Hay libros que inventan mundos y otros que, mediante un desplazamiento imperceptible, consiguen que empecemos a mirar el nuestro de un modo diferente. El palacio vacío (Contrabando, 2026), primera novela del poeta Raúl Nieto de la Torre (Madrid, 1978), pertenece a esta segunda categoría. El futuro que imagina está tan próximo al presente que casi todo resulta reconocible: algoritmos, datos biométricos, inteligencia artificial. Basta con llevar algunos de esos elementos un poco más lejos para que la aparente comodidad tecnológica revele su reverso distópico.
Durante la larga jornada de relevo, Teo explica a quien ocupará su puesto cómo se supervisan los itinerarios de los repartidores y se determinan las recompensas que reciben. Los trabajadores, reducidos en las pantallas a una letra y dos cifras, creen que sus ingresos extra responden de manera objetiva a su rendimiento. Quienes conocen el sistema saben que esa meritocracia es ficticia: entre el esfuerzo y el premio se ha introducido deliberadamente una dosis considerable de aleatoriedad que ni siquiera Teo puede gobernar.
Un trabajador puede esforzarse una semana y recibir menos de lo esperado, o limitarse a cumplir y encontrarse días después con un incentivo especialmente alto. Se instaura así una lógica semejante a la de los juegos de azar: la incertidumbre induce a buscar reglas que permitan anticipar la siguiente prima. Los empleados alteran sus hábitos, ensayan estrategias, inventan supersticiones, se hacen amigos o enemigos del responsable de control y atribuyen a sus decisiones consecuencias que nunca tuvieron.
El protagonista se perfila como un hombre digresivo, culto, irónico y propenso a convertir cualquier detalle en una pequeña teoría sobre la existencia. Divaga acerca de antiguos compañeros, de su padre, ferroviario y poeta, de su madre, de los fundadores de Icaria Solutions y de las personas que durante décadas ha visto transitar por la nave logística. En ese flujo verbal aparece un nombre: Adriana, una trabajadora con la que tuvo años atrás una relación clandestina en su palacio vacío. La empresa no debía saber que Teo estaba ligado sentimentalmente a una subordinada cuya labor supervisaba; Adriana, a su vez, no podía conocer la verdadera lógica del mecanismo de recompensas. De esa doble ocultación surge el núcleo más íntimo de la novela y también su principal misterio.
Conviene no contar mucho más. Sí cabe señalar que Teo llega a sospechar que la inteligencia del sistema sabe más de lo que debería. Una serie de episodios de su pasado lo lleva a buscar a uno de los fundadores de Icaria Solutions, desaparecido desde hace años. La investigación abre un interrogante incómodo: hasta qué punto estamos dispuestos a asumir las consecuencias de nuestros actos cuando existe la posibilidad de atribuirlos a una voluntad ajena. El palacio vacío indaga en los mecanismos de control, pero también en la responsabilidad y la culpa.
La novela perdería eficacia si las cuestiones que plantea aparecieran desligadas de quien las cuenta. Teo puede hablar de Bioy Casares o Borges y, poco después, detenerse ante un impermeable amarillo que lleva veinte años colgado de un perchero. Esa convivencia entre la divagación intelectual y la atención a las cosas impide que el libro quede reducido a un relato de ideas. Frente a un sistema que codifica y deshumaniza a las personas, Teo devuelve constantemente a la narración cuerpos, familias, objetos, manías y recuerdos. Los empleados son S82 o J77 en una pantalla, pero detrás de esas combinaciones hay hijos que necesitan ir al dentista, adicciones, deudas y esperanzas. La abstracción del algoritmo tropieza una y otra vez con la obstinada materialidad de las vidas que pretende someter y ordenar.
Resulta decisiva la arquitectura formal elegida para narrar. El palacio vacío se inscribe en la tradición del monólogo dirigido a un interlocutor silencioso, un procedimiento que remite a La caída, de Camus, y que Mohsin Hamid ha retomado con eficacia en El fundamentalista reticente. En los tres casos, esa asimetría favorece la confesión y sitúa al lector en una posición muy próxima a la de quien escucha. También abre una incertidumbre difícil de resolver: no podemos saber hasta qué punto Teo interpreta correctamente las reacciones del hombre que tiene delante, dado que carecemos de una voz independiente que pueda confirmar o desmentir su relato.
Gracias a esta estructura, el traspaso del puesto va más allá de un simple trámite. Teo le confía secretos muy sensibles y convierte al sucesor en depositario de la misma carga moral que él se dispone a abandonar. El relevo profesional asegura así la continuidad del sistema y transmite, como una herencia forzada, una forma de ejercer el poder, mirar a los demás y administrar el silencio.
Escrito en una prosa pulcra y precisa, El palacio vacío alcanza sus mejores páginas cuando basta una anécdota o un recuerdo para revelar el mecanismo y dejar que el lector establezca las conexiones. Algunas explicaciones restan ambigüedad a una ficción que gana fuerza al dejar zonas abiertas a la interpretación.
En su debut novelístico, Nieto de la Torre logra dos hitos difíciles: sabe exactamente desde dónde quiere contar su historia y consigue que una sola voz sostenga el relato de principio a fin. El monólogo de Teo, salpicado de humor y melancolía, permite al autor moverse entre la sátira, las contradicciones humanas, el amor y la confesión sin apartarse nunca de un personaje que acaba resultando más fascinante que el misterio que intenta resolver. Cuando Teo termina de hablar, queda una de las conclusiones más inquietantes del libro: los sistemas de control sobreviven porque siempre hay alguien dispuesto, o condenado, a ocupar la silla que otro deja.
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Autor: Raúl Nieto de la Torre. Título: El palacio vacío. Editorial: Contrabando. Venta: Todos tus libros.


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