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El día  en que Manuel de Agustín jugó al ajedrez  con Benavente (I)

El día  en que Manuel de Agustín jugó al ajedrez  con Benavente (I)

Cualquier español que entre 1942 y 1975 escuchara habitualmente los llamados “partes” de Radio Nacional de España, oiría casi a diario una voz aflautada, de dicción perfecta y léxico en consonancia que invariablemente cerraba su amena información desde la capital del Sena con un “Aquí París, Manuel de Agustín para RNE”. Esa cantinela llegó a ser tan familiar para los radioyentes de la emisora del régimen que cuando no se la oía por motivos vacacionales o de traslado, parecía que algo faltaba en el diario hablado de sobremesa, que así era como se llamaba aquel espacio informativo.

Pero lo que muy pocos sabían era que detrás de aquella voz atiplada se escondía uno de los periodistas más brillantes e incisivos que ocupaban las corresponsalías extranjeras de la primera emisora del país y uno de los críticos más controvertidos  de aquella España en incipiente “despegue” que pugnaba por hacerse un hueco en el concierto de las naciones.

De Agustín fue el primer periodista español que estuvo presente en la creación del Mercado Común, de la UNESCO, de la OCDE y el primero que transmitió y estuvo presente en la creación de la ONU. Corresponsal en París durante 35 años, en Roma, Londres y en las guerras de Indochina, Argelia, Túnez y Marruecos. Durante 20 años fue uno de los periodistas más populares del país con secciones fijas en Arriba, Marca, Sí y otras publicaciones nacionales.

Nuestra historia, sin embargo, no trata de guerras ni  países, de corresponsalías ni embajadas es, como no podía ser de otra manera, una historia con trasfondo entre escaqueado  y periodístico que le otorga ese halo de leyenda difícil de soslayar pero que sin embargo, es tan real  como la cúpula de San Pedro en Roma.

"Al concluir los estudios secundarios el joven de Agustín tomó la decisión de ser periodista aunque su padre le advirtió de los peligros de esa carrera."

Conocí a Manuel  a finales de los años 50 cuando comenzaban a caer en mis manos revistas de ajedrez con las partidas de los héroes del momento: Pomar, Francisco José Pérez, Medina, Rey Ardid, Miguel Farré…que devoraba como la más suculenta de las golosinas. Allí, en aquellas ahora amarillentas páginas del Ajedrez Español, aparecía un nombre que me llamaba poderosamente la atención porque no era habitual en los torneos nacionales sin embargo sus comentarios eran de lo más didáctico y ameno para un incipiente jugador como era yo. Las partidas del momento o del pasado más cercano eran diseccionadas por él con aquel gracejo y puntillismo que  pronto le hicieron famoso. Se llamaba Manuel de Agustín y era conocido en los ambientes escaqueados como el “matagigantes” pues algunos de los mejores jugadores del mundo y de España habían probado el sabor de su bota.

© familia de Manuel de Agustín

Pronto me enteré de que era autor de  más de 10 libros de ajedrez, que había participado en torneos en los que el campeón del mundo Alekhine  había jugado incluso  le había arrancado unas tablas en simultáneas y se había convertido en uno de los protectores y amigos personales más apreciados del por entonces maestro ruso-francés que  ya tocado de muerte, enfermo, alcoholizado y olvidado, iba dejando jirones de su desolación  por la Francia hundida del 40, la Polonia hitleriana del 41, la Checoslovaquia convulsionada del 42, el fugaz triunfo en Salzburgo del 43 con los nazis ya en el poder hasta alcanzar la paz de España en aquel otoño sangriento. Permanecería en nuestro país hasta finales del 45 porque ningún país estaba dispuesto a acoger a un excomunista y mucho menos a un colaboracionista y a un xenófobo que  jugaba  aquí y allá sólo  para sobrevivir, soñando con un visado que nunca llega y huir hacia América donde otros apestados como él buscan su último refugio para morir en libertad.

El general Franco, de acuerdo con los Aliados, había proclamado una orden de extradición para los refugiados acusados de colaboracionismo con los nazis, pocos meses antes de que la muerte le sorprenda, en el hotel Parque de Estoril, solo, pobre y agota­do, una fría madrugada de la primavera portuguesa del 46.

Ese era el Alekhine al que Manuel de Agustín alimentó, cuidó y protegió en aquellos años finales de su existencia, incluso llegó a escribir un libro “Legado”, en colaboración con el campeón del mundo. ¿Pero de dónde había salido éste joven inquieto al que todos admiraban como periodista y respetaban aún más como excelente jugador de ajedrez que era?

Periodismo y ajedrez

Hijo de padre catalán y madre cartagenera, Manuel había cursado los primeros estudios en las escuelas públicas de Barcelona donde pasó una infancia “muy feliz”, nos decía con añoranza aquella calurosa mañana de agosto de 1991, en la terraza de su acogedor piso de la Plaza de Castilla.

Siempre estuve muy unido a mi madre que intentaba enseñarme todo aquello por lo que yo me interesaba como inquieto niño que era”. Recuerda sin embargo que su sentimiento de catalanismo nunca fue muy arraigado debido a que un tío suyo procuró anulárselo a base de humillaciones.

Cierto día, explica, fui con mi padre a casa de este tío y le encontramos jugando al ajedrez con un amigo; yo me acerqué a la mesa porque me llamaron la atención aquellas extrañas piezas que ellos movían silenciosamente sobre un tablero cuadriculado. Al acercarme, mi tío levantó la cabeza y me dijo:

—¿Sabes qué es esto? Antes de que pudiera susurrar una palabra levantó la cabeza y me dijo con gesto displicente: “Bueno, no creo que lo puedas conocer porque esto es muy difícil para ti.”

A partir de ese momento hice el firme propósito de aprender  aquel misterioso juego por mucho que me costara.

Al concluir los estudios secundarios el joven de Agustín tomó la decisión de ser periodista aunque su padre le advirtió de los peligros de esa carrera: “Mira Manolo, ser periodista lo puede ser cualquiera con unos mínimos conocimientos y un mucho de dedicación, pero ser un buen periodista, eso, como sucede en todas las cosas de la vida sólo le es dado a quien posee un cierto don o cualidad para desarrollar esa faceta de escritor. Por lo tanto, creo que lo mejor que puedes hacer es buscarte otra cosa que te libre de pasar hambre toda tu vida”.

Pero  los sabios consejos paternos no sirvieron de mucho como suele ocurrir y el inquieto Manuel se dedicó a escribir pequeñas crónicas de ajedrez, disciplina en la que había llegado a ser un experto jugador.

"A un verbo ágil y culto Manuel de Agustín unía una desbordante sinceridad y una memoria prodigiosa lo que a sus 84 años le permitían rememorar acontecimientos con casi siete décadas de distancia."

Por aquellos años estalla la contienda nacional y Manuel combate al lado de los sublevados, participando en la batalla de Teruel donde cae herido, lo que le permite pasar a servicios auxiliares y apartarse del frente. Durante su convalecencia juega mucho al ajedrez y el general Moscardó le anima para que continúe como periodista deportivo, incluyéndole entre los que había en el Consejo Superior de Deportes.

No fue fácil, recordaba de Agustín, llegar a convencerle de que el ajedrez era un deporte y tras una larga charla al fin se dio por vencido y lo incluyó dentro de esa categoría. Al terminar la guerra, nos decía con un brillo especial en la mirada, entré en el Diario Arriba donde tenía una página diaria sobre el ajedrez y otros pasatiempos y poco después ya formaba parte de la plantilla del suplemento dominical , del mismo periódico. Luego pasé a Marca y a otros muchos diarios nacionales.

París, Roma, Londres, Indochina

Tras la victoria de las tropas franquistas, Manuel de Agustín, trabaja para Arriba de forma asidua, entra también en RNE y le envían de corresponsal a Roma. Entre tanto y para ganar algún dinero extra comienza a escribir por encargo la biografía de un importante personaje de la vida política española. La experiencia no le agradó demasiado y se prometió no volver a salir de España.

Una mañana, continuaba su relato, recibí la llamada del delegado de prensa para que fuera a su despacho. Me presenté y me dijo que tenía que volver de corresponsal.

—De eso nada, no me ha gustado la anterior encomienda”, repliqué con firmeza.

—Creo que esta le gustará más. Irá a París de corresponsal para RNE, me espetó.

Entonces París era la ventana del mundo, lo prohibido y sin pensarlo monté en el tren camino de la frontera. Me quedé en la capital del Sena 35 años como corresponsal. Durante mi estancia en Francia tuve que cubrir diferentes informaciones para la prensa siguiendo la guerra de Indochina y la de Túnez, Marruecos, además de unas largas estancias en Londres con motivo de diferentes reuniones de jefes de estado de Occidente, hecho que se repitió en la siguiente que trasmití desde América.

© familia de Manuel de Agustín

A un verbo ágil y culto Manuel de Agustín unía una desbordante sinceridad y una memoria prodigiosa lo que a sus 84 años le permitían rememorar acontecimientos con casi siete décadas  de distancia en un alarde de envidiable vitalidad.

Ferviente defensor del anterior Régimen con el que le tocó vivir y al que prestó los máximos servicios a nivel informativo, “no de espionaje”, nos decía sonriendo, gozó durante cuarenta años de la protección del alto Estado Mayor, de embajadores y cónsules y tuvo la suerte, según él, de haber vivido uno de los momentos históricos más importantes de la convulsa historia de España. Amigo personal de Moscardó, Solís, Serrano Suñer, Giscard D’Estaing, de Agustín no se sentía entonces franquista.

Cuando me siento franquista es ahora ante tanta mamarrachada que se dice y escribe. Cuando  era corresponsal, recordaba, nunca escribí una línea hablando del Caudillo, ni era falangista, ni pertenecía a ningún grupo cercano al poder. Sin embargo, siempre se me achacó de ser símbolo del Régimen y el éxito obtenido en esas cuatro décadas no me lo perdonan. Cuando me nombraron subdirector de TVE las críticas de sectores indeseables arreciaron; sin embargo mi labor en favor de los presos de las cárceles franquistas y de los campos de concentración, de los cuales como sabes, saqué y protegí a más de uno, eso no lo tienen en cuenta, nada más que los que ayudé directamente.

Todas las fotos del artículo tiene el © de la familia de Manuel de Agustín

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