La vida de José Almoina parece escrita de antemano para una novela. Nacido en Lugo en 1903, funcionario de Correos e intelectual de formación humanística, Almoina partió al exilio tras la Guerra Civil con su mujer, Pilar Fidalgo, y sus hijos. Después de pasar por Francia recaló en la República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo, uno de los dictadores más longevos y sanguinarios de la América del siglo XX. Allí ejerció como profesor, fue preceptor del hijo del dictador y llegó a ser secretario particular del propio Trujillo. El 4 de mayo de 1960 fue atropellado deliberadamente en Ciudad de México y tiroteado por dos sicarios; murió al día siguiente.
La decisión resulta importante porque elimina de entrada una de las posibilidades más evidentes: el suspense acerca del destino de Almoina. Sabemos dónde termina; interesa averiguar cómo ha llegado hasta allí. Tras el atentado, la narración retrocede hasta la España de 1929 y reconstruye su trayectoria casi cronológicamente, antes de regresar a mayo de 1960. La estructura circular da unidad a un relato extenso repartido entre dos continentes.
En ese recorrido cabe buena parte de la historia política de mediados del siglo XX. Almoina huye primero de la represión franquista y después de una Europa que se precipita hacia otra guerra. La República Dominicana parece inicialmente un refugio y pronto se revela como otro cautiverio. Tampoco México pone fin al acoso. La desaparición en 1956 de Jesús de Galíndez —exiliado vasco y crítico del dictador dominicano— sirve además de advertencia de lo que puede sucederle a cualquiera que se enfrente al poder trujillista. Millares maneja con solvencia un amplio marco histórico: España, Francia, el Caribe y México marcan etapas distintas mientras la persecución continúa. La autora consigue que ese itinerario no disperse el relato, porque cada nueva geografía plantea una variación de una misma pregunta: cuánto hay que ceder, ocultar o fingir para seguir vivo.
Millares tenía material suficiente para haber construido una novela de intriga política, y algunos tramos funcionan con auténtico nervio. Pero el libro gana profundidad al explorar la transformación de un hombre obligado a cambiar de país, oficio, lealtades e incluso de identidad pública. Esa escisión alcanza incluso a su obra: Una satrapía en el Caribe apareció bajo seudónimo como denuncia del régimen; un año después también publicó Yo fui secretario de Trujillo, donde justificaba la política del dictador.
Uno de los mayores logros de la escritora consiste en mostrar, a través de Pilar, el coste familiar de esa persecución. Su presencia impide que la historia se reduzca a las peripecias del protagonista. Discute con su marido, sospecha de lo que le oculta, se preocupa por los hijos y organiza desplazamientos. En algunos de los mejores pasajes, la política se instala en la vida doméstica: una ausencia, una mudanza, el miedo a que alguien llame a la puerta. Cuando Almoina agoniza, el relato vuelve a Pilar: al hospital, a las noticias contradictorias, al intento de mantener la calma.
Hay un rasgo reconocible de Millares, poeta además de narradora: la voluntad de hacer que las ideas entren en el relato a través de imágenes. El exilio es frío, lluvia, habitaciones provisionales, trenes, barcos y maletas. En Francia, la lejanía es una herida que debe coserse con palabras. En las páginas del atentado, la sintaxis se acorta, las preguntas se suceden y la percepción se fragmenta: sangre, voces, el ruido de la ambulancia, la mano de Pilar, una madre muerta que vuelve a hablarle. La escritora trabaja en tercera persona y en presente, muy próxima a la conciencia de Almoina. Esa cercanía le permite pasar con naturalidad de lo sensorial al recuerdo, de la tensión física a la reflexión.
La literatura tampoco cumple una función ornamental. El protagonista traduce, escribe y recuerda versos. Tiresias, Goya o fray Juan de Zumárraga aparecen vinculados a su actividad intelectual. Los libros ordenan una existencia marcada por la inestabilidad y le dan continuidad: cambian los países, pero la lectura y la escritura permanecen. Hay algo hermoso en que un hombre perseguido durante media vida siga pensando, cuando el cerco se estrecha, en una edición de Homero que todavía quiere terminar.
La figura de Trujillo sitúa la novela en una larga tradición literaria sobre el poder dictatorial en Latinoamérica, de Miguel Ángel Asturias a Roa Bastos y García Márquez. Por proximidad histórica y temática, resultan especialmente pertinentes Galíndez, de Manuel Vázquez Montalbán, donde el exilio español queda igualmente atrapado en la maquinaria del régimen dominicano, y La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, quizá la obra contemporánea que con mayor fuerza ha fijado la atmósfera moral de aquellos años en la isla. La referencia que creo más cercana es En el tiempo de las mariposas, de Julia Álvarez, que recupera a las hermanas Mirabal, símbolos de la oposición a Trujillo, desde los afectos y la familia.
La abundancia de documentación hace que, en ocasiones, las conversaciones acumulen explicaciones. La autora resulta más convincente cuando la investigación se integra en la acción: una vigilancia, una discusión, un encuentro con Trujillo, el miedo provocado por un automóvil que reaparece.
Al calor de tu nombre tiene la amplitud de una biografía, la tensión de una persecución y la cercanía de una historia familiar. Su mayor virtud quizá esté en que esas tres dimensiones se nutren entre sí. Millares devuelve a Almoina a la vida antes de devolverlo a la historia: lo hace caminar, ocultarse, traducir, amar, engañar, temer y escribir; muestra también cómo sus decisiones alcanzan a quienes lo rodean. Por eso, cuando la narración regresa a la calle de Ciudad de México donde había empezado, conocemos el desenlace desde hace cientos de páginas y, sin embargo, ya no significa lo mismo. Los disparos son iguales, pero el hombre que cae bajo ellos ha cambiado por completo.
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Autora: Selena Millares. Título: Al calor de tu nombre. Editorial: Plaza & Janés. Venta: Todos tus libros.


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