viejo maestro del 98. La conclusión no puede ser más contundente y, a la vez, emotiva: Baroja nunca escribió bien del todo, su estilo dejó mucho que desear, no fue ni siquiera un renovador de la novela, ni destacó por sus alardes técnicos… y sin embargo –concluye Mendoza–, su literatura siempre nos resulta asombrosamente cercana y cálida.

Baroja fue silenciado, hasta donde se pudo, por el aparato represor franquista. Y don Pío contribuyó mucho a ello no saliendo nada más que lo justo de su casa, recluido en su hogar, con una manta sobre las piernas –era, cuentan, el hombre más friolero del mundo, de ahí que se sintiera cómodo trabajando en el horno de la familia–, siguió escribiendo relatos hasta poco tiempo antes de su muerte. Sus libros más comprometidos sobre la guerra civil española fueron editados póstumamente para no incomodar a los capitostes del Régimen. De Baroja, ni Pío. Lo que no se nombra, no existe. En sus últimos años, una de las personas que más fue a visitarlo fue el yeclano José Luis Castillo-Puche. En su libro Hemingway entre la vida y la muerte, un largo ensayo sobre este escritor estadounidense, cuenta el histórico encuentro –propiciado por él mismo– entre ambos personajes. Baroja estaba recluido en el que habría de ser su lecho de muerte, y Hemingway, un hombretón de casi dos metros y muchas libras de peso, se arrodilló frente a la cama y le dijo: “Yo estoy seguro de que usted ha merecido el Nobel antes que muchos, comenzando por mí, que, en cierto modo, soy un discípulo más…”. A Baroja, sin embargo, no pareció importarle demasiado el discurso. “La barba de don Pío –escribe Castillo-Puche, testigo de aquella singular escena– y su bigote parpadeaban levemente sobre la sábana. El gorrito blanco le daba cierto aspecto antiguo y casi cómico”.

"Muerto el perro, se acabó la rabia. Y el Régimen comenzó a respirar tranquilo. Uno menos de los que les podían incomodar con sus libros"

Unos pocos meses después, tras la desaparición de Baroja, fueron muchos los que dejaron su testimonio en la prensa de aquellos años. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y el Régimen comenzó a respirar tranquilo. Uno menos de los que les podían incomodar con sus libros y sus comentarios. El testimonio más profundo y desgarrador, escrito el mismo día del entierro de Baroja y publicado al mes siguiente en la revista Papeles de Son Armadans, fue el de Camilo José Cela. En la calle, a la espera de que bajaran el féretro, había dos centenares de personas, un ministro y unos cuantos académicos. Y quizá algún crítico literario. El artículo de Cela, de apenas dos páginas, comenzaba así: “Quizá no debiera haberlo hecho pero, esta mañana, a la vuelta del cementerio, me lavé las manos porque la caja de muerto de Baroja desteñía”.

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Este artículo fue publicado en La Verdad

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