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Decirte que te quiero (pese a los muros del mundo)

Decirte que te quiero (pese a los muros del mundo)

París, Texas, de Wim Wenders.

¿Qué espero de todas estas lecturas
sino es que me hablen de un estúpido amor?

Yo hacia abajo, tú hacia arriba: sabíamos que era una cosa más bien estúpida, pero no dejábamos de hacerlo. Cada viernes por la tarde cruzábamos la ciudad en dirección al otro, cada uno desde su extraño lugar de origen, para encontrarnos en el punto intermedio exacto; para encontrarnos en la mitad de un semáforo abierto, en plena carretera, con los coches a punto de encenderse. Parábamos en medio durante esos segundos de poder; quizá un abrazo breve, un beso ligero, tomarnos las manos para decidir el camino a seguir. Así, en el centro de esa ciudad ajena y propia, con los coches acelerando y disparados en todas las direcciones, seguíamos caminando juntos; al este, al oeste.

1. historias breves de mi país y un contexto

y esta es la manera menos torpe que encontré para decirlo

Estuve viviendo en las cosas fáciles durante unos años, antes de ser consciente de que todo estaba a punto de cambiar: cuál es el ritmo político del mundo, cuál es el ritmo, preguntaba yo mismo en mi habitación a los siete años de edad, emborrachándome con VHS de los Looney Tunes; el ritmo está apagado, el ritmo lo marco yo. Cada año del principio, una gota inapreciable.

Después, losa tras losa: estuve en Berlín durante apenas ocho días del verano de 2015. Me senté al quinto día en Alexanderplatz, mirando con atención la punta de la torre de telecomunicaciones: mi cuerpo no hacía nada allí. Berlín tenía los rastros de un mundo partido, pero mi madre estuvo de compras en Alexanderplatz mientras yo esperaba sentado. Mi padre y yo entramos a un McDonald’s en Alexanderplatz, compré un cono de nata y volví a sentarme mirando hacia arriba, tantas torres hablando del pasado.

En mi vida presente, la compartimentación se lleva a cabo con un ritmo lastimero pero que sabe abrir bien las heridas. Reboto por la geografía, de Barcelona a Santiago de Compostela, de Santiago de Compostela a Madrid; cada vez que vuelvo a casa siento que ya no es mi casa, siento envidia hacia las personas que saben mirar hacia arriba, hacia un edificio, y decir: aquí está mi casa. Yo quiero dejar de ser esta amalgama extraña de personas, este cruce político de territorios, esta masa extraña de humanidad que es mi cuerpo —mi cuerpo inscrito de cosas que ha vivido y yo he decidido no recordar, escribe Victoria Guerreroaquí resides / por mientras pasa el tiempo que te separa de la muerte—.

***

Afirmo con los dientes redondos, incapaces de morder: esta es una reseña prudencial de un libro de poemas titulado Berlín, escrito por Victoria Guerrero Peirano (Lima, 1971) y publicado por una editorial cuyo nombre se funde extrañamente con el del poemario: Esto no es Berlín. Digo prudencial por lo de mi distancia, y coloco aquí este párrafo a sabiendas, como si no me fiase de mí mismo, como si me picase todo el cuerpo al no entregar el contexto, al no dar los nombres. Igualmente doy mi cuerpo a esta reseña, igual que Victoria Guerrero da su nombre y desconfigura sus recuerdos para inventar el recorrido inverso de una vida en perpetua huida. Si nos pasamos los años escapándonos de nuestros centros, este poemario gira la trayectoria: palabra a palabra, palabra a palabra en busca de un sintagma que devuelva el sentido a lo que hacemos.

2. ah, el amor

y ya no sé cómo amarte
tu pureza hiere mis oídos

La cosa de los semáforos duró los primeros meses, claro: después, la vida cambia. Después hubo que aprender a enamorarse en una ciudad distinta; más tarde en otra en la que ella ya no estaba, cada vez más lejos, tan cansados el uno y el otro. Abandonando la posibilidad de cruzar la ciudad para encontrarnos, uno inventa formas casi fantasmagóricas para sostener el amor a través del tiempo. La persona amada se extingue en lo físico y pasa a formar parte del mismo cuerpo del deseo: tú y yo dentro de mí mismo. Victoria Guerrero agarra todas las personas posibles y las aglutina en un mismo interlocutor, para que así sea más fácil encontrar al destinatario. Como decir: si digo , si digo ellos, si digo nosotros, si digo él, si digo yo; te ruego que sepas que siempre te escribo a ti.

Ahora, el problema central de este poemario que es Berlín: así, tú y yo esparcidos por el mundo, cuál es la forma posible, de qué forma puedo hablarte para que tú entiendas que te quiero, que te quiero a pesar de los muros del mundo. Victoria Guerrero vuelve la mirada hacia su nombre, en busca de alguna certeza entre todos esos tránsitos abruptos, dice: mi nombre es ahora un documento de barbarie. Hace recuento, como repasando un álbum de fotografías antiguas, de todos los mundos derruidos que su nombre ha dejado atrás: los hijos que no han nacido, las largas ausencias, los amaneceres confundidos entre ciudades —levantarse en Boston sin saber bien qué es Boston exactamente—. Se revuelve como queriendo sentir, como queriendo pincharse a sí misma en una desesperada busca de estímulos que sacudan su mundo.

¿Será la nostalgia de ese sufrimiento la que me hace escribir?

Así que se agarra al amor como si fuese la única lanza que atraviesa lo largo de su vida, la única constante; vuelve a él como un niño emigrado que regresa a casa siendo adulto. Lo observa desde el avión, a punto de aterrizar, intenta ponerle palabras a esa silueta grotesca que cubre el horizonte, por un momento la sacudida política a la identidad se recoge, se dobla, mira hacia adentro. Victoria Guerrero escribe lo siguiente, como buscando acariciar una imagen que empieza a desvanecerse: la vida es ese espacio de recuerdos torpes / en los que cae una lluvia oblicua […] / en medio de ella estamos navegando tú y yo / y mis pies se apoyan suavemente sobre los tuyos.

3. sabemos, en el fondo, quién tiene la culpa

pero no he querido distraerte con este falsete de mujer herida

Berlín es un libro permeable al dolor que el tiempo inflige a los cuerpos, pero también apunta con decisión a su enemigo, al culpable de toda esta evaporación identitaria, de toda esta distancia que nos separa del primer amor. Escribe Victoria Guerrero, como agitando una bandera enorme: así que / después de todo / preferimos seguir más al poeta que a la ciencia. Utiliza los dos lados del muro de Berlín casi como figura retórica, como diagrama explicativo de la invasión. La poeta observa, herida pero beligerante, el avance de un mundo que aplana la palabra, que desprovee a la poesía de su militancia política, que la aleja de ese propósito idealista de encontrar, aunque sea en el último suspiro, el nombre del amor —el verdadero nombre del verdadero amor—.

La estrategia de contraataque también parece dibujada con concreción: volver a casa, acariciar a los padres, desvestirse de capas de otras ciudades y volver al amor primerizo, el que se agita entre los árboles todavía pese a tantos años en la distancia. Así pelea Victoria Guerrero contra el desplazamiento fácil del sector capitalista. Su diagnóstico de la poesía contemporánea es crudo: hoy la poesía es una linda dama de compañía / y hace rima y se luce sobre cocinas postindustriales / hace buen tiempo que abandonó la militancia y se vende a precios modestos pero dignos, escribe.

Pero Berlín es un libro que siempre está volviendo a casa, que no se rinde: una discoteca inmensa de luces esperanzadas se abre para que los jóvenes bailen sobre su pista, para que los amores distanciados se reencuentren.

ahora que conoces el pasado
es tu turno de agitar el futuro

***

No quisiera fundar contigo un país para que nuestros hijos muriesen por él; acaso sea mejor llevar una vida tranquila aquí, en esta indecisión, en el medio de este semáforo y en los segundos previos a que todos los coches arranquen, sin saber muy bien cuál es el país que habitamos pero teniéndolo más claro que nunca antes.

4. bailo contigo porque es lo único que me apetece hacer

si he bailado ¿existirá algún paso honesto?

Hoy, de vuelta en la ciudad que tú y yo atravesábamos las tardes de viernes, ya sé que no importa demasiado esta minúscula distancia física que nos separa. Los dos ya en Berlín, no osamos siquiera acercarnos al muro. Así, con este miedo que crepita instalado en mi vida, invoco mi agitación pasada y susurro, antes de dormirme, que probablemente me subiría al muro para besarte, aun a sabiendas de morir después. Pero eso es todo lo que hago, apenas susurrar.

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Autora: Victoria Guerrero Peirano. Título: BerlinEditorial: Esto No Es Berlín. Venta: Amazon y Casa del Libro.

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