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Desandar lo andado, o cómo descolonizar Europa desde los márgenes en Perro Rey

Desandar lo andado, o cómo descolonizar Europa desde los márgenes en Perro Rey

De no haber sido inmortalizado en sus versos, el perro spaniel de la poeta inglesa Elizabeth Barrett Browning habría muerto sin dejar rastro literario —“Amado amigo, regalo de una / Quien, en su fe verdadera, hubo de correr / A través de la naturaleza en lo bajo; / Sé mi bendición dije / con la mano sobre la cabeza, / suave compañero”—, Barret inmortalizó en un poema que tituló “A Flush, mi perro”, fechado en 1844. Casi un siglo después, Virginia Woolf escribió Flush: Una biografía (1932) en la que haciendo gala de su inmensa imaginación reconstruía y deconstruía la vida del spaniel, en particular sus muchos viajes con Barrett Browning y su marido, el también poeta Robert Browning, así como su secuestro en el barrio londinense de Whitechapel, por aquel entonces hogar de borrachos, maleantes y trabajadores. En la obra de Woolf, Flush supone un cambio de rumbo al ser el primer cuento en la que hay un componente de crítica a la enorme desigualdad social imperante en Inglaterra —y que aun hoy sigue vigente, incluido en Whitechapel, barrio ubicado a escasos metros del corazón financiero de la City—. Aunque Woolf llevaba ya un tiempo reclamando una habitación propia, no hay que olvidar que el grupo de Bloomsbury al que pertenecía era una élite tanto intelectual como económica, que poco tenía que ver con el ciudadano medio de 1930: un obrero, un hijo o hija de obrero, una ama de casa. Gracias al perro de Barrett Browning por primera vez los ojos de Woolf se posaron en lo común, el pueblo; el perro, entonces, le permitió a Woolf re-escribir la historia desde la perspectiva “en lo bajo”, en contraposición al establishment, la mirada del spaniel metáfora de la working class. Desde entonces, Flush no es recordado por ser tanto, o no sólo, ese “suave compañero” de los versos de Barrett, como también, y quizás más notablemente, un aparato narrativo para “desandar lo andado”, es decir, proponer una re-escritura del pasado desde abajo, una alternativa al discurso hegemónico del poder. Un contrapoder.

"¿Por qué caminar hacia delante cuando podemos hacerlo en círculos? ¿Hay que pasar a la posteridad y ser recordado, o es la muerte el final de la memoria?"

“Desandar lo andado” no son palabras de Woolf sino de Thani, una de los personajes de la última novela de Daniel V. Villamediana, Perro Rey (2026, Eolas Ediciones), en la que el autor vallisoletano recrea y expande el proyecto de la escritora inglesa con gran ambición literaria, rigor académico y creatividad que desborda el terreno de la ficción para proponer un horizonte poético y político de posibilidades otras que puede, y ha de leerse, como una guía para el presente. Perro Rey se desarrolla en la “España” (concepto político más que geográfico, en el que se incluyen todas las colonias tanto en Europa como en el Nuevo Mundo) del siglo XVI, ese siglo tumultuoso y decisivo para la historia mundial supuestamente marcado por el Descubrimiento y la Conquista —con su consiguiente genocidio de poblaciones locales—, el comienzo de la Modernidad, la pesadilla de la Inquisición, el autoritarismo de los Reyes Católicos y luego de Felipe II, el poder desmedido de la Iglesia católica, la llegada de la imprenta que relega la oralidad a lo popular, entre otras instituciones, grands récits, y acontecimientos que tradicionalmente han copado el relato de ese periodo. Estas grandes narrativas, como las definió Jean-François Lyotard en La condition postmoderne (1979), no dejan espacio a otras perspectivas, otros tiempos, otros saberes, que en esta novela sí encuentran lugar —¿o deberíamos quizás decir ocupan el lugar?— gracias a la figura de Perro, un can cuya existencia, marcada por la insólita capacidad de habla y escucha, incita a deshacer los hilos del pasado para proponer un relato otro, desde “en lo bajo”. Perro Rey se suma así a una ristra de proyectos literarios que habitan —ocupan— lo político del pasado colonial como el limbo angustioso de Zama (1956) de Antonio di Benedetto, la interposición de tiempos en Llanto: novelas imposibles (1992) de Carmen Boullosa, los paseos prolongados en El largo atardecer del caminante (1992) de Abel Pose y, sobre todo, El entenado (1982) de Juan José Saer, novela colosal sobre un grumete que llega al Nuevo Mundo y es secuestrado por una tribu cuyos modos de vida alteran profundamente su concepción del tiempo y del espacio situándole en coordenadas otras que cuestionan los conceptos básicos del orden social europeo —¿es lícito acostarse con un familiar? ¿Por qué caminar hacia delante cuando podemos hacerlo en círculos? ¿Hay que pasar a la posteridad y ser recordado, o es la muerte el final de la memoria?—. Pero, a diferencia de estos novelistas latinoamericanos, Villamediana reescribe el tiempo colonial desde una perspectiva europea que sin embargo también busca descolonizar la idea de Nuevo Mundo, es decir “desandar lo andado” por esas grandes narrativas que empezaron con Colón y los Cronistas de Indias —¿contradicción, o gesto necesario para reconocer la herida del pasado?—.

"El tiempo de la novela de Villamediana es un tiempo lineal que recorre el siglo XVI: en el centro, la vida del can excepcional"

El tiempo de la novela de Villamediana es un tiempo lineal que recorre el siglo XVI: en el centro, la vida del can excepcional, Perro, recreada a través de un tejido de testimonios de varios personajes que se cruzaron y compartieron su camino y su charla; de fondo, los grandes acontecimientos históricos que pasan a un plano secundario al estar contados no por el poder —la monarquía, la Iglesia, el cronista— sino por el pueblo, personajes de a pie (la perspectiva de Flush) que luchan por sobrevivir más que por trascender y perpetuarse en el tiempo — “en aquella ciudad [Valladolid], que había sido capital del reino, vivían nobles, duques, marqueses y demás—. Era así una ciudad muy rica, pero también inmensamente pobre. Descubrió a muchos mendigos, lisiados, y medio hombres que trataban de llamar la atención con gestos desesperados”, observa el narrador. Un cambio de mirada y de modo de ver que esconde un postulado político: hay otra historia, y se puede contar, como ya hizo antes Saer al redescubrirnos a nosotros, europeos, a través de la tribu de los colastiné en El entenado.

Más en el qué que en el cómo, las comparaciones con la novela de Saer son inevitables. Como en El entenado, en Perro Rey hay una reflexión profunda sobre el papel de la memoria en la (re)escritura de la historia: solo aquello que se escribe será recordado más allá de la transmisión oral, fugitiva y breve, y, por lo tanto, la escritura es un arma de poder que hay que preservar, como bien dice el narrador al final de la historia que, cronológicamente, también es el principio de la rememoración: “Me di cuenta entonces de que solo debía hacer una cosa: cumplir la misión que yo mismo me había encomendado, y que no era otra sino perpetuar la memoria de mi rey. Debía contar su vida, su sufrimiento y sus gestas, para que se aprendiera de ellas”. El propósito pedagógico, que no moralizante, está implícito desde el principio de la novela, cuando un fraile no demasiado complaciente con los postulados eclesiásticos enseña a Perro a hablar y éste decide llamarle padre. Al igual que en El entenado, en el que el narrador designa como padre al fraile que le enseñó a escribir, la palabra dada y transmitida simboliza la familia elegida —que no impuesta—. La ausencia de linaje y tradición no se lee en términos negativos de orfandad y desamparo, sino como una posibilidad de libertad para construir un sentido de la realidad independiente de los cánones impuestos por las instituciones —sociales, religiosas, políticas— que, desde un primer momento en Perro Rey, son rechazadas como elementos de autoridad. Entre ellas, el sedentarismo que promueve el sentimiento de pertenencia a un lugar como modelo deseable de vida, y, más importante quizás, como horizonte político – recordemos que es en el siglo XVI cuando la idea de Estado-nación empieza a florecer en Europa y que será luego impuesta a lo largo y ancho del mundo. En Perro Rey, el personaje principal y todos los que le acompañan en su marcha hacia un mundo mejor siempre están en movimiento. “¿Por qué siempre andáis viajando?”, Perro le pregunta a un enano de una compañía de teatro itinerante a la que se une en los primeros capítulos de su vida. “Porque la libertad está en el movimiento”, responde este. “El que permanece quieto, la pierde (…) ¿qué decir de los señores en sus castillos, rodeados por inexpugnables murallas? ¡No pueden abandonarlos a riesgo de perderlos! El oro que guardan, cual imán, los obliga a estar siempre cerca, porque el hombre no posee al vil metal, sino que sucede lo contrario”. Palabras que sirven como preludio de lo que será la vida nómada y ácrata de Perro y que prefiguran una idea del viaje como modus vivendi y no como tiempo excepcional en la vida de uno. Un movimiento que rechaza las fronteras y la idea de soberanía sobre la que se edifica el sistema político de Estado-nación actual —¿es ésta entonces una novela sobre el pasado como pretende querernos hacer creer con sus múltiples referencias históricas, o sobre el presente de muros, concertinas, y creciente acumulación de oro en manos de unos pocos?—.

"En el ejercicio de reescritura de la historia que es la novela, también hay espacio para la reescritura de hechos históricos en forma de darle vuelta a la tortilla"

Conforme avanza la novela, las instituciones que supuestamente sostienen y definen el mundo de aquel entonces —¿o es el nuestro de ahora?— colapsan gradualmente: la Iglesia no es esa empresa que reza por el bien común, la monarquía deja famélicos a sus sirvientes, cualquier atisbo de familia que Perro encuentra se descompone como si lo nuclear fuera tóxico. En la segunda parte, Perro se embarca en una aventura al Nuevo Mundo y es ahí donde la novela alcanza su máximo esplendor como guía de posibilidades otras, y como recordatorio no solo de lo que se perdió y de lo que no queda memoria, sino también de lo que se recuerda y lo que conforma el archivo colonial (y recordemos que la historia de Perro Rey se cuenta desde un punto de vista español y europeo que pretende no obstante “desandar lo andado” en lugar de reforzar el status quo). Recordar es aquí un ejercicio de poder, pero lo que se recuerda no son tanto las grandes gestas o derrotas, dependiendo de quién las cuente, como las consecuencias desastrosas que hubo de tener los enfrentamientos bélicos para la población, empezando por los millones de muertos y sin olvidar la extinción de saberes y culturas que no guardan registro escrito. El trasfondo especulativo de la novela en esta parte —¿cómo pudo ser ese mundo del que no existe archivo?— resulta fascinante. Por ejemplo, el viaje a través de huacas (caminos) en la selva de Perro en compañía de Thani, la india apresada por un español que retiene también a Perro y del que juntos huyen tierra adentro en busca de hatun runa (gente común, el eje social de la novela), palabras otras que se insertan en la escritura en español para recordarnos que hubo tiempo en el que no se pensó en esa lengua, en el que esa lengua ni siquiera era lengua —¿un silencio?—.

En el ejercicio de reescritura de la historia que es la novela, también hay espacio para la reescritura de hechos históricos en forma de darle vuelta a la tortilla como el que practica Quentin Tarantino en sus películas (e.g., Django, Malditos bastardos, Érase una vez en Hollywood). En uno de los capítulos más memorables, un grupo de españoles cae estrepitosamente derrotado por soldados con armaduras en caballos ayudados por artillería pesada que un grupo de locales construyeron con ayuda de un español enamorado de una de ellos, la Malinche a la inversa. En esta parte, la novela abunda en las comuniones e hibridaciones culturales problematizando la distinción entre nosotros y ellos. Los españoles son españoles pero también son los extranjeros en el Nuevo Mundo; en el medio y sin pertenecer de manera definitiva a nadie ni a nada, el personaje de Perro y sus amigos y compañeros, una estructura social que va más allá de divisiones y categorías triviales —¿qué es un español en el siglo XVI…?— y que nos recuerda, sin pretender minimizar los estragos de la Conquista, que en el llamado Nuevo Mundo también había estructuras sociales verticales y opresivas.

"Conviene recordar aquí entonces que el canon es un ejercicio de poder que dictamina que algunas obras son más dignas de ser recordadas y leídas que otras muchas"

Perseguido también en el Nuevo Mundo por su singularidad, en la parte final Perro viaja de nuevo a Europa y con él viajan las vivencias y testimonios del Nuevo Mundo. La globalización ya es un hecho en el siglo XVI, y aquí conviene reseñar que uno de los postulados políticos más ambiciosos de la novela es el hecho de recordarnos que la historia y la memoria colectiva de Europa, y más concretamente del país que se nombra a sí mismo como “España”, no se puede entender sin el territorio al otro lado del Atlántico. En Utopia and Memory (2005), un ensayo torrencial que no pierde actualidad, Luisa Passerini sostiene que muchos de los recuerdos (memories) europeos ni siquiera se originaron en Europa. “Los recuerdos en plural aluden a la multiplicidad de culturas y lenguas que se originan a partir de la diáspora de los pueblos por todo el mundo hoy en día, una multiplicidad que esperamos llegue a impregnarse de un pleno sentido de respeto mutuo, para que el multiculturalismo, el multilingüismo y la multirracialidad no se conviertan en palabras vacías”, escribe Passerini. Esto, y de manera muy notoria, es lo que Villamediana consigue en su novela a través del país sin fronteras de la ficción y con el personaje, marginal pero libre, de Perro.

Al lado de experimentos formales como Las olas (1931) y Mrs Dalloway (1925), o de ejercicios desmedidos de la imaginación como Orlando (1928), en la obra de Virginia Woolf Flush: Una biografía es considerada una obra menor por la crítica especializada, incluida por la propia Woolf, quien llegó a decir que era un joke (chiste, tontería). Conviene recordar aquí entonces que el canon es un ejercicio de poder que dictamina que algunas obras son más dignas de ser recordadas y leídas que otras muchas, que la historia de la literatura y del pensamiento la escriben algunos autores, muy pocos, mientras que la gran mayoría se pierden en el olvido, excluidos. Contra esta tendencia, obras como Flush, y más especialmente Perro Rey, nos enseñan que otro camino es posible: el pasado es una brújula para re-escribir el presente no desde arriba, como acostumbramos desde Colón, pero “en lo bajo”, “suave compañero”. Guau, guau…

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Autor: Daniel V. Villamediana. Título: Perro Rey. Editorial: Eolas. Venta: Todostuslibros.

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